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Camila Guevara y su batiburrillo musical melódico han honrado los escenarios de “Los Veranos de la Villa”

Cuando uno lee el apellido "Guevara", espera explosiones de sentido común, de erudición, de pasión, de guitarras politizadas, de justas barricadas intelectuales y, si nos ponemos exigentes, de coherencia estética. Si además el apellido va acompañado de un "Milanés", uno se sienta tembloroso bajo un éxtasis inaudito urdido por un talento inconmesurable como el de Pablito, uno se ajusta la boina sudorosa, apaga el Wi-Fi y espera sentir hondura, feeling hecho poesía con acento roto y terciopelo socialista que acaricie nuestra alma. Pero no. Camila Guevara Milanés, la descendiente del Che y de Pablo Milanés, ha decidido llevar la contraria y tomar ese linaje glorioso y convertirlo, con la precisión de una burda cirujana de TikTok, en un arte desmembrado por los clics, supurante y sin gracia. Su arte es correcto, fotogénico y, sobre todo, perfectamente olvidable o descartable, en el mejor de los casos. Su breve trayectoria musical ha tenido la suerte de ser recomendada por la revista Rolling Stone y ya con ese eco, los medios se han “lanzado en turba” para llevar la frase: “Cría fama y acuéstate a dormir” a un ámbito académico. Ver su actuación en “Veranos de la Villa” fue una experiencia insulsa, descafeinada, llena de lugares comunes musicales poblados por un aburrimiento soporífero de la mano de una relevancia efímera. El público estaba deseando que saliese Julieta Venegas y soportaban el primer acto de la “joven telonera cubana” con mucha dignidad, pero con cero entusiasmo. Si Julieta hubiese salido primero, Camila tendría que haberse conformado con cuatro gatos de su “pandi palmerista de la minúscula diáspora cubana, que pasaban por allí”. Fue apoteósico verla coger unas gafas oscuras del suelo para interpretar el rap de su disco, como si ponerse unas gafas negras fuese suficiente para demostrar algún talento. “Dame flores” o “Echarme flores cuando no las merezco”, creo que así se llama su nuevo trabajo discográfico.
Julieta Venegas el pasado sábado en "Veranos de la Villa"

Los veranos de la villa han visto con gran indiferencia a la nieta de Pablo Milanés —esa voz brillante, valiente y tierna que cargaba sobre sus hombros las contradicciones de la Revolución y las armonías del jazz, del bolero bien hecho con la nueva trova como telón de fondo—, e hija de Suylen Milanés y de Camilo Guevara. Camila es la legítima heredera de una familia que lo tuvo todo: ideología, música, estética, éxito  y tragedia. Y, sin embargo, Camila Guevara ha preferido la seguridad del molde pop descartable antes que el vértigo de la invención fructífera de la pasión autóctona más genuina. Su carrera es un ejercicio de domesticar el fuego vacuo: donde Pablo desbordaba lirismo, ella lo rebaja a estribillo pegajoso de un rap mediocre; donde Suylen Milanés exploraba texturas afrocubanas y experimentales con gallardía, Camila elige tibiamente el beat estándar de producción internacional cien veces visto, con un bolero tan diluido que mejor que Gardel no se levante de su tumba. Eso sí: todo con la sonrisa perfecta y un encuadre en 8K envidiable. Ahhh y una presencia escénica que ya le gustaría a Rosalía.

Estilo musical: entre el souvenir tropical y el soft-reguetón

Según nuestra modesta opinión, Camila Guevara no canta mal. Tampoco bien. Entona, se afina, tiene presencia escénica. Pero es precisamente su impecabilidad imperfecta lo que irrita: todo suena a aprobado con mérito en una academia de música donde lo importante no es decir algo, sino decirlo sin molestar. Su timbre es cristalino, su fraseo suave, sus letras inofensivas como una ilusoria  taza de matcha en el Vedado. Uno puede pasar 45 minutos escuchando su repertorio y salir de la experiencia con la misma sensación que deja una playlist de Spotify titulada “Café y flow”. Sin inmutarnos.

Los Veranos de la Villa han sido testigos el pasado 26 de julio de que la incursión de Camila Guevara en los géneros urbanos carece de la ferocidad callejera de La Lupe o del barro conceptual emocionante de Rosalía. En lugar de eso, tenemos un reguetón boutique de poca monta, con beats limpios, armonías planas y un delivery vocal que no raspa ni remueve. Ni siquiera emociona. Le falta mucha garra. Por no decir que carece de garra. A veces coquetea con el trap melódico, pero sin la ansiedad ni el descaro emocional que caracteriza al género. Si hay algo de crítica social en sus letras, se camufla bajo frases anodinas sobre libertad, autenticidad, amor propio y las típicas cantinelas de una autoayuda incolora. Lo justo para que ningún algoritmo te penalice.

