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“Angélica Liddell y las crónicas de un espectador fugitivo”: un nuevo relato de ficción de Juan Carlos Trinchet

Juan Carlos Trinchet es la promesa literaria perenne de nuestra revista. Eso ya es un hecho. Su nueva propuesta, “Angélica Liddell y las crónicas de un espectador fugitivo”, es un relato inclasificable, brillante porque se construye sobre una honestidad abrumadora que no entiende de artificios ni de concesiones vacuas, va directo al corazón como una bala insurrecta que busca el fin de los confines. Te mata o te salva. Busca matarte con las mejores metáforas, bien hilvanadas cual balas literarias de gran valor, lacerantes, barrocas, obscenas, punkys, descaradas, enrevesadas, densas, con mucha pólvora literaria cuyo objetivo es matar tu sentido de una lectura sosegada. O lo lees o lo matas. Quieres matarlo mientras lo lees o te mata si caes en la trampa de la lectura crítica de sus relatos. La escritura de Juan se alimenta de los extremos como un asesino en serie literario que te seduce con metáforas elocuentes, justificaciones profundas, te lleva a su universo trepidante y cuando te vienes a dar cuenta, no te queda otra que seguir su ritmo, te induce, te camela, te deja sin más remedio que ver en qué acaba todo, asesinado. Trinchet es el maestro subversivo que como encantador de serpientes narrativas, te las pone en bandejas acaloradas con carbón de adjetivos venenosos y cuando te vienes a dar cuenta, ya estás sentado en su banquete destripando todos los sentidos más elocuentes de una narrativa sórdida que nada tiene que ver con él, o tienen que ver con él en todos sus extremos. Quién sabe. Juan es incisivo, conflictivo, ácido, elocuente, burdo si le conviene, violento en términos que nadie puede entender, luminoso como un sol misterioso que, o le amas o le ignoras, odiándole al atardecer. Juan es un escritor inaudito, que pocos entienden, y muchos profanan, con mucha razón, por cierto, y por eso desde Urban Beat recomendamos leer su nuevo relato para llegar a comprender este fenómeno abrupto, metafóricamente sádico, Miremos al genial escritor con la lupa del lector ingenuo y lleguemos entonces a ¡Conclusiones incorruptas!

Angélica Liddell y las crónicas de un espectador fugitivo

Ir al teatro siendo un redactor fascinado por la crítica encarnizada y deconstructiva acerca del fenómeno Liddell es una experiencia enriquecedora que nutre mis abismos creativos de nuevos universos trascendentes o también puede ser un suplicio de discordancias martirizantes cuando no te queda más remedio que quedarte atado a tu butaca porque la obra ha comenzado y tu condena es ver su feliz término. A mi madre nunca le ha parecido idóneo que trabaje en la revista Urban Beat y mi misión es, por tanto, la contracultura materna llevada a fuegos de artificio. Cumplo mi trabajo que incluye estructurar una crónica crítica de la obra de la señora Liddell: las madres siempre consideran que sus hijos pueden hacerlo mejor, no es mi caso, y si lo fuese, no me avergüenzo de ello porque el encuentro con Dios no discierne entre paternalismos, ya que a mi padre no le interesan estos temas. La mayoría de los teatros de Madrid ostentan pasillos estrechos y oscuros con butacas tan apretujadas las unas con las otras que conseguir al inicio de la obra tu puesto resulta una tarea titánica, incluso cuando hay cierta luz roja que no sé para qué sirve a no ser que sirva para iluminar mis posteriores sufrimientos a través de una crónica no anunciada. Si la posición que te han otorgado está en medio de la fila correspondiente, llegar a ella implica que tengan que levantarse todos los espectadores que te preceden, con lo engorroso que puede resultar este hecho. Si en tu fila la gente es más dinámica estás de suerte, ahora, si es una fila senior, estás perdido, por la lentitud de dicho proceso. En fin, una vez que te acomodas en tu butaca, aliviado después de tanto apretujar, te dispones entonces a ver la obra en ese minúsculo receptáculo que te han reservado. Lo de asumir que algún brazo de tu butaca te pertenece lo doy por perdido, así que junto mis manos en señal de rezo deseando que la obra me atraviese el corazón y así, tal hecho evite que me levante en pleno espectáculo y me dé a la fuga. Lo problemático de lo que planteo es que, al parecer, mi corazón sensible de espectador ingenuo se ha solidificado hasta tal punto que su cubierta de acero impide ser atravesada. Esto es una teoría que colisiona con la otra que tengo en mente, relacionada con el quehacer poco reposado, la virtud poco reconocida y el atropellamiento existencial de la mayoría de las obras teatrales que se presentan en Madrid hoy en día. Obras de teatro efectistas, aburridas, recurrentes y llenas de buenas reseñas de medios que no han podido verlas. Angélica se aleja de este ámbito, aunque lo haga de manera radical y poco solemne. Yo denoto que ella se aburre y por eso quiere dar una buena vuelta de tuerca a la creación escénica y entonces se levanta y grita a viva voz. La comprendo. No me caso con ninguna de las dos premisas porque todo el alegato que desarrollo hasta ahora parte de mi condición de ingenuo espectador, un periodista crítico encarnizado, eso sí, pero espectador, en definitiva. Ajeno a la corrupción estéril de especialistas, soy un espectador periodista descarado y como simple espectador fugitivo descarado quiero iniciar mis crónicas con Angélica Liddell. Sin interrupciones. Por tanto, os pongo en antecedentes recogiendo trozos amarillentos inconexos de noticias aparecidas en medios de comunicación digitales que han sido muy generosos con ella, la jefa:

Testimonio publicado por Stéphane Capron (fundador del sitio de información sobre artes escénicas “Sceneweb”), que presentó una demanda contra Angélica Liddell por injurias públicas vociferadas con saña en su último espectáculo Dämon. El funeral de Bergman. Esta crítica podría considerarse la punta del iceberg de toda la ira irrefrenable que Liddell acoge en su entendimiento de la libertad de expresión:

Angélica Liddell viajó a Venecia para encontrar esta historia de amor, siguiendo los pasos de la violación de Lucrecia. Ella trajo de vuelta a actores con looks magníficos. También trajo consigo un trozo de palacio veneciano que estorba y hace pesado el decorado. También se rodeó de un magnífico trío de cantantes líricos ucranianos que nos deleitaron con preciosas cantatas de Handel y Purcell. Son momentos de calma en un espectáculo donde el ruido es la piedra angular casi insoportable.

En esta pieza, Angélica Liddell evoca la fragilidad de la infancia, la fragilidad del amor. Su espectáculo es vibrante, incandescente y ensordecedor hasta el punto de provocar náuseas. Su dramaturgia se reduce a su expresión más simple. El texto es casi inexistente y las imágenes en Angélica Liddell, tan a menudo conmovedoras, no tienen mucho efecto. Aparte de la magnífica escena final del velatorio de los dos muertos que luego se despiertan, todo el espectáculo es largo, pesado e insoportable.

