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Marina Abramović secuestra “por amor al arte” el dispositivo móvil de los espectadores en su último espectáculo “Balkan Erotic Epic” en el Liceu de Barcelona

Es irónico —si no directamente grotesco— que una obra que se autoproclama como una celebración del cuerpo, de la liberación, de la espiritualidad pagana y del erotismo como energía vital venga envasada en una experiencia donde el público es tratado como un sujeto a controlar, desprovisto del derecho a la comunicación tecnológica. Marina Abramović, la autoproclamada chamana del arte performativo, presenta en el Liceu de Barcelona “Balkan Erotic Epic”, una performance de cuatro horas que promete romper con los límites del arte, el deseo y la política, y, sobre todo, con el sentido común y la libertad individual. Lo que se nos presenta en el Liceu no es una epopeya artística, sino un batiburrillo posmoderno donde todo vale mientras parezca importante para el ego inconmensurable de la artista en cuestión. La obra podrá apreciarse hasta el 30 de enero.

Pero el verdadero límite lo marca una frase que debería alarmar más de lo que fascina:

Está totalmente prohibido hacer fotografías durante la representación. A todos los espectadores se les pedirá que guarden sus teléfonos en fundas de seguridad cerrables, que permanecerán con ellos y se desbloquearán al final del espectáculo o en caso de que necesiten salir antes. Esta medida garantiza la protección y seguridad de los intérpretes, así como una inmersión completa en la experiencia.

No estamos hablando de una sugerencia ni de un protocolo típico de sala teatral. Estamos ante una medida de aislamiento tecnológico obligatoria —una suerte de apagón forzado que, bajo la apariencia de respeto artístico, esconde una práctica cada vez más común: la normalización del control sobre la audiencia, envuelto en el celofán de la “inmersión total”. El espectador ya no solo es coaccionado, sometido y vilipendiado, sino que es sometido a la incomunicación por amor al arte. Es inaceptable, bochornoso y, tristemente, tan pretensioso que es un placer para mí denotarlo.

Pero el cinismo institucional del Liceu  va más allá cuando afirma:

El servicio de bar permanecerá abierto durante toda la representación, aunque debe tenerse en cuenta que, con los teléfonos dentro de las fundas de seguridad, no se podrá utilizar el pago móvil, por lo que se recomienda llevar tarjeta física o efectivo.

Las fundas de seguridad debían ir destinadas a esas personas a las que les quedan pocas conexiones neuronales, como lo es la mielina a su neurona. Idéntico.

Esta decisión se justifica —según el propio comunicado del Liceu— para “proteger a los intérpretes” y “garantizar la inmersión del espectador”. Pero, en realidad, revela una preocupante tendencia: el arte como espacio de vigilancia aceptada, como territorio donde se ensaya la obediencia bajo el pretexto de la sensibilidad. Es una especie de ultraderecha artística, con visos de Angélica Liddell dentro de la batidora de Donald Trump, en el marco de una transgresión artística preocupante. Inaudita.

Porque sí: lo que se presenta es un espectáculo de gran complejidad escénica, con más de 70 intérpretes entre músicos, bailarines y cantantes. Una obra estructurada en trece escenas, donde el espectador recorre libremente el Gran Teatre del Liceu, convertido por primera vez en su historia en un espacio de performance total. La narrativa mezcla folclore balcánico, rituales eróticos y lamentos por la historia reciente de Yugoslavia, como el homenaje fúnebre a Tito. Hay escenas impactantes como La danza del cuchillo, protagonizada por las burrnesha —vírgenes juradas de los Balcanes—; Masaje a los pechos, donde mujeres gesticulan sobre tumbas; o Boda negra, una danza mortuoria acompañada de una ópera desgarradora.

Todo esto podría ser una experiencia potente, sensorial, física. Pero el contexto condiciona. Que el espectador deba identificarse en la entrada es común pero de ahí,  a guardar el móvil bajo llave y aceptar sin rechistar una clausura de su libertad de registro, cambia radicalmente el terreno sobre el que pisa esta obra. Pareciese que ahora, para ir al teatro, hay que cumplir condiciones y pedir permiso, cuando debería ser el teatro el que fuese lógico con el sentido común de sus espectadores. Pero claro: Marina Abramović considera, desde su atalaya, que está por encima del bien y del mal, como si de una boda de ¡HOLA! se tratase. La exclusividad hecha manifiesto teatral dentro de la élite intelectual, harta de tantos artificios elocuentes.

Mi móvil es mío. Yo decido apagarlo, y decido encenderlo, o, como si quiero introducirlo por mi agujero anal en modo vibración durante el espectáculo maravilloso y transgresor de la señorita Abramović. Solo faltaba. ¿Qué va a ser lo siguiente? El arte debe fluir con la libertad, no con los remilgos caprichosos del artista ególatra que, en su engreimiento, pretende coartar mis libertades. Prefiero quedarme en casa viendo Fiesta, de Telecinco, que ser rehén de una obra que puedo optar por no ver en el caso de que me imponga condiciones ultras que denotan sus propias carencias soft, de un amaneramiento complejista en su mundo ególatra de gran hecho teatral. Tanta parafernalia clasista de intelectuales encumbrados en un mito burdo, reconocido por los mejores vanguardistas críticos escénicos que siguen la corriente del refrán: “mejor algo, que nada”.

Porque no hay nada más contradictorio que hablar de “libertad ritual”, de cuerpos como espacios de poder, de subversión de normas sociales y sexuales, mientras se ejecuta —con una sonrisa institucional— una renuncia forzada a la autonomía del espectador. La performance, más que liberar, somete. Y eso, por muy feminista, transgresora o espiritual que se vista, no deja de ser una forma de pedagogía autoritaria.

La “gramática plástica” de Abramović —esa mezcla de religión, dolor, sexualidad y mito— aquí encuentra un nuevo marco: el de la exclusividad controlada. El arte deja de ser experiencia colectiva para convertirse en un acto casi ceremonial, donde la obediencia es parte del contrato. No mirar, no grabar, no tocar, haced lo que yo diga, que por algo me llaman Marina Abramović. Solo contemplar, deambular, obedecer. Y luego, si queda algo en la cabeza o en el alma, recordarlo en privado. Porque lo de afuera, lo público, lo compartido, está prohibido.

Esto no es una anécdota. Es el síntoma de algo mayor: la transformación de las artes escénicas en espacios de microcontrol, donde lo sensorial se convierte en excusa para restringir derechos básicos. En un mundo donde todo se vigila, Abramović no libera: institucionaliza el encierro emocional como parte de la experiencia estética. Su obra, que pretende preguntarnos “¿para qué sirven nuestros cuerpos?”, parece responder implícitamente: para ser dirigidos, registrados, ritualizados y, finalmente, dominados.

Balkan Erotic Epic puede ser muchas cosas: provocadora, bellísima por momentos, ancestral, brutal. Pero también es una obra que, en nombre de la transgresión, legitima la represión. El espectador sale “transformado”, sí… pero también dócil, habituado a callar su deseo de expresión, su impulso de compartir, su necesidad de interpretar.

Una epopeya, sí. Pero del nuevo autoritarismo cultural, que se disfraza de misticismo artístico.
Y eso, seamos claros, no tiene nada de épico. Ni de erótico. Al menos para mí.

Fotos cortesía de Marco Anelli

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