Nacido en Figueres en 1927, Portabella desarrolló su trayectoria en contacto con las vanguardias y con la oposición democrática al franquismo. Durante los años sesenta, la búsqueda de nuevas formas cinematográficas convivió con la necesidad de abrir espacios de libertad bajo la dictadura. Después de 1975, su atención se desplazó hacia los debates y las contradicciones de la construcción democrática. Elegido senador en 1977, participó en el proceso constituyente: la actividad institucional prolongaba un compromiso que ya había encontrado expresión en el cine.
Su trabajo como productor fue decisivo en ese recorrido. A través de Films 59 impulsó ‘Los golfos’ (1959), de Carlos Saura; ‘El cochecito’ (1960), de Marco Ferreri, y ‘Viridiana’ (1961), de Luis Buñuel. El ciclo incluye la primera y la tercera, incorporando al retrato del cineasta su capacidad para hacer posibles obras ajenas. La autoría adquiere aquí una dimensión que desborda la dirección: también supone crear las condiciones para que otras miradas puedan existir.
En sus propias películas, esa apertura se reconoce en las colaboraciones con Joan Brossa, Joan Miró, Carles Santos, Antoni Tàpies y el Grup de Treball. Poesía, artes visuales, música y performance intervienen en la elaboración del lenguaje cinematográfico. Cada encuentro introduce procedimientos que alteran la relación entre imagen, tiempo y percepción.
‘Vampir-Cuadecuc’ (1970) ofrece una de las expresiones más reveladoras de ese método. Filmada durante el rodaje de ‘El conde Drácula’, de Jesús Franco, permite observar el artificio que sostiene la ilusión cinematográfica. El espectador reconoce actores, decorados y procesos de trabajo mientras asiste a una película distinta, construida sobre esos mismos materiales. La apariencia deja de presentarse como evidencia y descubre su condición fabricada.
La relación con Carles Santos (1940–2017) ocupa un lugar destacado en el programa, que incluye ‘Acció Santos’ (1973). Su colaboración sitúa la escucha en el centro de la experiencia: sonidos, silencios e imágenes pueden establecer relaciones que escapan a la continuidad de una historia. Una de las jornadas, bajo el título ‘Suite Miró’, reúne asimismo los trabajos realizados junto al pintor, ampliando ese diálogo entre prácticas artísticas.
El compromiso social encuentra otra vía en la palabra compartida. En ‘El sopar’, la conversación entre antiguos presos políticos permite abordar la cárcel como experiencia de resistencia y memoria colectiva. ‘Informe general sobre algunas cuestiones de interés para una proyección pública’ (1976) examina, por su parte, el tránsito entre la dictadura y una democracia todavía en construcción. Las voces y los espacios participan en una investigación sobre quién puede intervenir en el nuevo escenario político.
Décadas después, ‘Die Stille vor Bach’ —‘El silencio antes de Bach’ (2007)— desarrolla una aproximación a la música mediante las disciplinas, los oficios y los lugares vinculados a la obra de Johann Sebastian Bach. La transmisión cultural aparece ligada a acciones materiales y a personas que mantienen vivo ese legado. El sonido articula el recorrido y abre conexiones entre épocas y espacios europeos.
La retrospectiva permite reconocer la continuidad de una exigencia: mirar implica examinar cómo se ha dispuesto lo visible y qué ha quedado fuera. El valor crítico de Portabella reside en sostener esa pregunta incluso cuando desaparece la urgencia política que acompañó a sus primeras películas. Su obra reclama una atención capaz de descubrir decisiones allí donde la costumbre presenta un orden natural. Cerca de su centenario, esa propuesta conserva una consecuencia incómoda para el presente: comprender una imagen exige también reconocer las reglas que nos han enseñado a aceptarla.