Los cuadros se suceden unos a otros sin provocar ninguna emoción. La locura destructiva de Lucrecia se materializa en escenas de tortura inquietante. Hace que sus actores se apoyen contra una pared en posición sentada durante largos minutos o le pide a su actriz que apriete sus pechos en todas direcciones. El público permanece estoico y sorprendentemente sabio ante estas escenas y ante la arrogancia de la directora que se emborracha bebiendo botellas de cerveza o lamiendo el sudor de sus actores. Luego suena la canción de Paul Anka “Tú eres mi destino”. Un coche baja de las moscas con un león de peluche con alas en su techo. No nos gustó nada esta historia de amor, ni tampoco la visión feminista de Angélica Liddell que surgió del plató. Lo único que podemos aconsejaros es que a finales de este año vayáis a ver a otras directoras. Está surgiendo actualmente toda una generación cuyas imágenes y pensamientos nos hablan mucho más: Vanessa Larré, Jeanne Candel, Pauline Bureau, Marielle Pinsard con discursos mucho más estructurados y reales.

02/07/2024. El Debate

Angélica Liddell, la directora antiespañola cuyas polémicas obras le han costado una denuncia por injurias

Angélica Liddell, reconocida dramaturga y directora de teatro, ha pasado a la escena pública en Francia como consecuencia de un periplo legal con el periodista Stéphane Capron. El crítico teatral denunció a la española por injurias públicas emitidas en su última obra, titulada DÄMON. El funeral de Bergman, que fue estrenada este pasado sábado en la apertura del célebre Festival de Aviñón.

Capron, que trabaja en la radio pública France Inter y es fundador del medio especializado en las artes escénicas Sceneweb, es mencionado y citado por la española en un fragmento en el que carga de manera furibunda contra varios críticos detractores, al mismo tiempo que definía como «cruel, banal e innecesario» el oficio de Capron.

A este, en concreto, le dedica insultos como «cabrón» y «mierda», calificativos que han llevado al periodista a presentar dicha denuncia, según informó este domingo el periódico Libération.

Solicitó que las injurias fueran retiradas de la obra en lo que queda de festival mientras que el Sindicato Profesional de la Crítica Dramática de Francia ha emitido también un comunicado para recalcar que, al igual que se apoya la libertad de creación, «la crítica es libre de escribir» y expresar sus puntos de vista conforme a la libertad de prensa. «Los artistas también, dentro de los límites del insulto público. Al apropiarse indebidamente del nombre de Stéphane Capron, las palabras pronunciadas por la directora atentan contra la integridad moral de nuestro colega», señala el texto.

Lejos de mostrar una ligera autocrítica, Liddell se reafirmó en su opinión sobre los críticos en una charla pública ofrecida en la sede del festival y aseguró que, como ya hizo Bergman, le «encantaría darle un puñetazo» a alguno, aunque no lo hace porque la denunciarían. Estas polémicas declaraciones llegaban después de presentar anoche su obra con ovación en el imponente escenario del Patio de Honor del Palacio Papal de Aviñón.

«El arte es cosa de los artistas», argumentó, antes de asegurar que la crítica es «dañina» para la creación porque muchas veces se une «a lo más rancio del pensamiento» para penalizar ciertos discursos estéticos. «Por supuesto, las buenas críticas serán bien recibidas», bromeó al final, desatando risas entre el público.

Durante su larga trayectoria, la directora española siempre ha estado envuelta en distintas polémicas, siempre compartidas en las distintas entrevistas que ha concedido o a través de sus obras.

En una entrevista concedida a finales de 2023 a La Razón, la artista catalana argumentaba que «ser español es una desgracia» en un fragmento de la entrevista.

De igual manera, la de Figueres nunca se ha posicionado con los valores del feminismo más radical. De hecho, en 2019, a través de la polémica obra The Scarlet Letter –estrenada en aquel año– Liddell exponía esta obra inspirada en la obra cumbre de Nathaniel Hawthorne, del «nuevo puritanismo» que se ha adueñado del feminismo más radical.

Por Simon Pierre: “Nos trataba como perros en el Festival de Aviñón”: Armelle Héliot responde a los insultos de Angélica Liddell

Durante la inauguración en el patio principal, la artista española expresó su odio hacia los críticos teatrales. Exredactora jefa del departamento cultural del diario Le Figaro, Armelle Héliot “asume” plenamente sus escritos. Pero le preocupa un mundo donde no pueda existir contradicción. Primera noche en el Festival de Aviñón y primer escándalo. En Dämon, El funeral de Bergman, que se estrenó el sábado por la noche en el patio principal del Palacio de los Papas, Angélica Liddell sorprendió a parte del público al recitar pasajes de artículos poco elogiosos sobre su última obra y nombrar directamente a los periodistas que escribieron los textos. Algunos estaban presentes entre los 2.000 espectadores. La periodista y crítica teatral Armelle Héliot afirma no haberse sentido “conmocionada” por los insultos dirigidos contra ella, sino más bien por los dirigidos contra sus colegas. A Stéphane Capron lo trataron “como a un perro”, afirma. Es una pena que mis padres estén muertos; habrían sido felices de ver el nombre de su única hija proyectado en la pared del Palacio Papal de Aviñón. Para un honor, es un honor. “Gracias, señora”, escribió la periodista el domingo 30 de junio en su blog, Le journal d’Armelle Héliot. “Debo decir que no me hizo daño”, añadió al día siguiente en el programa “Le Son d’Aviñón” de France Culture. El exredactor jefe de la sección “Cultura” de Le Figaro sigue desde hace varias décadas la obra del director e intérprete español. El sábado, durante la inauguración del Festival de Aviñón, estuvo presente en el patio principal del Palacio de los Papas para ver la última obra de Angélica Liddell, Dämon, El funeral de Bergman. En una performance llena de provocaciones, la artista española proclamó abiertamente que “los críticos son ‘gilipollas’”, continuó. “Lo que me molestó fue que usara un extracto de un artículo que escribí hace mucho tiempo, en el que sentí que, tras haber sido arrastrada por las instituciones europeas, la estaban comisionando para actuar y que ya no tenía la energía para ofrecer espectáculos potentes”, explicó a France Culture. Antes de confirmar: “Hubo días en los que no tenía nada que decir, lo acepto”. Angélica Liddell también atacó a los periodistas Philippe Lançon —lo que no es nada glorioso—, Hadrien Volle, Fabienne Darge y Stéphane Capron. Este último, Stéphane Capron, responsable de la sección de espectáculos en vivo en France Inter y fundador del sitio de información cultural Sceneweb, presentó una denuncia por insultos públicos. “Estas son personas que hacen su trabajo”, dice. Stéphane Capron está presente en todos los frentes, todo el año, y ha seguido con cariño todo el trabajo de Angélica Liddell. Ella lo trata como a un perro. Se burla de su nombre, que tiene un significado negativo en español. El domingo, el director del festival, Tiago Rodrigues, declaró a la AFP que “los comentarios hechos en el escenario en el marco de un proyecto artístico no pueden considerarse una posición del festival”. Recordó que este último “defiende la libertad de creación, la libertad de expresión y la libertad de prensa” y “no tiene derecho a interferir en la integridad de las obras presentadas”. Todos somos unos imbéciles, ¿por qué no?”, concluye Armelle Héliot. Pero pedir un mundo donde ya no haya ninguna contradicción posible, creo que eso es un mundo de dictadura”.

