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Reconstruir el pasado siempre será una forma segura de traicionarlo

Tras años repitiendo una idea que me atormenta a diario, y que consiste en enfrentarme a la página en blanco para transcribir mi experiencia existencial a lo largo de estos setenta años de vida. Rememoración, recuerdo, memoria o reconstrucción de la propia memoria, del mismo modo que todo lo que propone una reconstrucción voluntaria del pasado, emprende una escritura autobiográfica.Una autobiografía es un relato retrospectivo en prosa en el que el autor, el narrador y el personaje principal son la misma persona real, que relata su propia existencia. Con el objetivo de la sinceridad, explora la construcción del yo a través de la infancia, las relaciones y el contexto histórico.
Mostafa Akalay Nasser, director de l’Esmab UPF

Por Mostafa Akalay Nasser

El pacto autobiográfico, según Philippe Lejeune, es un concepto fundamental en el que el autor se compromete a decir la verdad sobre sí mismo a través de la escritura. La escritura es un impulso doloroso, un desmembramiento del alma para hacer brotar lo más oculto y para que la página en blanco sienta esa angustia desgarradora, remueva viejos recuerdos y se sumerja en su pasado para recabar información autobiográfica recurriendo a la memoria.

La memoria, dice Walter Benjamin, no puede congelar el flujo del tiempo ni abarcar la dimensión infinita del espacio: se limita a recrear cuadros escénicos, a disponer recuerdos e imágenes según un orden sintáctico que, palabra tras palabra, dará forma a un libro. Reconstruir el pasado será siempre una forma segura de traicionarlo.

Maestro de la autobiografía novelada, escritor disidente por excelencia, Juan Goytisolo nos advierte: reconstruir el pasado será siempre una forma segura de traicionarlo en cuanto se le confiere una coherencia a posteriori y se le da forma de trama ingeniosa y continua; nos aconseja dejar la pluma e interrumpir el relato para limitar prudentemente los daños: el silencio, y solo el silencio, preservará intacta una ilusión pura y estéril de verdad.

Es hora de salir de la oralidad en la que se han estancado nuestras sociedades tradicionales, donde reinan los tabúes, lo que no se dice y las prohibiciones, y de tomar el toro por los cuernos descubriéndonos a nosotros mismos, desnudándonos y revelándonos a través del texto escrito. Es una forma de saldar una deuda, no en sentido religioso, sino siguiendo una terapia o un análisis psicoanalítico. Nuestras sociedades de origen, donde predomina la cultura oral, prefieren la palabra a la escritura. Prefieren la oralidad a la narrativa escrita y son poco propensas a la revelación autobiográfica y a la transgresión; quienquiera que ataque los cimientos del ethos y las creencias sufre los ataques despiadados de fuerzas poderosas que pululan en las redes sociales y corre el riesgo de ser condenado por una fetua o dictamen de un censor integrista.

Por eso, la autobiografía, como género literario en sociedades donde no existe la tradición de exponerse escribiendo sobre la propia vida, y el ejercicio de reconstruir su vida por parte de un autor audaz como Mohamed Choukri, lo convierten en el nuevo Sísifo, un escritor atormentado y maldito. Su relato autobiográfico, El pan desnudo, censurado por contenido pornográfico, vilipendiado y prohibido por las editoriales árabes, lo atormentó hasta el final de su vida y lo castigó con el estigma de ser un autor rechazado, excomulgado y tildado de antipatriota y antinacionalista; el estigma social era tal que sumió al Bukowski de Tánger en un alcoholismo cotidiano, como analgésico frente a sus angustias y tormentos.

El azar o el maktoub, que significa «está escrito», quiso que naciera en el barrio militar de la alcazaba de la capital de la Mauritania Tingitana, Tingis, Tánger o Tanjah, hacia 1955 o 1956, en el seno de una familia mestiza del Rif, con antepasados zenetas y moriscos expulsados de la villa nazarí de Alcalá la Real, en Andalucía, por parte de mi padre, y otomanos por parte de mi madre. No estoy seguro de mi fecha de nacimiento, ya que el libro de familia indica el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes de 1955, mientras que, según una vecina, habría nacido más bien en junio de 1956, ya que su hijo y yo nos llevamos una semana de diferencia. Nunca celebro mi cumpleaños debido a estas fechas que me confunden desde un punto de vista psicoanalítico. Es posible que me hayan quitado varios meses de edad para que pudiera entrar en la escuela a tiempo, como gemelo de un hermano mayor de un año.

