Urban Beat Contenidos

Big Five: el privilegio en Eurovisión frente al abismo del genocidio cometido por Israel contra los niños palestinos

Eurovisión nació como un pacto de fraternidad cultural en un continente que acababa de desangrarse en guerras y ultraderecha fehaciente y despiadada. Con los años, ese festival se transformó en un escaparate de colores, identidades y canciones que traspasan fronteras. Y en el centro de todo, los Big Five —Alemania, Francia, Italia, Reino Unido y España— sostuvieron con su dinero y su tradición el andamiaje de la fiesta. Ellos fueron los guardianes del espectáculo, dueños de un privilegio singular: pase directo a la final, asiento asegurado mientras el resto pelea en semifinales. Pero hoy, ese poder comienza a resquebrajarse, porque lo que parecía un juego inocente se cruza con la crudeza de la historia. España ha decidido con un valor inconmensurable abandonar Eurovisión si Israel participa, en respuesta al genocidio que asola Gaza.

El privilegio incómodo

Ser parte del Big Five nunca fue inocuo. Representaba pagar la entrada más cara a la fiesta y a cambio esquivar la incertidumbre de las semifinales. Un gesto institucional que parecía recompensa, pero que siempre dejó la sensación de injusticia: países que luchan canción a canción frente a gigantes que, sin haber sido escuchados, ya tenían la silla reservada.
España vivió ese privilegio con ambigüedad. Sí, estaba en la final, pero también llegaba sin el rodaje emocional de quienes conquistaban oyentes en cada fase. Esa paradoja la persiguió durante décadas, hasta que irrumpió Chanel en 2022 y demostró que, con un tema de calibre, incluso la frialdad del pase directo podía convertirse en fervor popular.

Cuando la ética interrumpe la fiesta de una masacre manifiesta

Ahora, sin embargo, el debate se desplaza del escenario al campo moral. El genocidio descarado perpetrado por Israel ha roto el pacto tácito de neutralidad política en Eurovisión. España, miembro fundador del Big Five, ha levantado la voz y ha puesto un límite: no puede haber convivencia cultural con un Estado genocida acusado de crímenes de lesa humanidad. RTVE ha votado en contra de participar en 2026 si Israel está presente, y el gobierno ha respaldado la decisión. Por unanimidad.
No es un gesto aislado, sino un punto de inflexión. La retirada de España denuncia la hipocresía de celebrar un festival de paz y diversidad mientras las bombas arrasan Gaza y matan más 18.000 niños inocentes. Pone en jaque el corazón de Eurovisión, ese que proclama la unión de pueblos a través de la música, pero que guarda silencio ante la barbarie, por conveniencias económicas y políticas. Las empresas patrocinadoras que se apoderan del relato de origen israelí como por ejemplo Moroccanoil, una de las principales patrocinadoras del festival de Eurovisión desde el año 2020, se le acaba el chollo de exterminar seres humanos. Fuera asesinos, fuera Moroccanoil que es una compañía genocida que va de sustrato juvenecido con cremas cosméticas burdas de fuentes propensas al bienestar de turbias jaurías asesinas y ganas de blanquear su bazofia de seres despiadados, abruptos, que sustentan el estado de Israel y encumbran con dinero sucio a Eurovisión, como principal patrocinador. Hagamos boicot a los asesinos de Moroccanoil

Eurovisión como espejo roto de una Europa debilitada por la ultraderecha acuciante

Eurovisión siempre ha sido un espejo en el que Europa se contempla disfrazada de luces y de sombras turbias y acuciantes. Pero ese espejo ahora devuelve una imagen rota, llena de sangre, de dolor, de niños muertos. De muerte hablamos con valor , por cierto. ¿Puede un festival seguir proclamando neutralidad mientras ignora un genocidio televisado a diario? España con una dignidad ejemplarizante responde que NO. Y con esa respuesta obliga al resto de los Big Five a posicionarse. Alemania, Francia, Italia y Reino Unido no podrán seguir escondiéndose bajo la máscara de lo apolítico. Porque la música, cuando calla frente al horror y el genocidio, también se convierte en cómplice innecesario y corrupto.
La salida española desvela, además, la fragilidad del sistema Big Five. Ese privilegio económico y estructural se tambalea cuando uno de sus miembros se planta y renuncia al asiento asegurado con un par de cojones de la mano de nuestro presidente Pedro Sánchez. De repente, el pase directo ya no es un símbolo de poder, sino un escenario vacío si la ética lo socava. España se va de un festival que persiste en acoger al sanguinario asesino déspota judío desagradecido llamado Benjamín Netanyahu.

