España ha perfeccionado una operación cultural de alto voltaje simbólico, con aires de true crime: convertir la violencia en tradición, el dolor en patrimonio y la incomodidad moral en pieza de archivo dentro de los anales históricos de la Semana Santa. En ese dispositivo encaja, con una precisión casi quirúrgica, el ritual de los “picaos” en San Vicente de la Sonsierra. Allí, la Cofradía de la Santa Vera Cruz de San Vicente de la Sonsierra sostiene la última manifestación activa en España de penitencia disciplinante con sangre. Ni más, ni menos. No como residuo marginal, sino como práctica regulada, protegida y asumida dentro del calendario litúrgico y cultural. Los masoquistas patológicos cristianos montan su show gore y denigrante con la trivial justificación de evadir sus pecados en el entorno ensoñador de la “Pasión de Cristo”. Masoquismo chusco, televisado, enmascarado y aceptado por los hipócritas de la Semana Santa, que por cierto es santa por arte de birlibirloque. Resulta fascinante que nadie señale lo absurdo, denigrante y patológico de esta práctica, aunque también es cierto que, en un país que celebra desangrar toros, desahuciar ancianos indefensos de sus residencias y sostener una monarquía putrefacta, esto puede parecer un juego de niños. Aquí hay una hipocresía baldía galopante de la mano de una Iglesia decadente que sigue insistiendo en la redención, mientras afronta miles de casos de pederastia en su seno corrupto. Made in Spain. Sevilla, huele a incienso, ¿La Rioja? a sangre.