El libro de familia no entró en vigor en Tánger hasta 1960; de ahí el error en las fechas de nacimiento y los apellidos, como en mi caso, debido a funcionarios novatos poco versados en los apellidos toponímicos y propensos a inventar apodos, ya que suprimieron la «l» de mi apellido Alcalay para transformarlo en Akalay, que, en árabe coloquial, significa «tostadora» o «freidora». Normalmente, soy un ikalâien, descendiente de los iqera´yen o guelais —alkaalyeen o alkalaí en tarifit, Alcalay o Akalay en francés, alcalaíno o Alcalà en castellano—, corsarios aguerridos del Rif que, desde Guelaya, acudieron en ayuda del jefe militar, el pachá de Tánger entre 1664 y 1713, Ali Ben Abdellah Er-rifi, para expulsar a los ingleses de dicha ciudad, instalándose desde entonces en la ciudad del estrecho y convirtiéndose en familias ilustres y de alto linaje hasta nuestros días, los Alcalays.

Las demás familias de esta rama rifeña, dotadas de un ardor guerrero y de una inclinación innata por la piratería, regresaron a la región de Guelaya, donde formaron una confederación de tribus con el fin de atrincherarse en la península de las Tres Forcas, apoderarse de la frontera marítima mediterránea y cerrar el paso a cualquier amenaza exterior. Ya en la Edad Media, desde Mrich la Blanca —nombre amazigh de Melilla—, solían cruzar el estrecho para llevar a cabo incursiones en Andalucía, arrasando todo a su paso, sometiendo a todos y regresando sanos y salvos con el botín de guerra hacia su retaguardia de Guelaya.

Al perder su forma, los apellidos también perdieron su significado. Los habitantes de Tánger pagaron entonces el precio de la imaginación de los funcionarios del registro civil, que asignaron apellidos basados en peculiaridades, profesiones o atributos poco halagadores. En esta vasta empresa, la subjetividad de los transcriptores y su mala voluntad tuvieron consecuencias nefastas, sin darse cuenta de que esto supondría un problema para las generaciones futuras. El cambio de apellidos conlleva la desaparición de los linajes y las genealogías y, con ello, la desintegración de una estructura social.

En Tánger, muchos apellidos son ridículos, incluso burlescos; se remontan a la época en que se desmanteló el estatus internacional de esta ciudad-estado o ciudad-mundo, cuando la nueva administración marroquí impuso el sistema patronímico. Debido a graves errores de transcripción de lo oral a lo escrito, algunos son tan difíciles de llevar que los tangerinos de origen rifeño solicitan hoy la restitución de sus verdaderos apellidos ante el tribunal de familia.

Por parte de mi madre, desciendo de otomanos que huyeron de Argelia tras la conquista francesa de esa regencia otomana para instalarse en el barrio de Dar al Baroud, en la medina de Tánger. Esta información sobre mi origen otomano me la proporcionó una conversación con uno de mis tíos maternos, concretamente mi tío Abdellatif, que tiene el aspecto de un alemán y un gran parecido con el futbolista Schuster, y que es mi fuente oral, aunque no del todo fiable. Cuando le pregunté de dónde procedía el apellido de mi madre, Souabe —Schwaben en alemán—, y si había alguna relación con Suabia, región administrativa del estado de Baviera, no supo responderme, pero tenía razón al decir que mi tatarabuelo era un alto mando de la caballería otomana.

Creo haber encontrado la respuesta a la cuestión del origen otomano o supuestamente germánico de mi madre en la fascinante exposición histórica del historiador Jem Duducu, que se expone a continuación: el Imperio otomano, durante la mayor parte de su existencia, precedió al nacionalismo. Con una dinastía que se extendió a lo largo de 600 años, en su apogeo abarcaba lo que hoy es Bulgaria, Egipto, Grecia, Hungría, Jordania, Líbano, Palestina, Macedonia, Rumanía, Siria, algunas partes de Arabia y de África del Norte. En algunos países, se trata de un legado que se prefiere olvidar; en otros, es un tema muy debatido; y, en unos pocos, una fuente de orgullo nacional. Más de 30 de esos sultanes eran hijos de mujeres del harén. ¿Por qué destacar este hecho? Porque ninguna de esas mujeres era turca y es poco probable que alguno de esos sultanes naciera musulmán. En la mayoría de los casos, sus orígenes se han perdido en la noche de los tiempos, pero parece que la mayoría de ellas eran mujeres europeas, es decir, germánicas, serbias, griegas y ucranianas. Es probable que los últimos sultanes «turcos» fueran genéticamente mucho más griegos que turcos. Del mismo modo, todos los legendarios jenízaros —un cuerpo de combate de élite dentro del ejército—, incluido el famoso arquitecto Mimar Sinan, que comenzó su carrera como jenízaro, eran niños cristianos que habían sido reclutados en esta fuerza de élite y posteriormente se habían convertido al islam. —Jem Duducu, BBC History Magazine, 2020—.