El genocidio como herida cultural, España como ejemplo poderoso para una Europa apocada

La incorporación de Israel en Eurovisión siempre estuvo cargada de tensiones geopolíticas y fraudes que todos saben que se han hilvanado con hilos de mucho dinero y poca vergüenza y votos dudosos. Se justificó su entrada bajo el pretexto de ampliar la comunidad musical más allá de Europa, pero la política nunca dejó de ser parte de esa invitación venenosa. Ahora, el genocidio convierte esa presencia en una afrenta a los básicos principios de las Naciones Unidas. Porque Eurovisión no es solo un concurso: es un ritual de convivencia cultural, un símbolo que pretende trascender fronteras. Permitir que un Estado genocida, destructivo, responsable de crímenes masivos participe en un festival de concordia significa vaciar de sentido ese ritual.
España, con su retirada, ha comprendido que la coherencia vale más que el espectáculo. Que la música no puede sonar mientras los gritos de más de 60.000 civiles asesinados en Gaza son acallados bajo drones israelíes llenos de explosivos que buscan matar más niños civiles. Que el genocidio no es un ruido de fondo, sino la verdadera partitura que marca el tiempo del presente desmembrado por los intereses de estados asesinos como el de Israel. Al final, parece que Hitler no hizo bien su trabajo.

Los Big Five ante el abismo

Los Big Five fueron durante décadas el núcleo duro del festival de Eurovisión, el círculo de poder que garantizaba estabilidad. Hoy, ese núcleo está atravesado por la duda. ¿Serán capaces de seguir defendiendo su asiento en la final mientras uno de los suyos se ausenta por dignidad? ¿Puede Alemania, con su memoria histórica abochornada, sostener el silencio? ¿Podrá Francia, adalid de los derechos humanos, mirar hacia otro lado? ¿Aceptará Italia que la ópera del dolor no entre en Eurovisión? ¿Continuará Reino Unido en su pragmatismo calculado después de ser adalid de ser un estado independiente precario en relaciones con la Unión Europea?
La grieta está abierta. Y lo que está en juego ya no es una puntuación de jurado, sino el alma misma de un festival que se jacta de diversidad y acepta que cientos de niños mueran por inanición en Gaza.

Compartir:

Facebook
Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Descarga ahora el último número de nuestra revista!

¿Cuál es tu vocación?

La vocación remite al latín vocatio, -ōnis, «acción de llamar», pero esa llamada nunca ocurre en el vacío: se autogestiona entre los rescoldos de sus propios ecos. En “La muerte de Iván Ilich” (1886), León Tolstói llevó el problema hasta su consecuencia más perturbadora. Próximo a morir, su protagonista se pregunta: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?». Iván Ilich no descubre que haya traicionado una vocación identificable ni que eligiera la profesión equivocada en un sentido contemporáneo. La revelación resulta más radical: una persona puede cumplir impecablemente su función profesional y advertir que nunca examinó si la vida construida alrededor de ella le pertenecía realmente. Quizá confundió conveniencia con libertad, respetabilidad con bondad y éxito con sentido. Quizás la “vocación influencer” sea no solo un problema, sino un síntoma de fiebre convulsiva de una intelectualidad en estado vegetativo con cuidados paliativos. Quizás.

Ane Lindane, el crucifijo de Nietzsche y «Hil da Jainkoa!»