2024-06-30 — Le Journal d’ Armelle Héliot

Liddell: Angélica de dolores y sueños oscuros

En el Cloître des Carmes, una vez más esta tarde, La casa de la fuerza de la española Angélica Liddell. Cinco horas y media de originalidad tan conmovedora como inquietante. Un acontecimiento para comentar sin cesar… Lo cierto es que es imposible circunscribir este momento terrible y desgarrador, este largo momento de más de cinco horas del que no se sale mientras uno se haya dejado llevar por su fuerza y la de su instigadora, una manipuladora soberana que arrastra a otras dos mujeres al agotamiento de cuerpos y almas que nunca la abandonan, luego, al inicio de la tercera parte, tarde en la noche, otras tres que las toman de la mano al final de lo que se puede llamar el “segundo movimiento” y cierra en una escena paroxística de transbordo de tierra negra, pedregosa y brillante en la noche como mica, a paladas furiosas, las tres mujeres (Parques y hermanas chejovianas al mismo tiempo, Erinias, jóvenes lastimadas por el mundo, como en la frontera mexicana y Ciudad Juárez, adonde te llevan paso a paso)

Sus nombres son Cynthia Aguirre, Perla Bonilla, Getsemani de San Marcos, Lola Jiménez, María Morales, María Sánchez. Las figuras de los hombres aquí son literalmente fabulosas: dulzura infinita de Pau de Nut, chelo y voz de esencia celestial, Juan Carlos Heredia, gigante infantil y tierno que emerge al final mismo de este viaje de dolor, de sueños oscuros, cruce de realidades, este malestar profundo del artista que conduce esta ronda singular y frenética, iluminada por las apariciones de una orquesta de mariachis, la orquesta Solís.

Angélica Liddell es una intelectual, una artista sensible, una muchacha de nervios a flor de piel, una mujer escandalosa, una provocadora, pero hay en ella la misma inocencia que la aparición del niño gordo del epílogo: parte de sensaciones concretas, de descubrimientos que tienen apariencia de evidencia. Así, La casa de la fuerza es una “pieza” en sentido plástico, coreográfico, dramático, físico, que parte de una caída de tensión: el día de su cumpleaños, en 2008 -nació en 1966- se siente mal, enferma, tiene la sensación de haber perdido todo lo que amaba, había amado. Ella ya no leía, ya no escribía. Pero ese día, se unió a un club deportivo y descubrió que agotando el cuerpo, a veces se limpiaba, si no el alma, al menos se calmaban los nervios, las neuronas, al menos se alejaban los sueños plomizos, todo lo que desgarra el corazón, el alma, los pensamientos, las ganas de vivir…

La generosidad de Angélica Liddell

Es una pena que mis padres hayan muerto, les habría encantado ver el nombre de su única hija proyectado en la pared del Palacio de los Papas en Aviñón. Para un honor, es un honor. Gracias, señora. ¿Cómo hablar de una producción artística que te pone inmediatamente en la picota? ¿Y en grande? La señora Angélica Liddell ha elegido a un puñado de periodistas que la han seguido fielmente desde sus primeras apariciones en Francia para proclamar en voz alta que los críticos son “imbéciles”. Desde mí misma, Armelle Héliot (¿cómo no nombrarme?) hasta Philippe Lançon, pasando por Stéphane Capron, Hadrien Volle, Fabienne Darge, el artista se desata contra aquellos que siguen su obra, sus creaciones y son los canales de sus exposiciones. Quienes, pueden afirmar lo contrario, han ampliado el círculo de su público, le han dado importancia a la artista que es. Seamos egoístas y digamos “yo”: empiezo conmigo, con un artículo en el que explicaba que el mundo de las instituciones europeas y más allá se había fascinado con su personalidad poderosa y ruda y seguía encargándole nuevos programas, lo que dio como resultado producciones en las que ella no tenía nada que decir que surgiera de lo más profundo de su ser. Escribí que los productores deberían estar allí para “proteger a los artistas”. Y no explotarlos. El nombre de cada uno aparece en letras gigantes en la fachada del Palacio de los Papas. Al firmar extractos de los artículos. Lástima que mis padres hayan muerto: “Mamá, papá, papá, mamá, tengo mi nombre en el Palacio del Papa”. No se habrían sentido poco orgullosos. Angélica Liddell ataca a las personas que, a través de su trabajo, hacen más por ampliar las audiencias del teatro y el arte que muchas máquinas promocionales. Hadrien Volle vive y trabaja desde hace mucho tiempo al otro lado del Atlántico. Fabienne Darge, en Le Monde, retransmitió las diferentes creaciones de Angélica Liddell con notable sinceridad y coherencia. Philippe Lançon, que ama el teatro tanto como las bellas artes y la literatura, es una personalidad excepcional. Pero a la señora Liddell no le interesan los demás. En este caso, ella sólo se interesa primero por sí misma. Ataca con particular saña a Stéphane Capron, periodista de France Inter, fundador de un sitio muy fértil, siempre en movimiento, trabajando sin descanso. Él siempre siguió a Angélica Liddell. Ella ataca su nombre, se burla y hace una mueca de desprecio mundano y desagradable. Son lamentables las risas y las sonrisas del pequeño mundo de esta cultura que tiene aquí sus cuarteles de verano. El Sindicato de Críticos reaccionó esta tarde para explicar la situación y defender el honor de uno de los suyos. En Dämon, su espectáculo presentado en la Cour d’honneur, Angélica Liddell ataca violentamente a los críticos, citando a algunos de nuestros colegas. Así como apoyamos la libertad de creación, apoyamos la libertad de prensa. En nuestro país la crítica todavía es libre de escribir y expresar un punto de vista. También los artistas, dentro de los límites del insulto público. Al utilizar incorrectamente el nombre de Stéphane Capron, las palabras pronunciadas por el director atentan contra la integridad moral de nuestro colega. Nos gustaría expresarle nuestra solidaridad. » Aviñón, 30 de junio de 2024. Hagámosle saber a Stéphane Capron que sus compañeros no lo abandonarán y que sería legítimo que presentara una queja. Angélica Liddell lo volvió a hacer esta misma mañana durante la rueda de prensa. Ella persiste y firma: la crítica dramática es el viejo mundo. Tiene razón: en todas partes estamos abriendo la puerta a sociedades en las que no hay oponentes. Esto se llama dictadura. Y llega, querida Angélica.

