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El Gatopardismo del Papa: cambiar la superficie para salvar el dogma

Llevo una semana encerrado entre las cuatro paredes de mi casa, contemplando el ruido exterior con la distancia que da la tregua concedida a uno mismo, cuando me piden que escriba sobre la visita del Papa. Y la verdad es que, tras observar el despliegue, el cuerpo me pide de todo menos sumisión. Este Papa va para largo y va a dar mucho juego. No va a ser un Papa butano de esos que duran veintiocho días, ni de tránsito, como Juan XXIII y Francisco; lo sabe, tiene tiempo, y ha entendido a la perfección que España sigue siendo la plataforma ideal cuando la Iglesia necesita actualizar su puesta en escena —más en este momento—, y ha sabido utilizarla. Si lo hubiera dicho desde Roma habría sido más de lo mismo; desde aquí ha globalizado el mensaje y se ha amplificado por sí solo. A cambio, ha tenido que poner sonrisa de Papa ante las versiones actualizadas de las actuaciones al estilo de los coros y danzas de la Sección Femenina, y no poner cara de horror ante los gritos de Bustamante, Diges y Navarro en esa competición infernal por el gorgorito del año.

Por Javier Bellot

Nos han utilizado de la mejor manera. No le ha faltado espacio público que tomar, ni histórico tampoco. Lo artístico lo ha dejado para el próximo viaje: ni al Prado ni al Reina Sofía ha ido. Pero la reina Sofía sí que ha acudido a verle, ejerciendo el derecho de blanco —aunque sea emérita—, acompañada por sus hijas divorciadas y unos nietos que viven con sus novias sin pasar por el altar. Pero eso, ¿qué más da? ¿Qué le va a importar eso al Papa? Les regaló un rosario para que recen después de…

La Iglesia católica, experta milenaria en no dar puntada sin hilo, ha desplegado en suelo español toda la pompa, la tradición y el boato que sus fieles reclaman para construir el púlpito perfecto. Desde aquí, el primer Papa norteamericano de la historia ha lanzado su nuevo mensaje global. Domina nuestra lengua a la perfección, conoce nuestros puntos débiles y ha sabido usar nuestra infraestructura mediática para escenificar su propia jugada de ajedrez.

El panorama político que deja a su paso es digno de una comedia de enredo. Con una habilidad pasmosa, el Pontífice ha terminado dándole no un balón de oxígeno a Pedro Sánchez, sino dos tanques enteros. Y Pedro, que es muy listo, en vez de ir a misa se va al Primavera Sound, a Barcelona, como diciendo: «Yo puedo estar en todas partes, como Dios». Además, el Santo Padre ha arrancado buenas palabras de Gabriel Rufián y ha tenido en primera fila a la fiel Yolanda Díaz en varias ocasiones, escoltada por el emergente Carlos Cuerpo, el económico, amén. No ha habido ningún ministro ni ministra que se le haya resistido al Sumo Pontífice. Bueno, los niños de Podemos —que son los más revoltosos del cole— se saltaron la clase de religión porque son marxistas, ateos, y eso de la fe no va con ellos. Aunque esta vez apenas se les ha oído protestar.

En la otra acera, el sainete no ha sido menor: el señor Aznar permaneció sentado junto a Rajoy durante la intervención de la presidenta del Congreso, pero desapareció misteriosamente en cuanto tomó la palabra el Santo Padre. Problemas de próstata o alergia, elijan ustedes. La derecha patria se ha quedado descolocada, sin saber muy bien dónde meterse. Pero da igual: para ellos, las palabras del Papa son música celestial. Supuestamente, los sectores conservadores juegan en el equipo de la fe, pero el Papa les ha propinado un revolcón ideológico que todavía están intentando digerir. Bastaba con mirar las caras de Santiago Abascal y de Sánchez en el Congreso para entender el guion: la estupefacción de unos frente a la indisimulada complacencia del otro. Parecían las dos queridas de un magnate en una telenovela diciendo, sin decir: «Ahora me ha tocado a mí». Pero no nos engañemos: el magnate sigue siendo el que elige.

Sin embargo, detrás del flirteo con la izquierda progresista, la maquinaria dogmática sigue su curso inalterable. No nos engañemos: el Papa sigue defendiendo que en su casa no caben los homosexuales, ni las mujeres que deciden abortar, ni nada que se salga un milímetro de los viejos predicados eclesiásticos fijados en concilios lejanos a capricho de otro Papa. La contradicción roza el absurdo. ¿Para qué coño quiere un maricón que lo bendiga una institución que lo repudia? Es algo que nunca he entendido; si un gay quiere ser reconocido por Jesucristo, que hable con Jesucristo directamente. ¿Para qué tanto intermediario inventado por las doctrinas católicas? ¿Para qué lo quiere una trabajadora sexual, si ya se sienten abandonadas de la mano de Dios? Es el teatro de la hipocresía: la misma Iglesia que se resiste a aceptar la diversidad social es la que luego maquilla el discurso bendiciendo la poligamia encubierta de las élites, lavándole la cara a la madre de los hijos del amante de turno. Eso es lo que algunos llaman tradición. «Lo que se ha hecho siempre». «Lo que Dios manda».

En los temas sociales que de verdad importan a la calle, la Iglesia se ha quedado rezagada por aferrarse a tonterías medievales, aunque juegue a parecer avanzada cuando le conviene tácticamente. Este Papa es infinitamente más listo y pragmático que Wojtyla; maneja los tiempos de la comunicación con la precisión de un ejecutivo de Nueva York. Su visita está siendo una lección magistral de gatopardismo ilustrado: cambiarlo todo en la superficie para que, en el fondo, nada cambie. Hemos sido el decorado perfecto para su gran función, y hay que reconocer que se la hemos comprado con los ojos cerrados y hemos agotado las localidades. Y, además, le hemos sacado nuestros santos más queridos a los estadios para que los vea: el de Medinaceli, la Almudena, Antonio Banderas… Midiendo fuerzas y aforos con Bad Bunny; los dos llenando estadios. Los dos, en el fondo y en la superficie, tienen a un enemigo común a quien ese mismo día le han pitado su presencia en el Madison Square Garden.

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