Michel Nieva desenmascara la impostura: esa promesa interplanetaria no es otra cosa que una fuga hacia adelante, un relato hipnótico que distrae mientras el planeta arde. En su lectura, la ciencia ficción capitalista deviene en la fábula de una “humanidad sin mundo”, donde los cuerpos convertidos en turistas cósmicos se sacan selfis desde naves espaciales mientras abajo, en la superficie terrestre, continúan la devastación ambiental, las desigualdades extremas y la lenta asfixia de los sistemas de vida.
Una crítica política con corazón literario
Lo fascinante del ensayo no es solo su posicionamiento político, sino la forma en que Nieva lo articula desde un horizonte literario. Su escritura no se contenta con la denuncia: se sumerge en las raíces culturales y estéticas del capitalismo, detectando cómo el lenguaje de la ciencia ficción dura —tradicionalmente asociado a especulaciones serias sobre tecnología y futuro— se transforma en propaganda ideológica. Allí donde antes se desplegaban preguntas existenciales sobre la condición humana, ahora proliferan eslóganes empresariales que celebran la obsolescencia de la Tierra y la promesa de un más allá planetario.
Nieva recuerda que la ciencia ficción, en sus mejores momentos, ha sido un laboratorio de ideas radicales: desde imaginar sociedades poscapitalistas hasta cuestionar la noción misma de humanidad. Sin embargo, bajo el embrujo de Bezos, Musk y Zuckerberg, ese género se vacía de crítica para convertirse en anestesia. El resultado es un espejo deformante: se nos invita a fantasear con colonias marcianas mientras se omite la urgencia de reparar el desastre ecológico y social en curso.
Un pensador enraizado en la literatura y el presente
Michel Nieva no habla desde la cómoda distancia del académico encerrado en su torre. Su biografía intelectual lo sitúa en la intersección entre la filosofía, la literatura y la experimentación estética. Nacido en Buenos Aires en 1988, formado en Filosofía en la Universidad de esa ciudad y actualmente docente en la Universidad de Nueva York, se ha ganado un lugar de excepción en la escena contemporánea. La revista Granta lo incluyó en 2021 entre los mejores narradores jóvenes en español, y al año siguiente recibió el prestigioso Premio O. Henry, un reconocimiento que confirma la amplitud de su talento narrativo.
Su recorrido creativo lo prueba: autor del poemario Papelera de reciclaje (2011), de novelas provocadoras como ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? (2013) y Ascenso y apogeo del Imperio Argentino (2018), y de ensayos como Tecnología y barbarie (2024), ha tejido una obra donde el humor corrosivo, la imaginación desbordada y la crítica política conviven sin pedir permiso. En La infancia del mundo (2023), por ejemplo, imaginó un sur de América Latina arrasado y reapropiado desde una estética steampunk que mezcla gauchesca, videojuegos y plagas monetizadas. Esa hibridez literaria es la que también late en Ciencia ficción capitalista: un ensayo que no teme hibridar filosofía, análisis cultural y narración para revelar lo que otros prefieren disimular.
Entre la estetización tecnológica y la barbarie
El libro de Michel Nieva funciona como advertencia contra la estetización tecnológica, ese proceso mediante el cual las imágenes de cohetes, cápsulas espaciales y robots futuristas ocultan la barbarie de fondo. Nieva ilumina la paradoja: cuanto más se celebra la supuesta grandeza del ingenio humano, más se ignoran las condiciones materiales de explotación que sostienen ese espectáculo. Detrás de los satélites y las naves relucientes hay minas abiertas, trabajadores precarizados, territorios saqueados.
La fuerza del ensayo está en mostrar que la ciencia ficción capitalista no es neutra: es un relato interesado, diseñado para naturalizar el saqueo y presentar la evasión como destino inevitable. Al hacerlo, nos empuja a preguntarnos qué papel juega la literatura en este panorama. ¿Puede la imaginación resistirse a ser cooptada por los mercados? ¿Puede un género nacido para cuestionar la realidad convertirse otra vez en espacio de subversión?
Un estilo que incomoda y provoca
Nieva no edulcora su discurso. Su prosa es incisiva, cargada de ironía y de imágenes que buscan sacudir al lector. Habla de “turistas cósmicos” que sonríen ante la cámara mientras la Tierra se derrumba; de “humanidad sin mundo”, una fórmula que condensa la tragedia de quienes prefieren fantasear con otros planetas antes que enfrentar el colapso del propio. La contundencia de su lenguaje le otorga a la crítica política una densidad literaria poco común en el ensayo contemporáneo.
Ese estilo lo distingue de los textos académicos tradicionales: Nieva se mueve con la fluidez de un narrador que entiende que la crítica necesita ritmo, ironía, provocación. Por eso, leer Ciencia ficción capitalista no es solo enfrentarse a un análisis lúcido, sino también a una experiencia estética que incomoda, irrita y, al mismo tiempo, ilumina.
Una obra necesaria en tiempos de espejismos
En definitiva, el ensayo de Michel Nieva es una llamada de atención urgente. Nos advierte contra la seducción de las promesas tecnológicas vacías y nos recuerda que no hay Marte que pueda sustituir a una Tierra devastada. Nos invita a recuperar la potencia crítica de la literatura, a rescatar la ciencia ficción de la maquinaria del capital y a devolverle su capacidad de imaginar futuros que no sean simples extensiones del presente desigual y destructor.
Ciencia ficción capitalista no se lee como un diagnóstico más, sino como un alegato contra la anestesia colectiva. Nieva nos ofrece un espejo que refleja con crudeza el rostro del capitalismo contemporáneo, un rostro que sonríe con casco espacial mientras pisa sobre ruinas. Su propuesta es clara: escribir, leer, imaginar siguen siendo actos políticos, trincheras desde donde resistir a los relatos que nos quieren convencer de que el fin del mundo será, también, una experiencia VIP.