10 feb 2024. El Salto

“Tampoco Angélica Liddell es un bicho que te salta a la yugular si te la cruzas por la calle, desde luego, pero su naturaleza huidiza y antisocial provoca que creamos que ella es su transustanciación escénica, atizada por el dolor de una herida que tiene prácticamente desde que nació”

Atrabiliaria Angélica en busca de su desaparición

Angélica Liddell rara vez concede entrevistas. No siempre fue así. Yo mismo le hice un par de entrevistas hace años. Su fobia social ha ido en aumento y los periodistas lo tenemos crudo con ella. De hecho, este artículo es un plan B, dado que no hemos conseguido la entrevista que queríamos. Es una pena, porque escuchar a Angélica Liddell directamente es un placer intelectual y porque nadie habla de su trabajo mejor que ella misma, pero es una decisión muy respetable, por supuesto. Desde su espantá particular en 2014, cuando decidió que ya no actuaría más en escenarios españoles, cuyos promotores la ignoraban mientras en Europa se la rifaban, conseguir acceder a su aura no está en manos de cualquiera.

Tras cuatro años de autoexilio volvió a actuar en nuestros teatros, pero su figura se ha ido envolviendo en una suerte de misterio, de malditismo, a medida que ganaba una cierta popularidad entre los culturetas que trascendía el endogámico mundillo teatral. Esta circunstancia, junto a su propio don para generar belleza con la palabra y con la imagen y para subvertir todo límite político o moral —si es que en la escena rigen los mismos límites que en la vida real, que no—, la han convertido en una artista inalcanzable. Se ha ido construyendo un mito pop a su pesar, sobre todo después de que Rosalía haya dejado —casualmente, se supone— libros de la Liddell a la vista en sus posts de Instagram. Nada más lejos del espíritu anacoreta de Angélica, aunque habiéndola visto entregarse al éxtasis de la alegría bailando y cantando por Camela al final de sus obras, lo mismo en la soledad de sus habitaciones (de casa o de hotel) ha reído y hasta disfrutado con el guiño de la motomami.

Tampoco Angélica Liddell es un bicho que te salta a la yugular si te la cruzas por la calle, desde luego, pero su naturaleza huidiza y antisocial provoca que creamos que ella es su transustanciación escénica, atizada por el dolor de una herida que tiene prácticamente desde que nació. Detrás de esa ira que sublima para no hacer daño, ni a ella ni a otros, hay un ser frágil que se refugia en el lenguaje, en el arte, en el cine, en la música, un animal herido que desconfía de casi todo el mundo y que no solo no concede entrevistas sino que no participa del circo mediático ni de las personas y costumbres que rodean a ese mundo del teatro que detesta, como tantas veces ha manifestado.

“El teatro lo siento como un cuerpo al que no pertenezco, no me identifico con el mundo del teatro”. Esto lo dijo en una entrevista que hizo para el canal de YouTube del festival Temporada Alta de Girona, coproductor de su último montaje, el año pasado. Su interlocutor era el crítico teatral y periodista francés René Solis. En esa conversación, Liddell habla de que está trabajando en su desaparición, en la desaparición de su cuerpo del escenario, en un viaje hacia el silencio. Quizás Vudú (3318) Blixen, la obra que presenta ahora en Madrid, sea la última estación antes de llegar a ese destino. No en vano, la obra pone en escena, entre otras cosas, su propio funeral. Un rito al que solo están “invitadas” 500 personas, las que entran en las dos únicas funciones que ofrece en el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque hoy, 10 de febrero, y mañana, 11. Las entradas volaron hace meses y a juzgar por las expectativas y las crónicas que llegaron de su estreno en Temporada Alta el pasado mes de noviembre, no se entiende por qué la pieza no está programada, al menos, una semana. ¿Empeño de la artista? ¿Caché inasumible por la institución? Chi lo sa?

Estos ejemplos son entresacados, pueden inducir en cualquier lector ingenuo una aversión enfermiza por parte del narrador omnipresente, por tanto os presento lo que se ha dicho de bueno de la obra Liddell en la prensa, pero en el último momento me retracto porque está a golpe de clic, tampoco voy a engordar más mi relato con lo que dicen otros. Sería descarado. Hay ciertos límites. Google sigue existiendo. Si queréis consultar los pocos vasallos que hablan bien de Liddell, id a Google. Mientras tanto os paso este relato de autoficción, el personaje de Angélica se nutre de la ficción más absoluta, si bien es cierto que hay un uso y abuso del fenómeno Liddell, es solo un pretexto para exponer problemáticas de la cultura contemporánea en un marco muy serio de libertad de expresión. Liddell ha sido incisiva y ha justificado sus desvaríos vistiéndolos de hecho escénico; por tanto nosotros también podemos convertirlo todo en una vuelta de tuerca literaria. Todo lo que viene ahora es inventado al milímetro. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Este hecho que debe quedar muy diáfano bajo todas las circunstancias no debería ser demandado.

Revista Urban Beat (hora actual y hechos ficticios):

