El anuncio llega en un momento de máxima aceleración. Tras cerrar su LOVERCORE Tour y publicar el mixtape getting up to no good, Artemas intensifica una trayectoria que ha sabido capitalizar la viralidad sin diluir su identidad. Más de 3,6 billones de reproducciones globales —con “i like the way you kiss me” superando los 2 billones y certificada triple platino— funcionan aquí menos como cifra que como síntoma: el de una obra diseñada para circular, replicarse y sedimentarse en la memoria breve de lo digital.
Sin embargo, el verdadero desplazamiento se produce en el directo. Su universo —oscuro, envolvente, emocionalmente ambiguo— se reconfigura en escena como una experiencia inmersiva que expande la estética lovercore: un synthpop denso y sensual que orbita en torno al deseo, la ansiedad afectiva y la repetición emocional. Temas recientes como “psychokiller” o “myself” refuerzan esa arquitectura narrativa donde el sonido actúa como extensión de una subjetividad fragmentada.
Originario de Oxfordshire, Artemas no emerge al margen del sistema contemporáneo, sino desde su núcleo operativo. Su música no busca perdurar en términos clásicos, sino impactar, circular y volver. Esta gira mundial certifica ese tránsito: del loop digital al cuerpo, de la escucha íntima al ritual colectivo. Una traslación que confirma su posición como una de las voces más incisivas del alt-pop actual.
En ese tránsito se juega también una reconfiguración del propio concepto de concierto. La propuesta de Artemas no responde al esquema tradicional de artista frente a audiencia, sino a una lógica más próxima a la inmersión sensorial: iluminación tenue, pulsos rítmicos repetitivos y una puesta en escena que prolonga la estética nocturna de sus composiciones. El directo no amplifica simplemente las canciones; las reescribe en tiempo real, intensificando su dimensión emocional y su capacidad de absorción.
La incorporación de Henry Morris como artista invitado introduce, además, una capa de diálogo generacional dentro de la propia gira, subrayando una escena que ya no se articula por géneros cerrados, sino por atmósferas compartidas. En ese ecosistema, Artemas opera como un nodo central capaz de sintetizar influencias y proyectarlas hacia una audiencia global que consume música del mismo modo en que habita las redes: de forma fragmentaria, reiterativa y emocionalmente inmediata.
El recorrido de 2026 no es, por tanto, una simple expansión territorial, sino la consolidación de un lenguaje. Artemas traslada al espacio físico una gramática nacida en lo digital, donde cada canción funciona como unidad autónoma pero también como parte de un flujo continuo. El escenario se convierte así en extensión del algoritmo, pero también en su corrección: allí donde la repetición virtual encuentra un cuerpo, una voz y una presencia que devuelven a la música su dimensión colectiva.
Más información AQUÍ









