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Ochenta años después, el futuro de H. G. Wells ya está entre nosotros

Desde su muerte, ocurrida el 13 de agosto de 1946, las criaturas imaginadas por H. G. Wells han cambiado de apariencia, pero conservan intacta su capacidad perturbadora: revelar cuánto puede deformarse el ser humano cuando la inteligencia se divorcia de la conciencia, la ciencia renuncia a su responsabilidad ética y el poder dispone de herramientas suficientemente avanzadas para dejar de reconocer límites.

Autor de «La máquina del tiempo», «La guerra de los mundos», «El hombre invisible» y «La isla del doctor Moreau», Wells no utilizó el futuro como refugio imaginativo. Lo convirtió en una sala de interrogatorios. Cada adelanto concebido por su literatura examinaba las pulsiones de la época que lo había producido: dominación, desigualdad, vanidad, violencia y deseo de transformar la vida sin asumir las consecuencias. El porvenir no era una promesa. Era la superficie deformada donde el presente podía contemplar su verdadero rostro.

Esa es la razón por la que su obra conserva una vigencia incómoda. Wells no conoció la inteligencia artificial, la edición genética ni los sistemas digitales de vigilancia, pero comprendió el mecanismo psicológico que puede volverlos peligrosos. La amenaza nunca reside exclusivamente en la herramienta. Surge cuando el ser humano descubre que posee una capacidad inédita y confunde esa posibilidad técnica con un derecho moral.

«El hombre invisible» lleva esa contradicción hasta su extremo. Griffin alcanza una forma de invisibilidad que, en principio, podría entenderse como conquista científica. Sin embargo, la desaparición de su cuerpo ante la mirada ajena elimina también la presión social que contenía sus impulsos. Nadie puede identificarlo, perseguirlo o exigirle responsabilidades. La invisibilidad se transforma en impunidad y la impunidad libera una violencia que ya existía en él. Wells anticipó así una patología reconocible en la sociedad digital: el sujeto que, protegido por el anonimato, deja de percibir al otro como persona y utiliza la distancia para humillar, acosar o destruir.

La vigilancia contemporánea parece ocupar el extremo contrario: ya no se trata de desaparecer, sino de resultar permanentemente visible. Cámaras, dispositivos móviles, datos biométricos, historiales de búsqueda y algoritmos de reconocimiento registran una parte creciente de la existencia. El poder ha aprendido a observar sin presentarse, mientras el individuo entrega información a cambio de comodidad, velocidad o pertenencia. Griffin deseaba sustraerse a todas las miradas; nosotros hemos normalizado vivir dentro de ellas. En ambos casos permanece la misma pregunta: ¿qué sucede con la conducta cuando una de las partes puede mirar sin ser mirada?

«La isla del doctor Moreau» desplaza el conflicto hacia la manipulación de la vida. El científico interviene sobre los animales, altera sus cuerpos y pretende imponerles una forma humana mediante procedimientos brutales. Su laboratorio no representa el conocimiento guiado por la curiosidad, sino la inteligencia secuestrada por la arrogancia. Moreau no pregunta si debe hacerlo. Le basta saber que puede.

La ingeniería genética actual posee una complejidad que la novela no pretendía anticipar literalmente. Puede prevenir enfermedades, ampliar el conocimiento médico y aliviar sufrimientos antes considerados inevitables. Sin embargo, también obliga a decidir quién define lo normal, qué transformaciones se consideran aceptables y en qué momento la terapia puede derivar hacia la selección de seres humanos conforme a criterios económicos, estéticos o ideológicos. La isla de Wells comienza allí donde el cuerpo deja de ser una realidad digna de protección y pasa a considerarse material disponible para la voluntad de quien domina la técnica.