Angélica Liddell, amante según su numerología siniestra del 5, se ha convertido con valor en el alfa y omega del lenguaje teatral disruptivo, pleno de metáforas transgresoras que cortan el aliento del espectador con montajes soberbios donde cualquier cosa es posible dada su imposibilidad intrínseca de habitar espacios demasiado oscuros. Angélica posee una capacidad inaudita de hilvanar monólogos electrizantes con una expresión corporal de esquizofrenia teatral que estremece, desafía, coacciona, deslumbra e incluso sobrecoge por un dolor sangrante y oscuro que se te filtra tan dentro que podría pasarte como a mí cuando soporté estoicamente las seis horas de su espectáculo Vudú: (3318) Blixen en los Teatros del Canal de Madrid. Os podéis imaginar seis horas con Angélica Liddell repasando los entresijos de noticias siniestras sobre muertes reales, desollando conejos muertos, desplumando aves malditas, mirándote fijamente como si te odiase… vertiendo en el escenario sangre, bilis espesa diluida en verborrea siniestra, y aguas sucias de alcantarilla reluciente por una dramaturgia resumida a la mínima expresión. Incluso, al final, un cuervo de muerte adiestrada le sobrevuela y ella, pletórica en su circo manido barbudo pegajoso y avícola, no se detiene, te lleva al paroxismo de su mundo interior diseccionado, al más sofisticado estilo gore emocional, ante la mirada atónita de sus fieles espectadores. Mi fascinación patológica por Liddell fue in crescendo hasta encontrarme apretujado en la siguiente butaca privilegiada que asumí con entusiasmo en su posterior espectáculo: Dämon. El funeral de Bergman. Según la valiente autora asidua al Festival de Aviñón donde disfruta de una idolatría sin fisuras, exceptuando la crítica basada en la libertad de expresión guiada por la legalidad, es muy fácil convertirse en el monstruo de las cien cabezas y luego enarbolar en el escenario una cierta convicción de que no hay vuelta atrás, para Angélica, el abismo no se discute, uno se lanza: “lánzate y luego mira en qué abismo has caído aprovechando las pocas potencialidades que tienes reconocidas; primero tu fortaleza, luego el sinfín de abismos donde caes en sus disímiles circunstancias. Liddell ha hecho de esta premisa un mantra porque: mejor que hablen mal, que a que no hablen. Angélica hoy en día es presa fácil de grandes intelectuales honestos especializados en el arte y la cultura, hartos de su transgresión efímera y fundamentalista dado que es todo muy onírico y descartable acerca de un planteamiento escénico tiránico, agrio, sin asideros. Todo esto sustentado con generosidad, teniendo en cuenta a mejores dramaturgas con menos ínfulas y mayor ego olvidado que demuestran estados apocalípticos menos evidentes ajenos a un amarillismo a precio de saldo. Dämon. El funeral de Bergman se nutre parasitariamente de cierta inspiración que un determinado artista sueco pensó para su propio funeral y Angélica entonces, usa tal pretexto para montar su propio show henchido de su auto-idolatría y de paso acorralar a sus supuestos enemigos mediáticos, es un juego de niños. Los pobres, lo único que han hecho es desplegar sus derechos de libertad de expresión. Pero claro, Angélica es mucha Angélica y en el espectáculo se da el auto-privilegio de transgredir todas las obscenidades artísticas apareciendo con insultos groseros de ignorante bienvenida, con una jarra blanca, una palangana mediocre y sus ganas de dar otra vuelta de tuerca a todo su discurso manido de pobre mujer sufriente que le toma el pelo a culturetas de izquierda y decapita con sorna a los espectadores críticos de derechas maniqueístas. Es su típico larguísimo monólogo chirriante donde arremete contra varios medios de comunicación que visto lo visto, no le caen bien, enseñando y golpeando su trasero canino, de espaldas al escenario, gritando como una loca a merced de una gran pantalla LED para finalmente, acabar descuartizando a todo Dios periodista proyectado. Conclusión: no es menester hacer más largo el cuento, lo que sí es menester es describir cómo Liddell, en pleno escenario, se lava el coño con el agua de su jarra recogida por su palangana. Todo microfonado. Retumbaba en todo el teatro el ir y venir del agua que chapoteaba con entusiasmo en las cavidades vaginales de la artista indisciplinada. Sí, sí, la mujer dejó correr agua por su coño, labios mayores incluidos, se lo lavó y recolectó dicho fluido en una palangana. Esa agua bendita era crucial para el desarrollo de su obra porque ni corta ni perezosa empezó a rociar desde su acetre particular a todos los espectadores de la primera fila, sin ser consciente de posibles enfermedades venéreas que, dado el supuesto caso, creasen una epidemia. Angélica es así. ÚNICA. Para mí fue una suerte verla de lejos. No me sentiría pletórico en el caso de haber sido rociado con las aguas clitóricas nausebundas de la Liddell por mucho que ella insista en el carácter lúcido-creativo-transgresor de tal hecho. Sobrepasa mis límites como ingenuo espectador de un talento inconmensurable como el de ella. Tanta performance sucia y tanta transgresión efímera de circo de feria acarrea miradas curiosas como mínimo, aunque reconozco que su valor está en llamar la atención a cualquier precio: ya sea desollando conejos y aves de corral, mostrando sangre, poniendo enanos en el escenario o desnudando a todo su séquito de pobres actores que lucen como acartonados personajes sin vida en sillas de ruedas. Liddell es la típica, deliciosa y perfecta impostora de su propio aquelarre inconexo. Eso la hace grande. Lo digo ajeno a la ironía, Angélica es la ultra, la trágica, la soberbia que nutre los extremos estoicos de la cultura contemporánea. Angélica se cree en la cumbre del entendimiento de un lenguaje teatral sórdido, hecho a medida de una ególatra intelectual, modesta en el fondo y soberbia en las formas. Liddell presume de ser lo más revolucionario del mundo escénico cuando lo único que hace es perpetuar una realidad de mujer que se amordaza a sí misma. Es un maniqueísmo manierista encapsulado que Angélica vende en el escenario a precio de saldo. Eso sí, te da a elegir entre píldoras rojas y azules. Angélica me conoció un día de agosto en una rueda de prensa en la cual no aceptó mis preguntas. Me miró de soslayo y dejó claro que no nos daría una entrevista. Angélica acepta las entrevistas que ella considera efectivas. Ella es pródiga en el escenario pero escueta con los medios. Es una figura cuya peculiaridad radica en su excentricidad de no reconocer que es una estrella. La veracidad de sus obras así lo corrobora. Somos pocos los afortunados que podemos vivir de manera mística la presencia de Angélica en un photocall. Angélica es un monstruo olvidado que pretende subir al escenario su propuesta grotescamente naíf, bastarda y cercana a un paroxismo endeble de mucho artificio melodramático de papel cartón, dada la época en la cual desarrolla todo el proceso. Es cierto y es menester decir que Angélica es elocuente, pero dado el grado superlativo de su elocuencia es preferible que se quede callada, inmóvil, es bastante con verla, intentando ser ella misma, es tanto su ruido que, tener su silencio existencial es en última instancia, un privilegio. Pobre artista.

Ella está en la cúspide y es mejor primero llegar a su trono a rastras que sufrir sus embates desde abajo amordazado con su talento ácido y corrupto. Entonces sobrevino mi pretexto perfecto: no podía aguantar las ganas de hacer pis, no sé si fue subliminal, o inducido, pero os aseguro que si no me levantaba de mi butaca, con el consiguiente levantamiento de los siete puestos anteriores y la bajada de las escaleras pasando frente al escenario, me habría meado encima. Me quedé sin alternativas. Salí de mi fila entre piernas, abrigos, bolsas, miradas obtusas, cayéndome a cada paso, poniendo cara de que no pasaba nada y di de bruces con una acomodadora madrileña que me preguntó entre susurros inquietantes a dónde iba. Al no encontrar respuesta coherente me indicó la salida no sin antes dejarme clara su contrariedad, acompasada con la contrariedad de los espectadores cercanos, que jaleaban con pasión desde sus minúsculos habitáculos, a la Liddell porque ellos no estaban dispuestos a asumir interrupción alguna, bajo ninguna circunstancia cercana al sentido común. Con tan mala suerte que elegí por error la salida de emergencia más cercana al escenario. Todo el mundo tuvo clara mi huida porque mi trayectoria de escape incluía los focos cercanos al espectáculo. Traspasé dos puertas y salí meándome encima, del recinto, desorientado y con un hilillo de pis caliente delicioso recorriendo mis piernas. Por suerte había un olivo inesperado que supo del placer que implica vaciar mi vejiga machista cuando su punto de no retorno es eclosionar en sí misma mientras se escucha de lejos, la vociferante Liddell en pleno orgásmico encuentro con ella misma. Una vez aliviado, hice todo lo posible por no volver, y entonces con cierta gallardía asumí mi papel de espectador fugitivo.