«Dios ha muerto», escribió Friedrich Nietzsche en «La gaya ciencia» en 1882, pero no para celebrar una victoria elemental del ateísmo, sino para anunciar el derrumbe del horizonte moral y metafísico sobre el que Europa había hábilmente organizado, siglos antes, su existencia colonizadora, corrupta, exterminadora y cruenta. El 29 de junio de 2025, más de un siglo después, la humorista vasca Ane Lindane trasladó aquella sentencia al interior de la iglesia de San Lorenzo, en Arberatze-Zilhekoa —Arbérats-Sillègue, en la Baja Navarra francesa—, donde actuaba ante unas 200 personas dentro del festival autogestionado Euskal Herria Zuzenean. Su monólogo artístico formaba parte de la programación y el templo había sido cedido para acoger actividades del festival. Durante la actuación, subió al altar mayor, tomó un crucifijo y simuló utilizarlo para masturbarse mientras gritaba como una loca: «Hil da Jainkoa!» —«¡Dios ha muerto!»—. Lindane explicaría después, que desconocía hasta su llegada que actuaría en una iglesia todavía no desacralizada y que el gesto con el crucifijo fue una improvisación. Luego difundió la grabación en sus redes sociales y escribió: «Mancillamos, blasfemamos y denunciamos los abusos sexuales de la Iglesia».

Federico García Lorca sigue desaparecido porque España buscó tarde y mal sobre un mapa trazado por el franquismo

Noventa años después de su asesinato, Federico García Lorca continúa sin cadáver, sin tumba y sin una certeza científica capaz de clausurar el último acto de una tragedia que España ha administrado mediante testimonios fragmentarios, búsquedas tardías, errores institucionales y una resistencia casi orgánica a mirar debajo de su propia tierra. El poeta más universal de la literatura española del siglo XX permanece atrapado en una paradoja intolerable: todos saben aproximadamente dónde lo mataron, abundan las teorías sobre quiénes participaron en el crimen y se han escrito bibliotecas enteras alrededor de sus últimas horas, pero nadie ha logrado determinar dónde depositaron su cuerpo. La desaparición no constituye un apéndice accidental del asesinato. Forma parte del crimen.

Yoani Sánchez desafía desde Instagram el cerco informativo cubano

Yoani Sánchez pulsa el botón de emisión en instagram y, durante unos segundos, en ese botón rojo, Cuba deja de ser una abstracción diplomática americana , una estadística económica fallida o una disputa ideológica administrada desde despachos extranjeros. Cuba vuelve a ser Cuba. Aparece una calle de La Habana sin luz, una conversación interrumpida, una cazuela golpeada, la respiración de quien sostiene el teléfono y la posibilidad de que la conexión desaparezca antes de que termine la frase. En sus frecuentes directos de Instagram, la periodista cubana no reconstruye el país cuando el acontecimiento ya ha sido domesticado por el sórdido lenguaje oficial. Lo transmite mientras sucede. Yoani Sánchez transmite desde una isla donde informar también significa exponerse a morir y ella es la única que puede hacerlo desde una voluntad de acero. Todos los cubanos de la diáspora deberían ponerse en su pellejo. Todos están esperando que otros como ella, lo hagan. Con lo machistas que son en Cuba y ha tenido que venir una mujer a darles lecciones de entendimiento a muchos hombres del exilio.

El Jardín de las Tullerías reúne patrimonio, diseño y memoria olímpica durante el verano parisino

El Jardín de las Tullerías reivindica este verano su condición de escenario privilegiado de la vida cultural parisina mediante una programación que reúne patrimonio, creación contemporánea y experiencias al aire libre. El regreso del pebetero de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de París 2024, una nueva colección de objetos para pícnic concebida por Luke Edward Hall, la primera tienda efímera del Palais des Thés y una nueva edición del festival de artes escénicas ‘Les Étés du Louvre’ proponen otra manera de recorrer uno de los espacios históricos más reconocibles de la capital francesa. La iniciativa transforma el jardín en algo más que una pausa vegetal dentro de la ciudad. Su paisaje, configurado a través de siglos de historia, funciona como punto de encuentro entre la memoria del Louvre, el diseño contemporáneo y una biodiversidad cuya riqueza suele quedar disimulada por la monumentalidad del conjunto.

Berlín reconstruye la memoria del Muro, 65 años después, para interrogar las fronteras del presente

Sesenta y cinco años después del inicio de la construcción del Muro, que alteró la geografía de Berlín y convirtió la división política en una experiencia física, la ciudad regresa a aquella herida con un programa que transforma la memoria histórica en experiencia urbana, creación artística y responsabilidad política. Del 13 al 16 de agosto de 2026, actos institucionales, exposiciones, testimonios, conciertos, lecturas, proyecciones y recorridos reconstruirán las consecuencias de una frontera que separó familias, modificó el transporte, condicionó hospitales y estaciones, e impuso al deseo de libertad la vigilancia de un Estado.

