Un lunar puede delimitar una superficie o empezar a deshacerla. En la obra de Yayoi Kusama, su multiplicación termina alterando aquello que parecía estable: el cuerpo pierde sus contornos, los objetos se prolongan sobre el espacio y la mirada encuentra dificultades para separar una figura de cuanto la rodea. La repetición produce una experiencia donde reconocerse y desaparecer forman parte de un mismo movimiento.
Esa tensión permite acercarse a una artista cuya celebridad ha extendido sus motivos por museos, imágenes y objetos, hasta hacerlos inmediatamente reconocibles. La retrospectiva del Stedelijk propone volver sobre la trayectoria que sostiene esa familiaridad. Su interés reside en reunir disciplinas y momentos diferentes para comprender cómo una investigación desarrollada durante más de setenta años llegó a modificar las relaciones entre obra, espacio y espectador.
La exposición adquirió, además, una dimensión que el anuncio inicial no contemplaba. Kusama falleció el 14 de agosto de 2026 en Tokio, a los 97 años, antes de la apertura en Ámsterdam. El recorrido permite ahora examinar una producción concluida, aunque su lenguaje continúe planteando preguntas sobre naturaleza, amor, vida y muerte.
Nacida en Matsumoto en 1929, Kusama comenzó a desarrollar desde joven una expresión propia mediante dibujos y pinturas. Su biografía oficial vincula los primeros motivos de puntos y redes con las visiones y alucinaciones que experimentaba desde la infancia. Ese origen aporta contexto, pero no agota el significado de su trabajo: transformar una experiencia perceptiva en lenguaje artístico exigió decisiones sobre composición, materiales y escala.
La repetición fue adquiriendo una función que excedía el ornamento. Un motivo sencillo, insistente hasta ocupar el campo visual, podía cuestionar la autonomía de cada elemento y extenderse más allá de los límites de una superficie. En ese procedimiento se reconoce el principio de self-obliteration, formulado por la propia artista. Traducirlo únicamente como «autodestrucción» puede desviar su sentido: en el contexto de su pensamiento artístico, puede entenderse como un borrado o una disolución del yo mediante la proliferación de formas.
Desde esa perspectiva, el infinito deja de ser una abstracción distante. Se vuelve una experiencia construida con recursos materiales: una superficie cubierta de marcas, un objeto reiterado, una imagen que el espejo devuelve sin permitir localizar su final. La identidad del visitante entra en ese sistema como una presencia más, sometida a la misma multiplicación que afecta al entorno.
Kusama se trasladó a Estados Unidos en 1957 y al año siguiente desarrollaba su actividad en Nueva York. Allí presentó pinturas de redes, esculturas blandas e instalaciones con espejos y luces. Durante los años sesenta amplió su práctica hacia intervenciones de pintura corporal, moda, cine y happenings antibélicos. Su participación en la vanguardia implicaba llevar la creación fuera de los soportes tradicionales y disputar el lugar que podía ocupar en la vida pública.
El cuerpo adquirió una importancia particular en esa expansión. Dejó de funcionar exclusivamente como figura representada para intervenir como superficie, presencia y parte de una acción. La moda y la performance prolongaron la investigación sobre los límites de la identidad hacia situaciones compartidas, mientras las instalaciones modificaban la posición habitual de quien observa. El visitante podía quedar incluido dentro de aquello que intentaba contemplar desde fuera.
Las salas de espejos condensan esa operación. Su atractivo inmediato convive con una experiencia menos tranquilizadora: la propia imagen se multiplica hasta perder su condición privilegiada. El reflejo confirma que estamos allí, pero también reduce nuestra presencia a un fragmento repetido dentro de un espacio aparentemente interminable. En esa ambivalencia reside parte de su capacidad crítica.
Tras regresar a Japón en 1973, Kusama continuó escribiendo narrativa y poesía, además de desarrollar esculturas e instalaciones. La literatura amplió un universo creativo que nunca quedó contenido en un solo medio. El itinerario entre Matsumoto, Nueva York y Tokio permite reconocer transformaciones de contexto sin confundirlas con el abandono de sus preguntas fundamentales.
La retrospectiva reúne pintura, escultura, dibujo, collage, moda y acciones, junto con instalaciones inmersivas. Incluye obras históricas que no se habían presentado anteriormente en Europa y nuevas producciones realizadas para el proyecto. Entre sus principales atractivos figura una nueva versión de una de sus instalaciones emblemáticas, concebida para esta retrospectiva itinerante, que reúne sus investigaciones sobre repetición, infinito y disolución del yo. La diversidad de materiales permite seguir la evolución de sus motivos y evita que toda su trayectoria quede reducida a las imágenes más difundidas.
En el anuncio de la muestra, Rein Wolfs, director del Stedelijk, destacaba la capacidad de Kusama para modificar nuestra perspectiva y atraer a públicos de distintas generaciones. Esa amplitud de recepción plantea también una exigencia para cualquier retrospectiva: ofrecer las condiciones para que la fascinación inicial dé paso a una comprensión más compleja de la obra.
El proyecto se organiza en colaboración con la Fondation Beyeler, donde pudo visitarse del 12 de octubre de 2025 al 25 de enero de 2026, y el Museo Ludwig de Colonia, que lo acogió del 14 de marzo al 2 de agosto de 2026. Ámsterdam constituye la última etapa de este recorrido europeo.
La relevancia de Kusama se juega también en la distancia entre reconocimiento y comprensión. Identificar sus lunares resulta sencillo; reconstruir las decisiones que sostienen ese lenguaje requiere detenerse en las obras, sus materiales y las circunstancias de su creación. La retrospectiva ofrece esa posibilidad al reunir una trayectoria que desborda ampliamente las salas de espejos. Su dimensión política aparece en las acciones antibélicas; la literaria, en la escritura; la espacial, en instalaciones que modifican nuestra posición como espectadores. Ninguna de esas vertientes explica por sí sola el conjunto. Su convivencia permite comprender que la insistencia de un motivo puede contener transformaciones profundas y que una imagen reconocible todavía puede plantearnos preguntas. Frente a la rapidez con la que consumimos signos familiares, el recorrido reclama tiempo para observar sus diferencias. Quizá ahí resida su aportación más pertinente al presente: devolver espesor a un universo visual que sabemos reconocer, pero que no necesariamente hemos aprendido a leer.









