La elección no responde únicamente a la magnitud de una carrera. Reconoce una manera de entender el cine como territorio donde entretenimiento, memoria y responsabilidad pueden convivir sin anularse. Spielberg ha dirigido más de 35 largometrajes, pero su influencia rebasa cualquier inventario. Pocos realizadores han modificado con semejante profundidad la forma en que el público mira una pantalla y, al mismo tiempo, la estrategia mediante la cual Hollywood organiza el deseo de mirarla.
El vínculo con el MoMA comenzó cuando todo ese poder todavía era una promesa. En marzo de 1974, el museo y la Film Society of Lincoln Center inauguraron la tercera edición de New Directors/New Films con ‘The Sugarland Express’. Spielberg tenía 26 años. Un año después, ‘Tiburón’ convertiría el verano en una temporada cinematográfica estratégica y demostraría que una película podía transformarse en fenómeno social mediante una combinación calculada de suspense, distribución masiva y expectación publicitaria.
Aquel éxito contribuyó a consolidar el modelo del gran estreno comercial. Sin embargo, reducir a Spielberg al nacimiento del blockbuster supondría ignorar la tensión que recorre su filmografía. El director ha trabajado dentro de la industria que ayudó a ensanchar, pero nunca dejó de introducir en ella criaturas desplazadas, familias fracturadas y personajes que descubren demasiado tarde que el conocimiento también puede producir desamparo.
‘Encuentros en la tercera fase’ y ‘E.T., el extraterrestre’ desplazaron la ciencia ficción desde la conquista hacia el contacto y la vulnerabilidad. ‘Parque Jurásico’ convirtió el prodigio tecnológico en una advertencia contra la soberbia científica. ‘A.I. Inteligencia Artificial’ imaginó una conciencia artificial condenada a desear el amor de quienes la habían fabricado. Incluso las aventuras de Indiana Jones esconden una disputa recurrente acerca de quién posee la historia, quién la expolia y qué ocurre cuando el pasado se convierte en objeto de consumo.
La espectacularidad, en Spielberg, rara vez es inocente. Puede producir asombro, aunque detrás de esa fascinación aparece una pregunta moral: qué hace el ser humano con el poder cuando la técnica le permite superar sus límites.
Esa interrogación adquiere una gravedad distinta en ‘El color púrpura’, ‘El imperio del sol’, ‘La lista de Schindler’, ‘Amistad’, ‘Salvar al soldado Ryan’, ‘Múnich’, ‘Lincoln’ o ‘Los archivos del Pentágono’. Racismo, esclavitud, guerra, antisemitismo y responsabilidad institucional ingresan en el cine popular mediante una gramática emocional capaz de alcanzar audiencias masivas.
El procedimiento ha generado discusiones legítimas. Representar el trauma mediante estructuras destinadas a conmover implica hacerlo accesible, pero también ordenarlo, encuadrarlo y conducirlo hacia una determinada experiencia emocional. Spielberg nunca ha escapado por completo de esa contradicción. Su importancia reside, en parte, en haberla convertido en materia cinematográfica: la memoria necesita formas para sobrevivir, aunque toda forma ejerza poder sobre aquello que recuerda.
El cineasta ha recibido tres premios Óscar: dos por la dirección de ‘La lista de Schindler’ y ‘Salvar al soldado Ryan’, y otro como productor de ‘La lista de Schindler’, reconocida como mejor película. Sus nueve candidaturas a mejor dirección constituyen un récord. Como productor acumula 15 nominaciones a mejor película —incluida la obtenida por ‘Hamnet’ en 2026—, la cifra más alta alcanzada por una sola persona.
Los reconocimientos explican su permanencia institucional, pero no agotan su vigencia. ‘West Side Story’ revisó un clásico desde una conciencia más atenta a la dimensión racial y territorial de su conflicto. ‘Los Fabelman’ llevó la mirada hacia el origen autobiográfico de su vocación y mostró la cámara como refugio, revelación y posible instrumento de manipulación. Quien filma descubre aquello que los demás ignoran, pero adquiere también la capacidad de escoger qué permanece dentro del encuadre y qué será expulsado de la memoria.
En 2026, Spielberg regresó a la ciencia ficción original con ‘El Día de la Revelación’ (‘Disclosure Day’), basada en una historia suya y protagonizada por Emily Blunt, Josh O’Connor, Colin Firth, Eve Hewson y Colman Domingo. Su aparición posee una dimensión industrial difícil de ignorar. En un mercado dominado por franquicias, secuelas y universos diseñados para prolongarse, uno de los grandes artífices del cine entendido como acontecimiento vuelve a confiar en una narración original.
Rajendra Roy, conservador jefe de Cine Celeste Bartos del MoMA, situó el homenaje dentro de una relación de más de medio siglo. «Desde entonces, ha demostrado repetidamente que ser artista y animador pueden ser aspiraciones simultáneas, aunque pocos han dominado esta combinación con tanta maestría como él. Su influencia global es incomparable, y su dedicación a la preservación cinematográfica es inspiradora y se alinea completamente con la misión del Museo de salvar y celebrar la historia del cine», afirmó.
La gala recauda fondos destinados a adquirir y preservar obras, mantener la colección y sostener las exposiciones y programas del Departamento de Cine del MoMA. Fundado en 1935, este custodia más de 30.000 películas y 1,5 millones de fotografías cinematográficas. CHANEL patrocina el encuentro desde 2011 y ejerce como principal patrocinador del cine en el museo desde 2021. En las ediciones recientes, los ingresos se han destinado al Debra and Leon Black Family Film Center.
Esa alianza entre una institución cultural, una firma de lujo y una figura central de Hollywood también retrata el presente: la preservación de la memoria depende, con frecuencia, de estructuras económicas vinculadas al prestigio, el patrocinio y la representación pública. Conviene reconocer su eficacia sin ocultar la paradoja.