La inteligencia artificial reproduce otra de sus inquietudes fundamentales: la delegación de facultades humanas en sistemas cuyo funcionamiento termina superando la comprensión de quienes los utilizan. La cuestión no consiste en atribuir conciencia moral a una máquina, sino en determinar quién responde por sus decisiones, sus errores y sus prejuicios. Un algoritmo puede seleccionar candidatos para un empleo, condicionar un crédito, clasificar rostros, fabricar imágenes falsas o decidir qué información llegará a millones de personas. Su aparente neutralidad oculta decisiones humanas, datos históricos y criterios de diseño que nunca son completamente inocentes. Detrás de cada sistema existen elecciones, empresas, instituciones y objetivos.

Wells comprendió que el poder obtiene su mayor victoria cuando consigue presentarse como una fuerza inevitable. La tecnología facilita esa coartada: una decisión política puede disfrazarse de cálculo, una discriminación histórica puede reaparecer como resultado estadístico y una responsabilidad humana puede disolverse dentro de una estructura automatizada. El algoritmo no tiene culpa, se nos dirá. Precisamente por eso resulta tan útil para quienes desean actuar sin asumirla.

«La guerra de los mundos» invierte la jerarquía colonial. La Inglaterra imperial, habituada a contemplar otros territorios como espacios conquistables, experimenta de pronto la indefensión de quienes son invadidos por una potencia técnicamente superior. Los marcianos no necesitan reconocer la cultura, los afectos ni la soberanía de sus víctimas; les basta disponer de armas capaces de reducirlas a obstáculos.

La novela permite leer las guerras tecnológicas actuales sin recurrir a la cómoda ficción de que la precisión elimina la barbarie. Drones, sistemas autónomos, vigilancia satelital y ataques dirigidos aumentan la distancia entre quien mata y quien recibe la violencia. Esa separación puede perfeccionar la eficacia militar, pero también anestesia la conciencia. La víctima desaparece detrás de una coordenada, una imagen térmica o una señal sobre una pantalla. El cuerpo permanece en el territorio; la decisión llega desde un lugar protegido.

«La máquina del tiempo» introduce otra forma de violencia: la desigualdad convertida en evolución. Eloi y morlocks proceden de una sociedad dividida hasta el punto de haber producido dos humanidades. Wells transforma la estructura de clases en anatomía.

Los eloi, descendientes de las antiguas clases acomodadas, permanecen en la superficie convertidos en una especie frágil, infantil y entregada a una comodidad sin conciencia. Los morlocks, herederos de quienes fueron empujados a trabajar bajo tierra, conservan la maquinaria y terminan invirtiendo brutalmente la relación de dominio: durante la noche capturan a los eloi y se alimentan de ellos. La desigualdad no ha construido un orden estable. Ha deformado a los dos grupos y producido una venganza biológica en la que los antiguos privilegiados terminan devorados por la estructura que sus antepasados levantaron para protegerse.

La distancia respecto al presente resulta menos tranquilizadora de lo que quisiéramos. La concentración de riqueza, la precarización laboral y la segregación territorial continúan distribuyendo luz, tiempo, educación, salud y esperanza de vida de manera desigual. La tecnología no ha corregido automáticamente esas fracturas. Con frecuencia las administra, las hace más rentables o les proporciona una apariencia de modernidad.

Ochenta años después de su muerte, H. G. Wells sigue obligándonos a mirar hacia delante para comprender dónde estamos. Sus novelas no pronosticaron cada dispositivo, pero identificaron las pasiones que terminarían gobernándolos. Vieron la soberbia del científico, la impunidad del invisible, la frialdad del invasor y la tranquilidad del privilegiado que ignora quién trabaja bajo sus pies.

El futuro que imaginó no estaba escrito. El nuestro tampoco. La responsabilidad comienza cuando dejamos de preguntar cuánto puede hacer la tecnología y nos atrevemos a decidir qué no debemos permitirle, a quién debe servir y quién responderá cuando su progreso avance sobre la dignidad humana. Wells no temía a las máquinas. Temía, con razones que todavía no hemos agotado, al ser humano que descubre una nueva forma de poder y decide utilizarla sin mirarse por dentro.

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