Por Javier Bellot
El alcohol, ese viejo conocido, sobrevive como herencia, es la única droga puente capaz de unir a ciertos abuelos y nietos en las celebraciones familiares, aunque estos últimos empiecen a declararse falsamente analcohólicos o devotos de la vida fitness en las biografías de sus perfiles de redes sociales.
La fachada digital exige pureza, pero el sótano de la realidad es puramente post-Breaking Bad. No estamos ante un problema de vicio, sino de diseño social: la evasión ha tenido que industrializarse porque el día a día se ha vuelto inhabitable.
La supuesta reina indiscutible del tablero actual es la “Mefe”, el apócope callejero de la mefedrona. Esta sustancia ha sustituido a la vieja y carísima aristocracia de la nieve sencillamente por una aplastante y cruda lógica de mercado: es infinitamente más barata, más accesible y multiplica exponencialmente la intensidad del colocón. Y de eso se trata exactamente en una sociedad al borde del colapso nervioso: de maximizar el rendimiento del escape al menor coste posible.
A su alrededor orbitan ciertos súbditos habituales de la noche urbana. Está el “G” o GHB (gamma-hidroxibutirato), ese potente depresor del sistema nervioso central cuyo propósito real, entre otros, es hacerte doblar el cuerpo en mitad de la pista de baile. Una vulnerabilidad química que algunos depredadores aprovechan en los chills para robarte el teléfono móvil y hackear tus contraseñas bancarias mientras tu mirada permanece fija en el infinito, completamente desconectada del plano físico. En el reino de las sustancias fumables, otra estrella indiscutible de la temporada es la “Tina”. Tiene nombre de tía soltera, entrañable e infeliz, pero su efecto encierra una paradoja médica y existencial brutal: te sube la autoestima y el ego a la estratosfera mientras te baja la líbido y la capacidad física al subsuelo más absoluto. Aunque, en el fondo del desierto contemporáneo, ¿qué más da la carne, el roce o el otro, si durante unas horas eres absurdamente feliz dentro de las cuatro paredes de tu propio cráneo?
Escalando posiciones a pasos agigantados y colonizando festivales y salas, emerge con fuerza la ketamina, un anestésico diseñado originalmente para caballos que, usada de manera legal en hospitales, funciona como el mando a distancia de una hipermoderna Alicia en el País de las Maravillas. El usuario indaga en mundos sugeridos por su propia psique, disociándose de su propia historia, cambiando de dimensión y de canal de televisión mental con el solo parpadeo de unos ojos cansados de mirar pantallas de cristal líquido. Coronando la noche, llega la droga más queer y mercantilizada del catálogo: el “tusi” o polvo rosa. Con nombre de drag queen de provincias, es un cóctel sintético y sin escrúpulos que mezcla a ciegas restos de éxtasis, ketamina y mefedrona. Una ruleta rusa de color, fantasía y precio de oro diseñada para alimentar la estética del postureo.
Lo verdaderamente sintomático, lo verdaderamente trágico de la era del cactus, es que ya raramente se folla, se baila, se seduce o se comunica sin un protocolo de química de por medio. No se trata de juzgar al que consume; señalar con el dedo al individuo es el error de los moralistas de vía estrecha. El consumidor no es el culpable, es el síntoma definitivo de un ecosistema enfermo. El diagnóstico es crudo pero innegable: el mundo real, con sus empleos precarios, sus alquileres imposibles, sus relaciones líquidas de usar y tirar y su profunda soledad de fondo, se nos está volviendo tan insoportable, tan plano y tan hostil, que la sociedad nos empuja a inventar dimensiones artificiales para poder soportarnos los unos a los otros. Nos hemos convertido en cactus que necesitan anestesiar sus propias espinas para poder fingir, aunque sea por unas horas, que el desierto no está tan vacío. Dime con qué te evades y te diré qué realidad estás intentando olvidar.