Mientras no me haga la prueba de ADN, que podría depararme agradables sorpresas, como le ocurrió al periodista tangerino Aiman, en quien se detectó ascendencia de tribus indígenas del continente americano, es decir, un 3 % de genes amerindios, tengo una identidad híbrida y plural. Por el momento no puedo confirmar el origen de mi apellido materno, pero estoy seguro de que es otomano y no turco. Calificar cualquier cosa otomana de «turca» es como decir que todo lo que pertenecía al Imperio británico era exclusivamente inglés.

Pregúntale a Kwame Anthony Appiah, autor del libro Repensar la identidad. Las mentiras que nos unen —identidad, creencias, color, clase, cultura, nacionalidad—. Construimos nuestra identidad personal socialmente a partir de diversos rasgos culturales, cada uno de los cuales nos vincula a un grupo diferente. Por lo tanto, pertenecemos, de una forma u otra, a muchos grupos diferentes y nos vemos obligados a decidir cuáles de esos grupos son importantes e indispensables para nosotros; cuáles son prioritarios y cuáles podemos relegar a un segundo plano.

Debemos y podemos decidir libremente, entre todas nuestras identidades, cuáles son primordiales e ineludibles, pues, aunque algunas categorías nos hayan sido impuestas por la historia, la tradición o las costumbres, podemos renunciar libremente a ellas, incluso a la lengua. En mi caso, he renunciado al árabe para escribir y me he apropiado del español y del francés como botín de guerra, exiliándome en estas lenguas y cultivando la literatura menor, como hicieron en su día Kafka, Elias Canetti, Cioran, Samuel Beckett o Ionesco.

Apuesto por una identidad cosmopolita. Soy del Oriente y también del Occidente; soy, como todo el Mediterráneo, una identidad heredera de numerosas civilizaciones antiguas y de muchas otras más. Tánger, ciudad intercultural, es un destino; más que un simple lugar de llegada, su cosmopolitismo, su oferta polifónica, su condición de gran bazar y de auditorio trascienden los grupos étnicos, las lenguas, las religiones y las ideologías. Una ciudad transnacional abierta a la geografía y a la historia, una metrópoli-mundo, si se nos permite este oxímoron. Todo se agita o se remueve, como un cóctel; todo, en una palabra, bien mezclado en la vertiginosa batidora de nuestra época incierta.

Tomo prestado este pasaje del historiador tangerino afincado en Bélgica Farid Bahri, quien afirma: «Es el pasado de Tánger el que se presenta como una sucesión de influencias orientales, occidentales y bereberes, hasta el punto de convertir al tangerino en un arquetipo universal. El habitante de Tánger, a diferencia del habitante del Atlas o del Rif, no es más que un crisol multiétnico, una quimera municipal, un marroquí de los márgenes. Y así ha sido al menos desde el siglo XIX.

El estadounidense Frederick Moore, de visita en Tánger en esa fecha, no se equivoca: “Tánger es, en cierto modo, una ciudad al margen de ese universo medieval […] los habitantes del interior del país te dirán que no es realmente Marruecos”, admite […] “Tánger, desde los años noventa y la burbuja inmobiliaria, parece alinearse con el resto de ciudades estándar del planeta, deslizándose gradualmente de ciudad-mundo a ciudad globalizada y de ciudad internacional a ciudad genérica, oscureciendo un poco más su especificidad mundial de antaño […]”. En la supermodernidad, Tánger ha acabado por borrar su memoria plural y, como concluye el propio etnólogo Marc Augé: “en los no-lugares de la supermodernidad, siempre hay un lugar específico […] para las curiosidades presentadas como tales: las piñas de Costa de Marfil, Venecia, la ciudad de los dogos, la ciudad de Tánger, el yacimiento de Alesia”. “A fuerza de perseguir al mundo, Tánger se ha perdido en él…”». —Véase Farid Bahri, Tánger: una historia mundial de Marruecos, Biblio Monde Éditions, 2022—.

El concepto de «ciudad genérica», teorizado por el arquitecto Rem Koolhaas en 1995, hace referencia a las metrópolis contemporáneas desprovistas de identidad histórica o de un centro único. Liberadas de la cultura local, estas ciudades amnésicas —por ejemplo, Lagos, Dubái o Singapur— se parecen entre sí, caracterizadas por una alta densidad, un rápido crecimiento y una arquitectura estandarizada y funcional. Es la ciudad sin historia, lo suficientemente grande como para albergar a todo el mundo, acomodaticia, que no requiere mantenimiento. Cuando se queda pequeña, basta con que se expanda. ¿Empieza a envejecer? Simplemente se autodestruye y se renueva. Es «superficial», como un estudio de cine de Hollywood; puede crearse una nueva identidad cada lunes por la mañana. Dixit Rem Koolhaas.

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