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La Tánger perra de Juanita Narboni

“Zarpé, para nunca más volver a los brazos de esa puta llamada Tánger” (Ángel Vázquez, autor de “La vida perra de Juanita Narboni”)

No podemos hablar de Tánger sin hablar del Estrecho de Gibraltar, del cruce de numerosas culturas, caminos y pueblos que por aquella región de mundo transitaron a lo largo de los siglos. Imposible describir esta ciudad y obviar las guerras y conquistas que tuvieron en Tánger su escenario natural.

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Tampoco podemos entender porqué la que sería la Ville de Plaisir descrita en pinturas de Delacroix o Matisse, o en novelas y artículos o crónicas, se convirtió en el paradigma de la convivencia intercultural en la primera mitad del pasado siglo, alojando todo tipo de personajes, sin saber porque las potencias coloniales de principios del s.XX decidieron proclamar Tánger como un condominio internacional, en el que como sentenció William Burroughs nada era real y todo estaba permitido.

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Bajo esa descripción emergía Interzona, la ciudad que se alzó en el imaginario de quienes leyeron su obra más transgresora y paranoide: El almuerzo desnudo, un icono beatnik escrito desde las dinámicas centrífugas de la heroína en una oscura habitación de Tánger, un punto de partida y de huida a la vez.

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La historia, los datos, las fechas, las decisiones, incluso los mitos y las leyendas condicionaron para siempre a esta ciudad, que fue descrita por Emilio Sanz de Soto como una deliciosa mentira; el cielo protector en el que atraídos por la visión de Gertrud Stain serviría de hogar para el excéntrico matrimonio que formaban Paul y Jane Bowles, residentes de excepción que atrajeron a viajeros tan peculiares como Truman Capote, Jean Genet, Tenesse Williams, quien encontró inspiración para su asfixiante Y de repente el último verano; o Bryan Gyssin, quine imaginó allí su dream machine.

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También se confundieron entre espías contrabandistas, zares destronados, gentes de la Café Society, aristócratas arruinados o estafadores, otros intelectuales que sucumbieron al encanto de las terrazas del Zoco Chico. Si; Allen Ginsberg, Gregory Corso, Peter Orlovski, Jack Kerouac, Joe Orton, Samuel Becket, Gore Vidal e incluso Mick Jager devoraron la vida en el Café París, en la Pensión Fuentes, en el Café de France o en el Piano Bar del Minzah.

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Entre 1923 y 1956, entre el Cabo Espartel y el Cabo Malabata una urbe cosmopolita, libertina, luminosa y a veces injusta tal y como certificó Mohamed Choukry en su imprescindible El Pan Desnudo, sirvió de refugio para los miembros más distinguidos de la sociedad europea y americana y para los fugitivos de las guerras que se sucedían en el viejo continente creando un collage único en la historia, irrepetible y lleno de retazos de memoria que quedarían reflejados en reflexiones como las de Eduardo H. Tecglen al asegurar que Tánger “era un estado de ánimo y que probablemente se instala para siempre en esa parte un poco fantasmal de la memoria en la que algunas personas no supieron distinguir lo que fue verdad de lo que fue mentira”.

 

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Sin embargo, más allá de las fiestas en Villa Harris o en el Roma Park, protagonizadas a menudo para la millonaria heredera Barbara Hutton, quien hizo ensanchar las calles de la Medina para que cupiera su Rolls Roice y que casi murió de amor, por un perverso estafador llamado Porfirio Rovirosa; más allá también de los quebrantos que atormentaron a Mercedes Acosta al ser abandonada en la habitación del Continental por una rutilante Greta Garbo, y por encima también de las conspiraciones políticas que allí se escenificaron y que tan bien testificó el mítico film Casablanca de Michael Curtiz, en el que Ilsa Lund (Ingrid Bergman) reprochó a Rick Blaine (Humpfrey Bogart): “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos” –Casablanca se inspiró en la atmósfera de Tánger, y su cambio de nombre se debió a la necesidad de apoyar a la Francia no ocupada-, existió la ciudad maldita, hermosa y provinciana de los tangerinos anónimos.

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Un crisol de culturas en la que convivieron hebreos, cristianos y musulmanes, un lugar en el que se hablaba un dialecto del español llamado Jaquetía, propio de la comunidad sefardí. Por las calles de la medina, cerca de la Legación Americana, en la Avenue Espagne y por el creciente Boulevard Pasteur, creció y paseó Juanita Narboni, un personaje de ficción creado por el último escritor maldito de las letras hispanas, el tangerino Ángel Vázquez.

