Pero mientras aquí se jugaba el chascarrillo chato, ocurrió algo que no estaba en el guion del espacio PP-Vox-Ayuso: una estrella de Hollywood blanca, con apellidos sajones y pedigrí de industria, decidió situar las políticas de Pedro Sánchez en el “lado correcto de la historia”. Y no lo hizo desde un panfleto marginal, sino desde la autoridad moral de quien lleva décadas diciendo lo que piensa aunque le cueste contratos.
Susan Sarandon no abandonó la sonrisa de quien se sabe solvente y abdica de la violencia. No consultó a ningún community manager del barrio de Salamanca. Simplemente expresó su posición en un contexto internacional donde la devastación en la Franja de Gaza, la tensión con Irán, la instrumentalización permanente de Venezuela en el debate español y el eterno retorno de Donald Trump configuran un tablero demasiado serio como para reducirlo a memes estúpidos.
Y entonces caímos en la cuenta: desde ese universo desbocado y echado al monte que mezcla siglas, micrófonos y agravios, todavía no se ha procesado del todo el disgusto. Porque lo que escuece no es solo la crítica. Lo que escuece es la deserción simbólica. Que una actriz icónica, oscarizada, admirada incluso por quienes jamás han visto cine en versión original, no haya comprado el relato de una supuesta España bolchevique sitiada por el “sanchismo”.
Peor aún: que haya ninguneado, con elegante indiferencia, ese ecosistema Ayuso-Vox que se autopercibe antisistema y se rebela contra lo verdaderamente rebelde mientras gobierna instituciones. Un ecosistema con pocos amigos internacionales, más allá de líderes como Javier Milei o el propio Trump. En el caso del porteño, la devoción es recíproca y visible. En cuanto a Trump, dudo que sepa quién es realmente. Seguramente ni siquiera le pone cara. Probablemente crea que es una gobernadora fiel de algún departamento andino.
La pregunta no es si reaccionarán. La pregunta es cuánto tardarán los trolls en salir en tromba. Porque el patrón es conocido. Primero, la incredulidad: “no sabe de lo que habla”. Después, la deslegitimación: “es una actriz, que se dedique a actuar”. Más tarde, la conspiranoia: “¿quién la paga?”, “¿qué intereses oscuros hay detrás?”. Y, finalmente, el barro. Siempre el barro. La insinuación barriobajera, la sospecha moral, el comentario viscoso que pretende reducir una postura política a una motivación turbia.
¿Veremos a Santiago Abascal deslizar alguna pulla sobre élites decadentes? ¿Escucharemos a Miguel Tellado afinar el sarcasmo parlamentario para sugerir que Hollywood es un nido de propaganda? ¿Qué nueva conspiración, qué relato paralelo, qué fantasía geopolítica inventarán para explicar que una mujer blanca, rica y famosa no esté de su lado?
Y en la periferia ruidosa del ecosistema mediático surge otra duda, menos institucional pero igual de previsible: ¿la perseguirán Vito Quiles o Bertrand Ndongo con un micrófono en ristre para regalarle alguna de esas célebres “entrevistas” de alta investigación a las que nos tienen tristemente acostumbrados? ¿Intentarán convertir un photocall en emboscada, una alfombra roja en plató improvisado, una reflexión compleja en un corte de diez segundos diseñado para viralizar indignación?
La escena casi se escribe sola: preguntas lanzadas como dardos, interrupciones estratégicas, edición acelerada, titular inflamable. El nuevo género periodístico del acoso performativo, donde lo importante no es la respuesta, sino la reacción. Donde el objetivo no es entender, sino provocar el gesto incómodo que luego circulará como prueba de culpabilidad ideológica.
Porque ese es el verdadero cortocircuito: Sarandon no encaja en el estereotipo que la extrema derecha necesita para descalificar. No es una activista anónima a la que caricaturizar. No es una estudiante airada en una asamblea universitaria. Es un icono cultural global. Y cuando un icono cultural global señala que determinadas políticas españolas están alineadas con una defensa de los derechos humanos en un momento crítico, el marco narrativo se resquebraja.
Mientras tanto, el cine español sigue a lo suyo. Lejos de la consigna, lejos del eslogan fácil. Un cine que ha aprendido a sobrevivir entre recortes y desprecios, pero que ha logrado algo mucho más valioso: construir prestigio. Películas que dialogan con la memoria, con la desigualdad, con las heridas abiertas. Obras que viajan a festivales y plataformas y devuelven una imagen de España compleja, contradictoria, viva.
Esa es la fruta que importa: la que no se puede pelar sin esfuerzo.
El espacio PP-Vox-Ayuso ha convertido la irreverencia en marca. Se presentan como antisistema mientras gestionan presupuestos públicos. Se autodefinen como voz del pueblo mientras señalan a la cultura crítica como si fuera una amenaza elitista. Y, sin embargo, cuando una figura de la magnitud de Sarandon toma partido, el reflejo no es debatir, sino desacreditar.
Porque debatir implicaría entrar en el fondo: Gaza, el papel de Europa, la responsabilidad de los gobiernos, la dignidad de las víctimas. Implicaría reconocer que el mundo no cabe en una frase ingeniosa. Que hay momentos en que la historia exige algo más que una sonrisa cómplice y una palabra en clave.
“A Susan Sarandon no le gusta la fruta” es, entonces, una declaración de intenciones. No le gusta el insulto camuflado. No le gusta la política reducida a chascarrillo. No le gusta la banalización de conflictos que desangran territorios enteros. Prefiere la palabra directa, el posicionamiento incómodo, el cine que incomoda.
Y eso, en tiempos de agresión —que no de polarización— histérica, es casi revolucionario. Tal vez dentro de unos días veamos la tormenta perfecta en redes. Hilos interminables cuestionando su coherencia. Vídeos indignados denunciando la injerencia cultural extranjera. Comentarios que intenten reducir décadas de compromiso a una moda pasajera. Será interesante observar qué argumento inventan. Qué conspiranoia diseñan. Qué bilis retórica deciden servir en bandeja. Pero hay algo que no podrán borrar con memes ni con fruta metafórica: el hecho de que la cultura, cuando es auténtica, trasciende las consignas. Que el cine —el bueno— no se arrodilla ante el trending topic. Y que una actriz puede ser mucho más que un rostro en pantalla: puede ser conciencia.
En un mundo donde la extrema derecha ha decidido apropiarse del lenguaje de la rebeldía mientras defiende las estructuras de poder de siempre, que una figura como Susan Sarandon apueste por el matiz, por la defensa de los derechos y por una lectura ética del presente no es un detalle menor. Es una grieta en el relato.Y quizá por eso molesta tanto. Porque, al final, la fruta era solo una broma. Pero la historia —esa que algunos invocan sin comprender— no se escribe con chistes. Se escribe con decisiones, con palabras que pesan y con silencios que delatan.
Y en esa escritura hay quienes prefieren la pulpa dulce del eufemismo. Y hay quienes, como Sarandon, eligen morder donde duele.










1 comentario en “A Susan Sarandon no le gusta “la fruta””
Imposible superar la lucidez que destila este artículo. Lo subralla todo, sin medias tintas, con contundencia, pero también con estilo y con Alma. Sí fuera un manifiesto lo firmaría . Gracias