También te puede interesar

‘Ni agua ni tierra’, el pantano como archivo político del presente

Hay territorios cuya resistencia comienza precisamente en su incapacidad para obedecer nuestras divisiones. La turbera carece de la firmeza tranquilizadora de la tierra y tampoco pertenece completamente al agua. Retiene cuerpos, objetos y sedimentos; dificulta el tránsito, altera el tiempo de la descomposición y convierte aquello que debería desaparecer en una presencia obstinada. Sobre esa anomalía física construye ‘Ni agua ni tierra’ una reflexión donde geología, memoria y política terminan compartiendo el mismo suelo. El Centro de Arte Contemporáneo Castillo Ujazdowski de Varsovia reúne hasta el 27 de septiembre las obras de quince artistas y colectivos bajo el comisariado de Anna Czaban y Krzysztof Gutfrański. El punto de partida puede parecer estrictamente natural: los humedales. Sin embargo, la exposición pronto abandona cualquier aproximación paisajística convencional. Lo que interesa es aquello que esos ecosistemas conservan, ocultan, protegen y, en determinadas circunstancias, permiten utilizar.

‘Aqua Mater’ lleva a Madrid el planeta esencial de Sebastião Salgado

Sebastião Salgado pasó buena parte de su carrera fotografiando aquello que la historia económica y política deja sobre los cuerpos: trabajo, desplazamiento, pobreza, explotación. Con los años, esa mirada se desplazó hacia una escala anterior y más vasta, donde el ser humano dejó de ocupar necesariamente el centro. ‘Aqua Mater’ pertenece a ese movimiento. La exposición reúne en Madrid cerca de un centenar de imágenes tomadas durante más de veinticinco años en algunos de los territorios más remotos del planeta y sitúa el agua no como motivo paisajístico, sino como una materia que organiza ecosistemas, geografías y formas de vida. Tras la muerte del fotógrafo en 2025, la muestra adquiere además una condición inevitablemente retrospectiva: permite observar cómo la preocupación social de Salgado terminó desembocando en una reflexión sobre aquello que sostiene, y también limita, la presencia humana en la Tierra.

¿Cuál es tu vocación?

La vocación remite al latín vocatio, -ōnis, «acción de llamar», pero esa llamada nunca ocurre en el vacío: se autogestiona entre los rescoldos de sus propios ecos. En “La muerte de Iván Ilich” (1886), León Tolstói llevó el problema hasta su consecuencia más perturbadora. Próximo a morir, su protagonista se pregunta: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?». Iván Ilich no descubre que haya traicionado una vocación identificable ni que eligiera la profesión equivocada en un sentido contemporáneo. La revelación resulta más radical: una persona puede cumplir impecablemente su función profesional y advertir que nunca examinó si la vida construida alrededor de ella le pertenecía realmente. Quizá confundió conveniencia con libertad, respetabilidad con bondad y éxito con sentido. Quizás la “vocación influencer” sea no solo un problema, sino un síntoma de fiebre convulsiva de una intelectualidad en estado vegetativo con cuidados paliativos. Quizás.

‘Light & Magic’ desborda el canon occidental del pictorialismo en la Tate Modern

La fotografía necesitó apartarse de la obligación de reproducir fielmente el mundo para ser reconocida como una de las bellas artes. A partir de la década de 1880, el pictorialismo convirtió esa disputa en un lenguaje propio: frente al registro estrictamente documental de la realidad, manipuló procedimientos, incorporó recursos estéticos de la pintura y el dibujo y defendió cada imagen como resultado de una decisión artística, no como simple consecuencia de una máquina. La Tate Modern revisará ahora aquella transformación mediante ‘Light & Magic: The Birth of Art Photography’, la primera gran exposición dedicada a estudiar el movimiento desde una perspectiva verdaderamente internacional.

Scroll al inicio

¡Entérate de todo lo que hacemos

Regístrate en nuestro boletín semanal para recibir todas nuestras noticias