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Ángel Vázquez inmortalizó en su célebre y censurada novela La vida perra de Juanita Narboni a aquella ciudad políglota que contaba con varias lenguas oficiales (español, inglés, francés, italiano, árabe..) en la que ondeaban nueve banderas y en la que circulaban francos, pesetas, liras, dólares o libras esterlinas. De origen malagueño, Vázquez era hijo de Mariquita Molina, quien regentaba una sombrerería en la Medina, y que sería el epicentro de su universo, el lugar de aprendizaje de la yaquetía y de las dinámicas de convivencia de la ciudad. Galardonado con el premio Planeta en 1962, por su novela Se enciende y se apaga la luz, Vázquez tuvo una vida atormentada; alcohólico, homosexual y con constantes problemas económicos que le condujeron a una siniestra muerte en una pensión de la madrileña Calle Atocha.

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Vázquez publicó varios cuentos y tres novelas imprescindibles e impecables en las que facturó una enorme lucidez a la hora de describir los personajes que poblaron su ciudad, aquella ciudad que tuvo que abandonar tras la independencia de Marruecos y tras el proceso de anexión de Tánger al Reino de Marruecos, que culminó en 1959. Tras Se enciende y se apaga la luz, Ángel Vázquez nos sumerge en el Tánger postcolonial de principios de los sesenta con Fiesta para una mujer sola en 1964. Pero sin duda es La vida perra de Juanita Narboni la que mejor y con más emoción retrató una ciudad y un espíritu que arranca en 1909 con la Conferencia de Algeciras y que culmina en los años setenta, cuando Tánger ya era una ciudad irreconocible a los ojos de un occidental, cuando la fiesta ya había terminado. Y todo ello desde la mirada de una mujer amargada, reprimida y mezquina como es Juanita Narboni, tangerina de padre gibraltareño y madre andaluza. Una casa que al igual que otras tantas de aquella época se hablaba indistintamente inglés, francés y yaquetía-español.

De la mano de Juanita Narboni y en el soliloquio que nos adentra en la personalidad de esta mujer obsesiva y solitaria recorremos el Tánger más provinciano y remilgado, en el que todo el mundo se conoce, en el que las distintas comunidades conviven con respeto y de igual forma se felicita el Ramadán, la Navidad o el Iomkipur. La vida de Juanita Narboni, perra o no, nos sirve para apreciar década a década los cambios que se iban produciendo en la ciudad, desde el punto de vista de la gente sencilla. Cómo vivieron el periodo entre guerras, la Guerra Civil Española, la invasión de Franco a Tánger, la Segunda Guerra Mundial, el contrabando o el espionaje, las costumbres libertinas que fueron impregnando la ciudad desde finales de los cuarenta a principios de los sesenta. El paso de la opulencia a la miseria, de la gloria a la decadencia, de la lucidez a la demencia, de una sociedad llena de oportunidades y opciones a la soledad más absoluta, una soledad sin redención.

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Juanita Narboni es envidiosa, madrera y devota, sin embargo despierta en el lector una incomprensible ternura, Son brutales sus descripciones y opiniones de todo aquello que la rodea y que poco a poco la va abandonando. Si duda la frase final es verdaderamente críptica, y gracias a la versión cinematográfica que la realizadora marroquí Farida Benlyazid rodó en 2005, podemos escucharla en los labios de este personaje inmortal, que ya anciana pasea por las calles de la Kashba, incapaz de reconocer todo aquello que ahora la envuelve, una ciudad más de Marruecos, en la que sólo queda ella de aquel pasado glorioso. Un escena conmovedora, al servicio de una novela llena de emoción que termina con su revelador susurro, mientras observa a su alrededor: “pobrecita mi Tánger, abandonada por todos, como yo…”

 

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6 comentarios en “La Tánger perra de Juanita Narboni”

  1. Buenos días
    Ante todo soy nacido en Tanger en 1959.
    Siempre diré que Tanger es muy especial para nosotros con una larga historia de clamour y mucho encanto.
    Nunca olvidaré mi tierra.
    Un saludo a todos

  2. Me sorprende que un texto tan impecable no haya provocado ningún comentario. La descripción es fantástica, se desea que no acabe. Conozco Tánger que he visitado por primera vez a finales de los 70 y desde entonces siempre que puedo, me identifico con lo narrado puesto que he leído, visto pelis y paseado por sus calles. Me entusiasma Chukri. Tuve un amigo que poseía un cabaret en Tánger cuando era teniente caballería en Tetuán, no hablaba de Víctor Mature y Anita Ekberg, las orquestas y la libertad. Apasionante.

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