Leonor Paqué no habla desde la abstracción ni desde la denuncia fácil. Habla desde el cuerpo que recuerda, desde la niña que aprendió demasiado pronto el significado del miedo y desde la mujer que hoy se niega a aceptar la tibieza social como coartada. Su relato no es un caso aislado ni una memoria privada: es la radiografía de un sistema de poder que protegió a los agresores, disciplinó a las víctimas y convirtió el silencio en norma. En esta entrevista, la experiencia personal de Leonor Paqué se enlaza con una lectura política y colectiva del abuso sistemático en el seno de la Iglesia, del trauma prolongado que deja la negación institucional y del alto precio que se paga al romper el pacto de silencio. Porque hablar, como callar, nunca ha sido un gesto inocente.
Hablar alto y claro tiene consecuencias, para quien habla y para quienes aceptan escuchar. Leonor lo sabe bien. Por eso decidió asumir el coste de contar su historia y la de otras víctimas de la sistemática pederastia clerical, consciente de que el trauma no se archiva y de que la exposición pública deja nuevas cicatrices. Su documental “Hermana Leonor, 20.000 kilómetros de confesión” es el resultado de esa decisión: un relato coral que obliga a mirar de frente una violencia estructural que la sociedad aún no ha querido asumir del todo.
Leonor habla despacio, pero con firmeza; sin dramatizar, pero cada palabra arrastra décadas de dolorosa memoria contenida: “Existe una tibieza tanto física, encarnada en esos religiosos, como social; mal asumida por las instituciones temerosas de asumir su responsabilidad latente”. En su voz confluyen la niña hospitalizada en un sanatorio religioso de Bilbao y la mujer que ha recorrido España dentro de un desvencijado Renault Clío recogiendo testimonios de abuso, de dolor, de una ignominia irresuelta, junto a su hermano Diego y su perrita Tinta. “Hermana Leonor, 20.000 kilómetros de confesión” no busca solo conmover: busca comprender, nombrar y desmontar las lógicas de impunidad que han encubierto los abusos sexuales infantiles que, por cierto, marcaron a generaciones enteras confiadas ingenuamente a la fe de la Iglesia Católica.