Ser un espectador fugitivo tuvo sus consecuencias. Mi gallardía tuvo notables represalias que relato, a toro pasado, a continuación, y muy a mi pesar. Una vez resuelta mi micción en el olivo de turno fui conducido con esmero por extraños esbirros sonrientes hasta los camerinos de Angélica. Una vez allí, se me permitió responder a tres preguntas por parte de la jefa:

—¿Qué sabe usted del arte?

—¿Quién se ha creído usted que es para levantarse de manera impropia de mi espectáculo y de paso mear con sorna en el espacio público?

—¿Necesita una abogada?

Estaba muy nervioso y vomité tres veces en una palangana provista para tal propósito, la única que tenían (la misma de las aguas vaginales de la obra teatral antes descrita). Mi abogada nunca llegó porque me había bloqueado en WhatsApp por ser impertinente en relación a una sociedad conjunta mal resuelta. Una sociedad llena de pérdidas. Es un tema que no viene a cuento pero dada las circunstancias lo reseño, porque de cierta manera sí que viene a cuento. Angélica me miraba como cuando se mira a un ser humano del cual dudas, llena de regocijo me exhortó a que respondiese, so pena de posibles disyuntivas que no quiero describir por ahora. Así que respondí a las tres preguntas. ¿Qué más podría haber hecho? Las alternativas eran pocas, viendo en qué mala hora abandoné el espectáculo sin considerar los vericuetos existenciales de tal hecho, todo por miccionar; en qué buena hora decidí vaciar mi vejiga. Por tanto, alcé mi mejor mirada perdida y con un hilo de voz respondí:

—No sé qué es el arte y en caso de que lo supiese diría que Angélica es una impostora, alocada, llena de excentricidades que nadie entiende. Lo poco que sé del arte no entronca con la bazofia escénica de usted, señora. Bueno, la entienden en Aviñón, pobres catedráticos abducidos. ¿Por qué no se bebe de golpe el agua de su propio coño recién lavado en lugar de rociar a gente ajena a sus elucubraciones teatrales?

—Me levanté porque no quería mearme encima, ni mear a toda esa horda de pánfilos que idolatran a una descarada con ínfulas de artista transgresora. Dios me libre de ver de cerca su vagina, mucho menos sus aguas albañales, preferiría cortarla con las mismas cuchillas que cortan en Kenia las madres expertas en la ablación, los clítoris de sus hijas. Su montaje es pretensioso, sin alma, nutrido de un sensacionalismo efímero y amarillista de poca monta.

—Mi abogada está en camino.

Los esbirros de Liddell, a través de una puerta secreta, me metieron en el baño de mujeres del teatro y me colocaron, amordazado, esposado y desnudo, en la última de las cabinas. Fueron recolectando todos los fluidos recientes de los váteres de las cabinas anteriores y me obligaron a beberlos abriendo un pequeño agujero con una cuchilla afilada en la mordaza que no obviaron ponerme; cuyo propósito de paso, también era amenazarme de muerte. Incluso llegó una delgada señorita rubita quinceañera de origen sudafricano fanática de Angélica cuyo primer período coincidía con la obra de Liddell, llevaba unos zapatos rojos de tacón bajo, un vestido corto con motivos florales verdosos y unas bragas minúsculas color carne que no se había cambiado hacía días. Sus coágulos fueron recolectados concienzudamente y me fueron embutidos uno por uno, sin compasión, por el pequeñísimo agujero de la mordaza. Tragué a duras penas los trozos, a fuerza de golpes. Los fluidos sanguinolentos se desplazaban desde la garganta al estómago y desde el estómago a la garganta, donde mezclados con los jugos gástricos se paseaban de vuelta por mis encías y salían sin poder salir entre arcadas, por estar amordazado con un pequeño agujero, libres en ese pobre agujero. Aprisionados en ese pobre agujero.

Las respuestas que di casi me cuestan la vida. Liddell sabía que yo era homosexual, tenía muy claras las 25 críticas destructivas sobre su obra publicadas en mi revista, estaba harta, y supo rentabilizar muy bien, todos esos hechos. En 50 funciones nadie se había atrevido a levantarse en plena obra. Yo fui el primero. Lo pagué muy caro. Me sacaron del baño de mujeres, me partieron cinco costillas y me pusieron una peluca rojiza. Entré a la fuerza en un ascensor de empleados poco concurrido que llevaba a un sótano del Teatro donde había un Mercedes aparcado. Las luces intermitentes me permitieron ver a la acomodadora madrileña de antes que me miraba con una condescendencia inaudita. Me dijo:

—Ponga de su parte, caballero o pondremos nosotros de la nuestra, elija usted.

Me golpearon por todas partes, me arrancaron todas las uñas de los pies bajo el efecto de potentes anestésicos puestos en vena para que no gritara, de cinco en cinco, pie por pie, y luego perdí cinco dientes sanos de raíz sin mascullar gracias a parches de fentanilo y slams de heroína muy mal puestos en cinco venas distintas (porque no había forma de coger una vía precisa) que incluían venas aleatorias de brazos, piernas y venas yugulares, todo gracias a la poca habilidad flebotómica de la acomodadora madrileña de antes. Mi ano se desgarró con cinco calabacines gigantescos comprados en un Carrefour cercano, berenjenas hermosas traídas de Andalucía, y, no contentos del todo, me introdujeron por el orificio anal latas de Coca-Cola Zero que, entre risas, dejaron dentro; todo, bañado con litros de un lubricante de uso veterinario de la marca J-Lube. Todo este proceso se desarrolló durante 15 horas y 25 minutos después de que terminara el hecho teatral, sin que nadie pudiese evitarlo. Angélica utilizó de una manera específica su cesta de la compra cotidiana para torturarme. Sin compasión. En lugar de romperse la cabeza con torturas sofisticadas, fue lista, y fue sacando las hortalizas y refrescos de las bolsas para darles un destino más idóneo.

