Groenlandia llegó a formar parte del Reino de Dinamarca en distintas etapas, hasta consolidarse formalmente en 1953 como territorio danés. Durante siglos, la relación estuvo marcada por la desigualdad y la dependencia, con la metrópoli imponiendo leyes y controlando recursos. Sin embargo, la historia reciente de la isla es también una historia de resistencia y construcción política propia. En 1979, se instauró el home rule, un gobierno autónomo que otorgó competencias locales en áreas clave, mientras Dinamarca retenía defensa y relaciones exteriores. Tres décadas más tarde, la autonomía se amplió y se reconoció a los groenlandeses como pueblo con derecho a la autodeterminación, abriendo la posibilidad legal de un futuro referéndum sobre la independencia.
A pesar de esta libertad progresiva, Groenlandia sigue dependiendo de los subsidios daneses, y la economía local se mantiene vulnerable. Su población combina tradiciones milenarias con la necesidad de insertarse en un mundo globalizado, consciente de que cada decisión política tiene repercusiones profundas sobre su cultura y su supervivencia.
La localización de Groenlandia le confiere un valor estratégico que va más allá de la geografía. Controla rutas marítimas que se abren con el deshielo ártico, posee reservas de minerales esenciales y potenciales yacimientos de hidrocarburos que despiertan la atención de potencias como Estados Unidos, China y Rusia. Durante la Guerra Fría, su importancia ya había sido reconocida: el presidente Harry Truman intentó comprar la isla a Dinamarca por 100 millones de dólares en oro, pero fue rechazado. No obstante, se permitieron bases militares estadounidenses, algunas de las cuales siguen operativas hasta hoy.
El cambio climático ha convertido el Ártico en un tablero geopolítico activo, y Groenlandia se encuentra ahora en el centro de un interés global renovado. Los recursos y la posición estratégica de la isla son más valiosos que nunca, y cualquier intento de control externo despierta debates éticos, políticos y sociales complejos.
Donald Trump no inventó la idea de “comprar” Groenlandia, pero la convirtió en un tema mediático recurrente. Tanto durante su primer mandato como en el segundo, sugirió públicamente que Estados Unidos debería adquirir la isla, alegando razones de seguridad nacional y competencia geopolítica frente a China y Rusia. Sus asesores insistieron en que la propuesta se planteaba como una compra formal, aunque el solo hecho de considerar la idea ha generado alarma internacional.
Esta insistencia no es un acto de improvisación, sino un reflejo de una visión del poder que interpreta los territorios estratégicos como bienes que una superpotencia puede y debe asegurar. El interés estadounidense por Groenlandia combina la lógica militar con la económica, y transforma un territorio autónomo en un símbolo de la tensión entre soberanía local y apetito global.
La reacción de Dinamarca y de Groenlandia ha sido inmediata y firme, aunque tibia, porque si Trump invade Groenlandia con el mayor ejército del mundo, nada podrán hacer los ingenuos socios europeos amilanados por depender de USA, para financiar su defensa frente a Rusia ocupada ahora mismo en su caprichoso expansionismo sobre Kiev. La pobre primera ministra danesa calificó la idea como “absurda” y dejó claro que Groenlandia no está a la venta. Desde Nuuk el gobierno local reiteró que cualquier decisión sobre el futuro de la isla debe ser tomada por sus habitantes. La defensa de la soberanía no es retórica: es una declaración de identidad. Los groenlandeses, que llevan siglos navegando entre imposiciones externas y construcción propia, saben que su territorio no puede convertirse en moneda de cambio de intereses extranjeros.
La comunidad internacional también se ha pronunciado. Aliados dentro de la OTAN han advertido que un intento de adquisición —aunque fuera hipotético— pondría en riesgo la cohesión de la alianza, que se funda en el respeto a la integridad territorial de sus miembros. La propuesta estadounidense, incluso como idea, revive debates sobre los límites del poder en un mundo que se precia de normas internacionales, donde la soberanía y la autodeterminación deberían prevalecer.
El interés por Groenlandia no puede leerse solo como una cuestión estratégica. Tiene profundas implicaciones éticas: cuestiona la tensión entre la ambición de los Estados poderosos y los derechos de los pueblos a decidir su destino. La historia de la isla muestra que la soberanía no es solo un principio legal, sino un principio moral: la imposición externa, incluso disfrazada de seguridad o progreso, erosiona la autonomía cultural y política.
Políticamente, la insistencia en adquirir un territorio soberano aliada plantea un dilema sobre la coherencia de un orden internacional basado en reglas: la Carta de las Naciones Unidas privilegia la integridad territorial y prohíbe la intervención forzada. Un intento real de compra o presión sobre Groenlandia sería un desafío directo a ese marco normativo, con posibles consecuencias sobre alianzas, comercio y estabilidad global.
En lo social, la cuestión pone en evidencia la desconexión entre decisiones de élites y vidas de comunidades locales. Los groenlandeses no solo se enfrentarían a un cambio de administración: su identidad, sus costumbres y su proyecto de vida colectiva estarían en juego. La tentación de “tomar” un territorio ignora que los territorios no son solo mapas: son personas, memoria y cultura.
Un territorio, muchas lecciones
Groenlandia es un recordatorio de que la historia no se repite exactamente, pero sí deja lecciones que la política contemporánea debe considerar. Su camino desde la colonización danesa hasta la autonomía contemporánea muestra que la fuerza bruta o la compra de territorios no puede sustituir la legitimidad que otorga la autodeterminación. La fascinación por sus recursos y su posición estratégica debe equilibrarse con respeto, diálogo y ética.
En un mundo donde el poder se mide muchas veces en influencia y control, Groenlandia ofrece un ejemplo contrario: la fortaleza de un pueblo que se sabe dueño de su destino. El hielo que cubre su superficie guarda no solo minerales, sino también la memoria de siglos de resistencia, y hoy es también un espejo en el que se refleja la tensión entre ambición imperial y derechos humanos.
Groenlandia no es un objeto en el tablero de ajedrez global; es un sujeto político, cultural y ético. El mundo, y especialmente aquellos que sueñan con “poseerla”, tendría que aprender a mirar más allá de los mapas y las rutas marítimas. Allí reside, quizás, la verdadera soberanía: en la decisión de un pueblo sobre sí mismo, que ni Trump ni ningún otro puede comprar.









