Figura clave de la vanguardia jonda, el creador gaditano presenta en Madrid este montaje estrenado el pasado mes de marzo en el Festival de Jerez, una obra que nace de una imagen perturbadora: la de un bailaor que despierta con la sensación de haber soñado su propia desaparición. Desde ese umbral incierto, la danza se convierte en lenguaje simbólico, en tránsito poético que avanza al compás de tangos-rumba, mariana, seguiriya, toná y tangos, construyendo un paisaje coreográfico de resonancias oníricas.
Guerrero concibe El manto y su ojo como una alegoría flamenca sobre la necesidad urgente de volver a sentir. Una invitación a perderse, a recuperar el asombro y la interioridad en un tiempo dominado por la sobreexposición y el artificio. El pensamiento de María Zambrano atraviesa la obra como un hilo subterráneo: su defensa del sueño, de la razón poética y de la experiencia íntima funciona aquí como respuesta sensible frente a un mundo saturado de imágenes y gobernado por la lógica tecnológica.
En palabras del propio artista, el espectáculo dialoga con una época en la que la vida ha sido convertida en mercancía visual, el deseo colonizado por los algoritmos y la atención secuestrada por las pantallas. Frente a ese escenario, el sueño emerge como espacio sagrado, orgánico y misterioso; como territorio de resistencia y posibilidad de regeneración.
Uno de los ejes simbólicos de la pieza es la presencia de las Cobijadas de Vejer de la Frontera, encarnadas en escena por seis cantaoras. Estas mujeres, que cubrían su rostro con manto y tapado dejando visible solo medio ojo, utilizaron durante siglos esa indumentaria para preservar el anonimato y ejercer una libertad vedada por las normas sociales de su tiempo. La costumbre, vigente hasta 1936 y recuperada décadas después, hunde sus raíces en los siglos XVI y XVII, cuando el manto y la saya eran prendas habituales entre mujeres de distintas clases sociales en la Janda y el Campo de Gibraltar. Para Guerrero, las cobijadas representan una ética de la resistencia y una forma de mirar el mundo con un ojo puesto en la realidad y el otro en el interior.
La coreografía dialoga con la guitarra de Pino Losada y las voces de Pilar Sierra, Samara Montañez, Lincy, Alicia Morales, Julia Acosta y Mariana Collado, en una arquitectura sonora que refuerza el carácter ritual de la propuesta. La música original está firmada por Luis de Perikín y el propio Losada, con espacio sonoro de Bruno Gonzáles, dirección escénica de Rolando San Martín, diseño de iluminación de Rafael Gómez y vestuario de Paloma de Alba & CRIN Escénica, completando un dispositivo escénico de gran precisión estética.
El manto y su ojo es el decimoquinto trabajo de Eduardo Guerrero como creador, una trayectoria marcada por la investigación formal y el riesgo poético, visible en montajes como Desplante, Debajo de los pies o Pulso libre. Formado desde la infancia en la danza, Guerrero se consolidó junto a maestros como Mario Maya, Antonio Canales y Manolo Marín, y desde 2002 ha integrado compañías de figuras esenciales del flamenco actual como Eva Yerbabuena, Rocío Molina o Javier Latorre, actuando en escenarios de referencia internacional como el Teatro Bolshói de Moscú o el Museo Guggenheim de Nueva York.
Desde el inicio de su carrera como creador en 2011, su trabajo ha sido reconocido con galardones como el Primer Premio del Festival de las Minas (2013), el Premio del Público del Festival de Jerez (2017), el Premio Lorca al Mejor Intérprete de Danza Flamenca (2022), el Premio Alma Flamenca (2023) y el Premio Cultura Comunidad de Madrid (2024). Distinciones que no clausuran su búsqueda, sino que confirman una obra en permanente estado de pregunta, allí donde el flamenco se convierte en pensamiento encarnado.









