El espectáculo que presenta la formación porteña es un homenaje consciente a los grandes clásicos del tango argentino, articulado como un viaje emocional por su historia. Desde los tangos fundacionales —Caminito, El Choclo— hasta la voz mítica de Carlos Gardel, con piezas como Por una cabeza o Volver, la propuesta avanza por un repertorio que forma parte del ADN cultural del Río de la Plata. A ese núcleo se suman las composiciones esenciales de Enrique Santos Discépolo, donde Cambalache y Uno siguen funcionando como diagnósticos morales de una modernidad en crisis.
El recorrido se completa con clásicos de las décadas doradas —Malena, Nostalgias, Adiós Pampa mía—, un homenaje explícito a Astor Piazzolla y un cierre inevitable: La Cumparsita, acompañada por Así se baila el Tango, tema que da nombre al espectáculo y que condensa su espíritu declarativo.
La puesta en escena acompaña con inteligencia este trayecto musical. Proyecciones audiovisuales, un vestuario cuidado hasta el detalle y dos parejas de baile que destacan por su fuerza expresiva y elegancia construyen una experiencia envolvente, pensada tanto para el aficionado al tango como para quienes se acercan al género por primera vez. Aquí la danza no ilustra: dialoga con la música y la palabra.
Dirigida artísticamente por Alejandro Picciano, la compañía ha sabido consolidar a lo largo de casi dos décadas un lenguaje propio, donde tradición y renovación no se anulan, sino que se tensan. Esa es, quizá, la clave de su permanencia en la escena internacional: entender que el tango no necesita actualizarse a la fuerza, sino ser interpretado con verdad, rigor y emoción.
En un presente cultural marcado por la inmediatez, La Porteña Tango sigue apostando por algo menos rentable pero más duradero: la memoria puesta en movimiento. Y en ese gesto —musical, escénico, casi político— reside buena parte de su vigencia.
En un tiempo cultural dominado por la velocidad, la simplificación y el consumo ligero de identidades, La Porteña Tango insiste en otra lógica: la del espesor, la escucha y el tiempo largo. Fundado en Buenos Aires en 2008, el proyecto se ha consolidado como una de las propuestas más coherentes del tango contemporáneo, no por reinventar el género, sino por tratarlo con una seriedad que hoy resulta casi subversiva.
La Porteña Tango no se presenta como reliquia ni como espectáculo turístico. Su formato instrumental —bandoneón, piano, violín, guitarra y contrabajo— remite al canon clásico, pero su manera de abordar el repertorio evita la nostalgia decorativa. Aquí el tango no se ilustra: se piensa, se respira, se ejecuta con contención y respeto estructural. Hay arreglos propios, silencios trabajados y una voluntad clara de situar la música en el terreno del concierto, no del souvenir.
Esa elección estética ha marcado su trayectoria internacional. El grupo mantiene una presencia constante en teatros y festivales de Europa y Asia —con especial arraigo en Japón— donde el tango es recibido como lenguaje artístico adulto, capaz de dialogar con la música clásica, la escena contemporánea y la danza. No es casual que muchos de sus espectáculos integren baile: no como ornamento, sino como extensión física de una música que ya contiene dramaturgia.
El impacto de La Porteña Tango no se mide en cifras virales ni en modas pasajeras. Su aportación es más silenciosa y, por eso mismo, más duradera: contribuir a sacar el tango del cliché sin vaciarlo de identidad, demostrar que tradición y contemporaneidad no son polos opuestos, y que el rigor también puede emocionar.
En una industria cultural cada vez más acelerada, La Porteña Tango sostiene una posición incómoda y necesaria: la de quienes entienden que el tango no necesita gritar para seguir vivo. Solo necesita ser tocado con verdad.