Herencia artística: una revolución sin riesgo

A diferencia de sus ancestros, Camila no parece tener prisa por incomodar a nadie. Donde su abuelo Pablo Milanés desnudaba al Estado cubano en canciones como “Yo pisaré las calles nuevamente” o “Para vivir”, Camila Guevara  opta por temas que, desde luego, ni la IA podría haberlos hecho con menos sensibilidad. La poesía, la metáfora herida por elocuencias, la belleza del lenguaje de su abuelo es pisoteada por la nieta con canciones mediocres con letras predecibles que no emocionan a nadie. Lo que en Pablo era denuncia disfrazada de romanticismo ilustrado con una erudición poética deslumbrante y única, en Camila es un simple empoderamiento genérico impostado disfrazado de arte comprometido que hace aguas por todos lados, porque no podemos pedir “peras al olmo”. Pobrecita, hace lo que puede, y su apellido es su estigma.

Y sin embargo, la biografía que la rodea —esa constelación genealógica con estrellas caídas y cometas revolucionarios— podría haberla catapultado a una exploración artística radical. Camila Guevara  podría haber encarnado el conflicto generacional cubano con la fuerza del Che y la sensibilidad de Pablo Milanés pero ha preferido el camino suave del mainstream: colaboraciones urbanas de pasillo, videoclips manidos con neón intermitente y coreografías bien ordenadas porque nadie las ordena. Revolución, sí, pero con autotune deficiente.

Camila Guevara Milanés es también una criatura del algoritmo. Su imagen pública está diseñada al milímetro: moderna, femenina, “auténtica” y con esa mezcla justa de legado cultural y estética millennial que la vuelve ideal para los festivales de verano, los reportajes de moda alternativos y si me apuras, para las campañas de derechos humanos patrocinadas por ONGs europeas. Se mueve entre el orgullo patrio y la estética global con la soltura de quien sabe que ningún periodista osará cuestionarla demasiado: su árbol genealógico la blinda.

¿Y quién se atrevería, después de todo, a juzgar con severidad a la nieta del Che? Pero tal vez el problema no sea ella, sino lo que representa: la conversión de una genealogía cultural y política en marca personal. Camila Guevara no canta con el puño en alto: canta con el pulgar listo para el selfie. Su revolución no será televisada, ni censurada: será subida a Instagram con el filtro adecuado. Ella tendrá éxito porque tiene talento. Hay que darle tiempo. Mucho tiempo.

El dilema de la autenticidad en el arte de herencia

No es injusto exigirle más a Camila Guevara precisamente porque se le ha dado mucho. Su apellido implica una responsabilidad simbólica que no puede diluirse en la espuma del algoritmo. En un momento histórico donde la cultura cubana se encuentra en tensión —entre la represión interna, el exilio intelectual y la sobreexposición digital—, artistas como Camila Guevara podrían ejercer una función puente: reinterpretar el legado sin traicionarlo, revitalizar la trova sin convertirla en souvenir. Pero ella se niega, se retuerce en no aceptar que para triunfar hay que volver a las raíces, aceptar lo impostergable.

Pero Camila Guevara ha elegido el confort de lo reconocible, el aplauso fácil, la estética del mínimo riesgo y no estamos juzgando su proceder, solo describimos los entresijos supurantes de su breve obra. Que no por ser breve es menos válida, ojo, es que la cuestión es que es demasiado breve el espacio en el que no está. Su arte, aunque impecablemente producido, carece del alma desgarrada de su abuelo, del riesgo político de su linaje, de la tensión que hace del arte algo más que entretenimiento vacío.

Camila Guevara Milanés es, en muchos sentidos, el espejo invertido de su legado. Mientras sus antecesores cantaban desde la herida, la duda y la desobediencia, ella canta desde la dudosa perfección técnica, la claridad de marca emergente y el confort emocional. Su carrera es un experimento estético sin vértigo, una revolución envasada al vacío.

¿Tiene talento? Sin duda. ¿Tiene carisma? También. Pero le falta el ingrediente esencial de todo arte con mayúscula: la necesidad interna, la urgencia, el temblor de una vocación ineludible. Y eso, lamentablemente, no se hereda. Ni siquiera cuando se es nieta del Che y del más grande trovador del siglo XX.

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