La obra no reproduce el tríptico ni se limita a rendirle homenaje. García O’Dowd interviene sobre su arquitectura moral para desplazar el significado que tradicionalmente ha relacionado el placer terrenal con el pecado, la culpa y el castigo. En su jardín, la experiencia sensorial deja de funcionar como antesala de la condena: el juego, la curiosidad, la sensualidad, la comunidad y el descubrimiento encuentran legitimidad cuando se sostienen sobre el consentimiento, la negociación y el respeto a los límites de quienes participan.
El escenario resulta decisivo. Black Rock City es una ciudad temporal levantada por los propios asistentes de Burning Man en el desierto de Nevada. Durante nueve días acoge esculturas, instalaciones, performances y actividades colectivas bajo un modelo de desmercantilización que elimina prácticamente las transacciones comerciales —con la venta de hielo como excepción— y exige a cada participante responsabilizarse de su abastecimiento. La creación artística no aparece allí como un objeto separado de la vida, sino como parte de una convivencia sometida a condiciones extremas y destinada a desaparecer.
García O’Dowd regresa al encuentro después de haber participado el año pasado con Cupola: Mater Aeterna. En esta ocasión traslada al desierto la obra que ha acompañado su imaginación desde la adolescencia, aunque evita reverenciarla desde la distancia. Le interesa la capacidad de El Bosco para levantar una imagen de enorme complejidad mediante personajes, símbolos, episodios mínimos e hilos narrativos que ocurren al mismo tiempo. Conserva esa multiplicidad, pero modifica el juicio que la organiza.
El imaginario de El Bosco se cruza en la instalación con referencias a la cultura kink, entendida como un conjunto de prácticas, deseos y formas de relación sexual alejadas de lo convencional que requieren consentimiento, negociación y límites compartidos. También aparecen la música, la fiesta, el paisaje de Black Rock City, el cruising, el shibari y distintas maneras contemporáneas de explorar el cuerpo y los vínculos sin imponer entre ellas una jerarquía moral.
La elección de estos códigos no persigue actualizar superficialmente una pintura surgida en el tránsito del siglo XV al XVI. Actúa sobre uno de sus conflictos esenciales: quién dispone de autoridad para decidir qué placeres resultan legítimos y cuáles deben conducir a la vergüenza o el castigo. García O’Dowd desplaza la cuestión desde la moral heredada hacia la responsabilidad entre cuerpos. La libertad no surge así como ausencia de reglas, sino como una experiencia inseparable del acuerdo.
Garden of Heavenly Delights conserva la estructura tripartita mediante tres paneles verticales de algodón retroiluminado. El cuerpo central mide aproximadamente cuatro por cuatro metros, mientras que cada lateral alcanza unos dos por cuatro metros. Sin embargo, la distribución no repite literalmente el tránsito del paraíso al mundo terrenal y de este al infierno.
Los extremos funcionan como fuerzas complementarias cercanas al principio del yin y el yang. Son energías opuestas que se necesitan mutuamente y dejan de representar categorías cerradas de bondad y maldad. La obra sustituye la división moral por una relación de interdependencia: ningún extremo puede comprenderse o existir completamente sin el otro.
La instalación está recorrida por los Yoyos, personajes imaginarios que forman parte del universo de García O’Dowd. Individualistas, ansiosos y consumistas, también pueden mostrarse tiernos, caóticos y dionisíacos. Sus contradicciones les permiten convivir con seres humanos y con criaturas extraídas del cuadro original, sin actuar como figuras ejemplares ni como condenados.
A su alrededor aparecen mariposas y Diosas: seres monumentales vinculados con la fertilidad, lo primordial y las antiguas divinidades femeninas y matriarcales. Dos esculturas de gran tamaño trasladan estas presencias fuera de los paneles y amplían la obra hacia el espacio ocupado por los visitantes.
El tríptico acumula escenas de dominación y sumisión, encuentros sexuales, baile y celebración. Entre ellas aparece una reinterpretación de La maja desnuda de Francisco de Goya. La figura se integra en una gran flor que atrae a una mariposa polinizadora, haciendo coincidir deseo, naturaleza y transformación dentro de una misma imagen.
La cita establece además un vínculo entre dos iconos del Museo del Prado y una instalación concebida para una ciudad efímera estadounidense. Las imágenes de El Bosco y Goya abandonan simbólicamente la estabilidad del museo para entrar en un territorio donde el arte queda expuesto al polvo, la interacción y la desaparición.
El proyecto ha tomado forma entre Brooklyn, Oaxaca, Nevada y Mallorca. Después de su presentación en Burning Man, la instalación llegará a la Galería Aguasanta mediante una exposición individual que coincidirá con la Nit de l’Art de Mallorca, el 19 de septiembre.
Este desplazamiento modificará inevitablemente su recepción. En Black Rock City, la obra quedará incorporada a una comunidad temporal fundada sobre la experimentación y la participación. En Mallorca regresará al espacio expositivo y al territorio natal de su autor, llevando consigo las huellas de un jardín levantado durante nueve días en el desierto.
Carles García O’Dowd (Palma, Mallorca, 1988), residente en Nueva York, desarrolla su trabajo entre el dibujo narrativo, la instalación y la investigación visual. Emplea la sátira gráfica y una mitología propia para examinar el colapso ecológico, la migración y las contradicciones del presente.
Sus ilustraciones han aparecido en The New Yorker, The New York Times y The Washington Post Magazine. También ha trabajado para UFC, Deutsche Telekom y la Fundación Save The Med, y en 2023 diseñó la imagen gráfica del festival Viña Rock.
Ha presentado exposiciones individuales en The New Studio de Brooklyn, Teke Gallery en Italia y Singularity Gallery en Guangzhou. Su obra ha formado parte de muestras colectivas en Philippe Labaune Gallery, The Invisible Dog Art Center y el Centre d’Art La Panera de Lleida, además de recibir reconocimientos vinculados con los World Illustration Awards, la Fundación Pilar i Joan Miró y el Injuve.
Como coautor de Projecte Úter, participó en la creación de un mural gráfico itinerante sobre derechos reproductivos presentado mediante exposiciones y sesiones de narración oral en España, Francia, Alemania, México y Estados Unidos. Becario Fulbright y máster en Bellas Artes por la School of Visual Arts de Nueva York, donde obtuvo una Presidential Scholarship, ha compartido su trabajo en Stanford, Princeton y la City University of New York.
En Garden of Heavenly Delights todo ese recorrido desemboca en una disputa concreta con la historia de la imagen. García O’Dowd no elimina la oscuridad de El Bosco: retira al placer la obligación de conducir hasta ella. Su jardín continúa poblado por impulsos, excesos y criaturas contradictorias, pero la condena deja de estar escrita de antemano. El límite ya no lo establece el pecado. Lo establece el consentimiento.









