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“Feeding the Machine” desmonta la ilusión de una inteligencia artificial autónoma

En el relato dominante de nuestro tiempo, la inteligencia artificial se presenta como una entidad autosuficiente, una arquitectura capaz de aprender, corregirse y evolucionar sin intervención humana directa. Una promesa de automatización que sugiere eficiencia sin coste y progreso sin fricción. Nuestra recomendación literaria de la semana: "Feeding the Machine: The Hidden Human Labour Powering AI" (2024), de James Muldoon, Mark Graham y Callum Cant, propone una corrección de ese imaginario. No hay inteligencia artificial sin trabajo humano. Y ese trabajo, lejos de desaparecer, se reorganiza y se oculta. El 27 de marzo se publica en Italia una nueva edición del libro.
De izquierda a derecha: Mark Graham, Callum Cant y James Muldoon- foto de Antonio Olmos/The Observer

 “Feeding the Machine: The Hidden Human Labour Powering AI” se inscribe en una línea de investigación consolidada sobre trabajo digital y capitalismo de plataformas, y se apoya en estudios empíricos, entrevistas y análisis de campo realizados en distintos contextos geográficos. Su aportación no es tanto revelar la existencia de ese trabajo —ya documentado en investigaciones previas sobre “ghost work”— como situarlo en el centro del funcionamiento de la inteligencia artificial contemporánea.

Mark Graham, profesor de Geografía de Internet en el Oxford Internet Institute, aporta al volumen una perspectiva especialmente relevante. Desde su trabajo en Fairwork —un proyecto que evalúa las condiciones laborales en plataformas digitales en múltiples países—, Graham ha analizado durante años cómo se organiza el trabajo en entornos mediados por plataformas. Esa experiencia se traduce en el libro en una lectura estructural: la inteligencia artificial no es solo un avance tecnológico, sino también un sistema de organización del trabajo.

Uno de los ejes centrales del ensayo es el papel de la anotación de datos. Para que un sistema de inteligencia artificial pueda reconocer imágenes, procesar lenguaje o tomar decisiones automatizadas, necesita ser entrenado con grandes volúmenes de datos previamente clasificados. Esa clasificación no es automática. Requiere intervención humana. Personas que etiquetan imágenes, revisan textos, filtran contenido o corrigen errores. Sin ese trabajo, los sistemas de aprendizaje automático no podrían funcionar con el grado de precisión que se les atribuye. Una parte sustancial del trabajo que sostiene los sistemas de inteligencia artificial no reside en la ingeniería de modelos, sino en tareas de anotación y preparación de datos. Diversas investigaciones apuntan a que este tipo de trabajo puede representar una proporción significativa del proceso total. En el caso de tecnologías como la conducción autónoma, la magnitud se vuelve especialmente visible: una sola hora de vídeo puede requerir cientos de horas de intervención humana para su correcta etiquetación. Lejos de la imagen de automatización total, la inteligencia artificial se revela así como una infraestructura intensiva en trabajo humano.

El libro documenta cómo estas tareas se distribuyen a través de plataformas digitales y, en muchos casos, se externalizan hacia regiones con menores costes laborales. Países del África subsahariana o del sudeste asiático se han convertido en espacios clave para este tipo de trabajo. No por una especialización tecnológica, sino por su inserción en una economía global donde la reducción de costes sigue siendo un factor determinante.

Las condiciones en las que se desarrolla este trabajo varían significativamente según la plataforma y el contexto, pero diversas investigaciones citadas en el libro apuntan a patrones recurrentes: fragmentación de tareas, ausencia de estabilidad contractual y niveles de remuneración que, en algunos casos, se sitúan por debajo de estándares considerados justos en otras economías. No se trata de una excepción, sino de una característica estructural del modelo.

Frente a la narrativa de automatización total, Feeding the Machine propone una lectura distinta. La inteligencia artificial no elimina el trabajo humano, sino que lo redistribuye. Desplaza determinadas tareas hacia zonas menos visibles del sistema y reconfigura las relaciones laborales en torno a plataformas digitales. El resultado no es la desaparición del trabajo, sino su transformación en formas más difusas y, a menudo, menos protegidas.

El concepto de “infraestructura extractiva” que atraviesa el libro permite situar este fenómeno en un marco más amplio. La IA aparece como un sistema que genera valor a partir de la extracción de datos y trabajo distribuido globalmente. Esta lectura no implica equiparar de forma simplista la inteligencia artificial con modelos históricos de explotación, pero sí invita a pensar en las continuidades entre distintas formas de organización económica.

El enfoque del libro evita tanto el entusiasmo acrítico como el rechazo frontal. No plantea la inteligencia artificial como un problema en sí mismo, sino como un campo atravesado por decisiones políticas, económicas y sociales. En este sentido, desplaza el debate desde la pregunta sobre lo que la IA puede hacer hacia la pregunta sobre cómo se produce y en qué condiciones.

Formalmente, el texto combina análisis estructural con relatos basados en experiencias concretas. Este recurso permite articular una doble escala: por un lado, la lógica global de las plataformas; por otro, las trayectorias individuales de quienes trabajan en ellas. La inteligencia artificial deja así de aparecer como una abstracción para situarse en un entramado de relaciones humanas.

El libro también aborda el papel de otros actores en este ecosistema. Ingenieros, inversores o empresas tecnológicas no aparecen como figuras homogéneas, sino como partes de un sistema complejo donde convergen intereses distintos. Esta complejidad evita lecturas simplistas y refuerza una idea central: la inteligencia artificial no es un proceso neutral, sino una construcción social.

En un contexto donde la IA ocupa un lugar central en el debate público, Feeding the Machine introduce un desplazamiento necesario. Frente a la fascinación por las capacidades técnicas, propone atender a las condiciones materiales que las hacen posibles. No se trata solo de lo que la inteligencia artificial puede hacer, sino de quién la hace posible y en qué circunstancias.

Esa pregunta, aparentemente sencilla, tiene implicaciones profundas. Obliga a reconsiderar la relación entre tecnología y trabajo, entre innovación y desigualdad, entre eficiencia y justicia. Y, sobre todo, cuestiona la idea de que el progreso tecnológico pueda evaluarse al margen de sus condiciones de producción.

El libro no ofrece soluciones cerradas, pero sí apunta a la necesidad de marcos regulatorios que garanticen condiciones laborales más equitativas en la economía digital. En ese sentido, se sitúa no solo como un análisis, sino como una intervención en un debate en curso.

En última instancia, Feeding the Machine funciona como un correctivo. No desmantela la inteligencia artificial, pero sí desmonta algunas de sus narrativas más extendidas. Y al hacerlo, devuelve al centro una evidencia que el discurso tecnológico ha tendido a ocultar: detrás de cada sistema automatizado hay una red de trabajo humano que lo sostiene.

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