Los esbirros policiales de Liddell me metieron en el maletero del Mercedes junto a la compra restante del supermercado que Angélica había encargado con gran afán: dos latas de paté francés chorreando aceite por estar muy mal abiertas, que mancillaban un libro de William Burroughs deshojado con restos de semen fresco, dos gallinas moribundas atadas al cuello con sogas de cáñamo, y empaladas a lo bestia para sacarles el último huevo que no acababa de salir; también había un conejo al que le habían cortado recién los testículos y estaba desangrándose en un charco sanguinolento que lo inundaba todo. Por cierto, un cuervo al que le habían atado, al parecer, durante horas las alas y las patas con cuerdas de acero oxidado y por fuerza mayor, bebía ingenuo la sangre que emanaba del conejo, en forma de coágulos. Pobre cuervo, muerto de sed… era un ecosistema sórdido en un pequeño maletero. Y yo estaba hecho añicos hasta que mordí y mastiqué entre vómitos todas las cucarachas, la sarna y las chinches que venían como hordas a intentar mancillarme en ese maletero del infierno. Ese era el maletero del infierno de Liddell. Hecho a su medida. Absortos en su devenir voluptuoso, los esbirros dieron cinco vueltas a la manzana, compraron 5 hamburguesas sin cebolla en un McDonald’s cercano, estilo Big Mac, sin pepinillo porque así conseguían hamburguesas más frescas, dos extras de patatas fritas con salsa tártara y para terminar, 2 Apple Pie con extra de canela y mucha Coca-Cola Zero, presente. Luego, de tanto beber, miccionaron sobre los entresijos del maletero. Sin lugar a dudas, fue una parada siniestra e innecesaria ver caer la lluvia de pis sobre nuestras cabezas de pobres animales. Y cuando se aburrieron, me dejaron tirado delante de la puerta de urgencias del Hospital San Carlos de Madrid, entre risas. Y se fueron, dejándome inconsciente, desnudo, cubierto de cucarachas y carcomido por innumerables parásitos acechantes que me succionaban la sangre y el espíritu, sin que yo pudiese hacer nada. Cuando reaccioné y pude entender a duras penas qué podía haber pasado, habían transcurrido 45 días en coma con los brazos, llenos de suculentos hematomas y solo, muy solo, porque nadie confiaba en que yo, siendo un redactor descarado, no me hubiese buscado o merecido todo aquello. Mi madre cuando apareció certificó mi procedencia como quien certifica que ha visto un insecto, y se fue de compras a la farmacia en busca de medicaciones para solventar su colesterol, que, por casualidades de la vida, estaba fuera de sí. Ambas, entablaron una relación inaudita porque entendían cuál era mi merecido. Dos mujeres dispuestas a comprender cuál era mi razón de ser. Ser homosexual fue siempre para mi madre algo que se debía resolver de manera inmediata y radical. Ella quería nietos, yo no iba a dárselos, por tanto, era un camino sinfínes. Para bien o para mal, ambas se hicieron amigas. Mi madre sentía en carne propia lo que sentía Liddell. No entendía nada de su propuesta, dado que en cuestiones teatrales, era iletrada pero el show esquizofrénico, la puesta en escena sangrante, la vocación desmesurada de Liddell, la sedujo hasta límites insospechados. Era su villana sádica predilecta de su propia telenovela supurante. Se vistió de valor y se vengó de paso, del odio que su hijo siempre le había lanzado cual bilis densa, amarillenta y ponzoñosa, injustificada y volcánica. El día que Liddell y mi madre se conocieron fue un momento para enmarcar porque las coincidencias existenciales fueron demasiado congruentes. Mi madre, la primera vez que supo de las redes sociales fue cuando posó con un libro de Liddell, recién firmado por la autora. Angélica era para mi progenitora, un ídolo, un encuentro con Dios y verse abocada a su fanatismo, gracias a mí, la llenó de un júbilo inconmensurable porque de cierta manera le hizo olvidar que yo nunca le daría nietos. La mujer que me trajo al mundo, en muchas ocasiones dejó de comer por pagar su entrada en todos los espectáculos de Liddell. Se peleaba con todos los seres descarados que imploraban un ticket al que no aspiraban, en las interminables filas de disímiles teatros de cambiantes geografías. Llegó a pegarles a dos o tres con su bolso henchido de piedras, cuando ocupaban su asiento por error. La mujer primordial de la que hablo, estaba en primera fila, el día que yo me meaba encima, el día funesto que relato a duras penas, a toro pasado. Ella no solo tenía libros de Angélica en su mesita de noche, como Rosalía, qué va, iba más allá y se vestía como ella, leía sus letanías y se desnudaba y se masturbaba con descaro delante de su marido, el pobre no entendía nada. Son célebres sus publicaciones en Instagram, donde describe con lujo de detalles cómo descuartizar un conejo para hacer un guiso, quitarle las plumas a una gallina muerta sumergida en agua hirviendo, o la joya de la corona que obtuvo 200.000 visualizaciones: se le veía a ella vestida de Liddell defecando en una palangana y, acto seguido, plasmar en un lienzo con las heces propuestas, un cuadro que subastó por 5.000 euros entre sus seguidores. Paso de darle más protagonismo a esa mujer; solo pongo en antecedentes al lector, porque, en el fondo, mi madre, es lo único que tengo.

Con cierto sonrojo justificado por la excelencia de un talento inconmensurable y rebelde, mi madre pelirroja y de tez morena, la imitaba, la idolatraba e incluso consiguió un primer encuentro en los Teatros del Canal con Angélica después de mucho luchar y comprar todo tipo de influencias. Justo antes de la representación de Dämon. El funeral de Bergman, donde yo estaría presente, estuvieron en el camerino ambas mujeres, en silencio, antes de empezar el espectáculo, ambas conectaron, se abrazaron, meditaron, se secaron las lágrimas, el incienso lo inundaba todo a sabiendas de que yo podría aparecer y joderles todo el circo. Mi madre se sentó en primera fila como invitada de honor, vestida para la ocasión con uno de los trajes originales que Liddell le había prestado del espectáculo Vudú: (3318) Blixen, ella, allí, llena de regocijo, perfumada con una esencia de acacia, al lado de una señorita rubia quinceañera de origen sudafricano que hablaba un castellano precario pero suficiente para que intercambiaran teléfonos y para solucionar el escarnio que yo, según ellas, había provocado, la acomodadora servía para todo y encima era íntima amiga de mi madre, y me vieron pasar, las tres, autoinmunes ante mi posterior decadencia, mientras el odio y el rencor se desparramaban de sus fauces de espectadoras fanáticas, mojándolo todo y diseccionaron obviamente, con saña, toda mi maniobra torpe, os recupero el fragmento: quedarme sin alternativas. Salir de mi fila entre piernas, abrigos, bolsas, miradas obtusas, cayéndome a cada paso, poniendo cara de que no pasaba nada y dar de bruces con una acomodadora madrileña que me preguntó entre susurros inquietantes a dónde iba. Al no encontrar respuesta coherente me indicó la salida no sin antes dejarme clara su contrariedad, acompasada con la contrariedad de los espectadores cercanos, que jaleaban con pasión desde sus minúsculos habitáculos, a la Liddell porque ellos no estaban dispuestos a asumir interrupción alguna, bajo ninguna circunstancia cercana al sentido común. Con tan mala suerte que elegí por error la salida de emergencia más cercana al escenario. Todo el mundo tuvo clara mi huida porque mi trayectoria de escape incluía los focos cercanos al espectáculo. Traspasé dos puertas y salí meándome encima, del recinto, desorientado y con un hilillo de pis caliente delicioso recorriendo mis piernas. Por suerte había un olivo inesperado que supo del placer que implica vaciar mi vejiga machista cuando su punto de no retorno es eclosionar en sí misma mientras se escucha de lejos, la vociferante Liddell en pleno orgásmico encuentro con ella misma. Una vez aliviado, hice todo lo posible por no volver, y entonces con cierta gallardía asumí mi papel de espectador fugitivo. Mi madre tomó el toro por los cuernos y, justo después de acabar el espectáculo, ella y la acomodadora decidieron cortar por lo sano.

