El término fachatuber designa a una constelación de creadores de contenido que, desde plataformas como YouTube, Twitch o TikTok, difunden discursos reaccionarios, nacionalistas o abiertamente ultras bajo una retórica de supuesta rebeldía. No se autodefinen como propagandistas, sino como disidentes frente a una hegemonía cultural imaginada. Su éxito no reside tanto en la originalidad del mensaje como en su formato: directo, emocional, agresivo y simplificado hasta la caricatura. El documental La Xarxa Ultra, emitido por TV3, se adentra de lleno en este fenómeno para indagar quién está ganando la llamada “guerra cultural” en las redes sociales. A través de una inmersión en el ecosistema digital y del contacto directo con los denominados fachatubers, la producción examina las razones por las que la propaganda de la extrema derecha encuentra un terreno tan fértil entre la juventud española.
El contexto español resulta especialmente idóneo para el surgimiento de los fachatubers . La crisis de confianza en los medios tradicionales, el descrédito de las instituciones y la precarización material de amplias capas sociales han generado un terreno propicio para relatos que ofrecen culpables claros y soluciones inmediatas. El inmigrante, el feminismo, el independentismo o la llamada “ideología de género” se convierten en chivos expiatorios recurrentes, repetidos hasta fijarse como sentido común en comunidades digitales cerradas.
A diferencia de la extrema derecha clásica, los fachatubers no apelan a la épica del pasado ni a la solemnidad del discurso político. Su lenguaje es coloquial, irónico, plagado de insultos y referencias culturales juveniles. La violencia simbólica se disfraza de humor; el autoritarismo, de sentido común; la desinformación, de opinión personal. Es una radicalización sin consignas explícitas, más eficaz precisamente por su apariencia informal.
Este ecosistema no opera en el vacío. Diversos estudios sobre consumo digital en España muestran que los contenidos políticos con mayor carga emocional —especialmente los que generan indignación— obtienen mejores tasas de retención y difusión. El algoritmo no distingue entre análisis riguroso y simplificación interesada: premia aquello que mantiene al usuario conectado. En ese circuito, los fachatubers han aprendido a optimizar el conflicto como estrategia de visibilidad.
La relación entre estos creadores y la política institucional es ambigua pero evidente. Aunque muchos se presentan como independientes, sus marcos discursivos coinciden de forma sistemática con los de partidos como Vox. La inmigración como amenaza, el cuestionamiento del consenso democrático surgido tras la Transición, la negación de la violencia machista o la deslegitimación de los medios públicos forman parte de un mismo repertorio ideológico. La diferencia es que, en lugar de presentarse en el Parlamento, se cuelan en los auriculares de miles de jóvenes.
No es casual que una parte significativa de su audiencia esté compuesta por varones menores de 35 años. En un contexto de frustración económica y desorientación identitaria, estos discursos ofrecen pertenencia, superioridad moral y una narrativa de agravio permanente. El fachatuber no se presenta como líder político, sino como hermano mayor digital que “dice lo que nadie se atreve a decir”.
Desde el punto de vista democrático, el fenómeno plantea desafíos relevantes. No se trata solo de la difusión de bulos —frecuente y documentada—, sino de la normalización de marcos autoritarios y excluyentes. Cuando la deshumanización se repite en clave de chiste, deja de percibirse como violencia. Cuando el insulto sustituye al argumento, el adversario político se convierte en enemigo moral. El espacio público se empobrece, y con él, la posibilidad de un disenso informado.
Las respuestas institucionales han sido, hasta ahora, erráticas. La moderación de contenidos en plataformas privadas choca con los límites de la libertad de expresión, mientras que la pedagogía mediática avanza lentamente frente a la velocidad del algoritmo. Combatir a los fachatubers únicamente desde la censura resulta tan ineficaz como ingenuo: refuerza su narrativa victimista y consolida a su comunidad.
El problema, en última instancia, no son solo ellos. Es el ecosistema que los produce, los amplifica y los legitima. Un espacio digital donde la verdad compite en desventaja frente a la emoción, y donde la política ha sido reducida a espectáculo permanente. Los fachatubers no inventaron la extrema derecha española; simplemente la tradujeron al lenguaje de la era de los clics.
Mientras no se aborde esa raíz —la precariedad, la desafección democrática, la degradación del debate público—, seguirán apareciendo nuevos rostros, nuevos canales y nuevas consignas. Cambiarán los nombres, pero no la lógica. Y la pregunta ya no es si influyen en la política española, sino hasta qué punto estamos dispuestos a normalizar que el odio se consuma como entretenimiento.