La policía de Liddell vino a verme el día de mi supuesta alta hospitalaria, porque dado mi estado vegetativo, fue imposible sacarme una declaración antes. Recuerdo que vinieron cinco agentes con caras largas, vestidos de paisano y con aspecto lascivo, y ansiosos de saber el porqué de mi estado, dudaban de mi versión y la ridiculizaban, eran los esbirros de Liddell. Los de antes. Llegaron a las 10.35 a mi habitación número 105 del hospital en cuestión. Fueron muy cordiales porque respetaron que estaba recogiendo mis cosas para volver a casa. Mientras aunaba mis pertenencias percibí que el váter no funcionaba. Llevaba meses intentando cicatrizar mis heridas anales y sabía perfectamente cómo descargar el váter lleno de coágulos pestilentes, a golpe de práctica. Abrí con sonrojo y gran dificultad la tapa del receptáculo y me encontré un paquete enorme envuelto en papel plástico que ocupaba todo el espacio. Había 25.000 euros en billetes de 50. Los cinco agentes-esbirros de turno me acribillaron a preguntas, de manera incisiva. Fueron groseramente incrédulos, me trajeron un guiso vegetariano humeante, hecho a fuego lento que incluía calabacines y berenjenas. Me obligaron a beber una Coca-Cola Zero muy fría. Se sentaron en círculo alrededor de mi cama y me enseñaron las grabaciones de seguridad del teatro editadas cual corto de terror con gran lujo de detalles cinematográficos, había una música de Beethoven que acompasaba todas las torturas que me infringieron, todo grabado en 8K. También me enseñaron las imágenes en movimiento de mi intento de matar a Liddell, cuando en mi desesperación de huida desesperada, en un descuido de los esbirros, cogí la palangana y le produje de manera reiterativa, con saña asesina y voluptuosa, un traumatismo craneal severo, del cual, aún se está recuperando. Yo me defendí, qué más podía hacer, por el amor de Dios. Una vez visionado todo, borraron en el acto todas las pruebas, excepto la grabación de mi intento de homicidio. Me facilitaron una declaración bien escrita en sede judicial que eximía a Liddell de todo este proceso y me exhortaron a que la firmara ante la mirada pícara de mi madre y de la acomodadora de antes e incluso, dejaron diáfano entre carcajadas irónicas que mi testimonio serviría para detener a Liddell, en el acto… se reían como niños cuando ven sus regalos de Navidad, se podía respirar un regocijo delicioso en aquella habitación aséptica de hospital. Volví a entrar en un colapso emocional que conllevó de nuevo un coma durante tantos meses que ya, cuando desperté; percibí a mi madre pintándoles las uñas con rosa carmesí a la acomodadora de antes con la izquierda, mientras con la diestra, le hacía una transferencia (desde mi cuenta) de 500 euros, todo acompasado con una enfermera inhábil que jugaba con mis venas para introducir un sedante abrasador alejado de la morfina, por ser mucho más potente. Volví a entrar en coma más meses. Finalmente, atolondrado, volví en mí y, contra todo pronóstico ante los esbirros acechantes, espeté una respuesta muy inconexa, vaga, llena de contradicciones que denotaban que había en mí una patología mental de fondo. Dejé entrever con voluntad escénica que me autolesionaba por cuestiones infantiles sórdidas. Me saqué de la manga a última hora, toda una historia oscura y siniestra, llena de altibajos coherentes y supurantes. Asumí con gran carga emocional que todo se debía a un hondo desquiciamiento que debía ser tratado de manera urgente. Los esbirros policiales archivaron el caso por falta de pruebas, por orden expresa de Angélica Liddell. Dejé claro que yo era un periodista masoquista descarado que buscaba ser humillado de esa manera y bajo tales circunstancias, no había por qué preocuparse. Me enseñaron los depósitos de mi banco que estaban en negativo y entonces saqué el dinero restante, de manera furtiva que estaba debajo del colchón de la cama hospitalaria con carro elevador y lo deposité en una cuenta protegida. Días después, me fui de vacaciones a un lugar que prefiero no recordar. Hui. Hui muy lejos, ya no me interesaba ser espectador, mi objetivo era huir, huir de mí mismo, ser, en definitiva un espectador fugitivo de mi propia vida. Buscar un refugio de mi propia existencia. Desaparecer de una vez por todas. Todo resuelto por la naturaleza convulsa de las circunstancias. Todas las uñas me han crecido, mi madre ha entrado en prisión, me he puesto los implantes dentales en una clínica de máximo nivel, las costillas han solidificado, mi culo ha cicatrizado, mi alma ha trascendido y mi espíritu endeble y fantasmagórico está desintoxicándose de la heroína y del fentanilo con grupos de apoyo muy solventes: Liddell ha estado presente en todos esos procesos, gracias a la acomodadora de antes. Una única dosis suele ser suficiente. Una vez que lo pruebas, se convierte en un viaje de no retorno. Angélica hizo bien el trabajo. Me escribió el otro día a través de un chat encriptado de máximo nivel, a través de una pitonisa (la acomodadora de siempre) experta en rituales sin velas, contándome sus cosas a través de un canal espiritual nunca antes visto. En el fondo, a pesar de todo, nos hemos hecho grandes amigos. Soy su nuevo y muy eficiente jefe de prensa desde el otro mundo; porque mejor muerto conocido que mal vivo por conocer. Me ha comprado de manera sustancial, cruel, absoluta, mística y no me avergüenzo de ello. ¡Qué voy a hacer! ella, es lo único que tengo.

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