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Joachim Trier triunfa en los Oscar con un retrato familiar atravesado por el pasado

Hay películas que no se limitan a ganar premios: se instalan en la conversación cultural como una herida abierta. “Valor sentimental “pertenece a esa categoría. La cinta de Joachim Trier se alzó en la última edición de los Premios Oscar con la estatuilla a mejor película internacional, coronando un recorrido que ya había sido refrendado en el Festival de Cannes con el gran premio del jurado. Pero su éxito no se mide solo en galardones: también en la densidad emocional que propone y en la constelación de nominaciones que la acompañaron, desde mejor dirección hasta interpretación, pasando por guion original y montaje.

Trier, autor de títulos como Oslo, 31 de agosto y La peor persona del mundo, regresa aquí a un territorio que conoce bien: el de las fisuras íntimas, las relaciones que no terminan de cicatrizar. Lo hace de nuevo junto a Renate Reinsve, con quien firma su tercera colaboración, consolidando una de las alianzas creativas más fértiles del cine europeo reciente. A su lado, Stellan Skarsgård —premiado en los Globos de Oro como mejor actor de reparto— aporta una presencia que no necesita subrayados: basta con su gravedad.

El reparto se completa con Inga Ibsdotter Lilleaas y Elle Fanning, en un conjunto interpretativo que no funciona como suma de nombres, sino como engranaje emocional. Aquí no hay secundarios: todos orbitan alrededor de un núcleo común, incómodo, irreconciliable.

La historia arranca tras la muerte de una madre, ese punto de ruptura que obliga a mirar hacia atrás incluso cuando no se quiere. Las hermanas Nora y Agnes se reencuentran con su padre, Gustav Borg, un cineasta de prestigio con el que mantienen una relación erosionada. En un gesto que mezcla manipulación y oportunidad, Gustav ofrece a Nora —actriz de teatro— un papel en su próxima película. Ella lo rechaza. El papel termina en manos de una joven estrella de Hollywood. Y es ahí donde la ficción empieza a contaminar la vida: la irrupción de esa actriz externa no hace sino intensificar un conflicto que ya estaba latente.

Lo que podría haber sido un drama familiar convencional se convierte en algo más complejo: un estudio sobre la memoria y sus trampas. Trier no se limita a narrar un reencuentro, sino que disecciona las capas de resentimiento, culpa y afecto que sobreviven en una familia. Las hermanas no solo deben enfrentarse a su padre, sino también a la imagen que él proyecta de sí mismo a través del cine, a esa forma de reescribir el pasado que el arte permite —y a veces legitima—.

La relación entre Trier y Reinsve es clave para entender la intensidad de la película. Su colaboración no es nueva, pero aquí alcanza una madurez particular. Ya en La peor persona del mundo, la actriz fue reconocida en Cannes como mejor intérprete, confirmando un talento que el propio Trier había detectado años antes en Oslo, 31 de agosto, donde su presencia era casi anecdótica. Aquella intuición se ha transformado en una complicidad artística que atraviesa ahora el núcleo emocional de Valor sentimental.

Stellan Skarsgård, por su parte, aporta una dimensión casi tectónica al personaje del padre. El propio Trier ha señalado que el actor estaba especialmente interesado en trabajar con Reinsve, hasta el punto de destacar durante los ensayos su capacidad para hacer visible lo invisible: “Su piel cambia de color mientras actúa; se puede ver lo que siente”, llegó a afirmar. No es una hipérbole: en la película, cada gesto parece cargado de una biografía no dicha.

Reinsve, en paralelo, subraya la singularidad del director. Habla de una forma de construir las emociones que no irrumpe de golpe, sino que se infiltra lentamente hasta desembocar en un impacto casi físico. Esa progresión —de lo latente a lo explícito— es, en gran medida, el motor narrativo de la película.

Pero Valor sentimental no se agota en lo íntimo. Trier introduce una dimensión histórica que tensiona aún más el relato. La película dialoga con el pasado europeo, con las huellas del nazismo, planteando una pregunta incómoda: ¿qué debemos recordar y qué necesitamos olvidar? El director lo formula como una ambivalencia inevitable. Por un lado, el deseo de perdonar, de cerrar heridas. Por otro, la responsabilidad de no borrar aquello que, precisamente, no debe repetirse.

Esa reflexión se filtró también en su discurso durante la ceremonia de los Oscar, donde evocó al escritor James Baldwin para recordar que la responsabilidad hacia las generaciones futuras no es negociable. No se trata de una declaración retórica, sino de una extensión natural del universo de la película: los adultos, en Valor sentimental, son también los arquitectos —consciente o inconscientemente— de las heridas que heredan los hijos.

En última instancia, la película funciona como un retrato de familia, sí, pero también como una indagación sobre el peso del pasado. Las paredes del hogar no solo contienen recuerdos: los fijan, los deforman, los convierten en relato. Y en ese espacio, entre lo vivido y lo recordado, es donde Trier sitúa a sus personajes.

Valor sentimental no ofrece respuestas cómodas. Tampoco busca redimir a sus figuras. Lo que propone es algo más incómodo y, por eso mismo, más honesto: aceptar que la memoria no es un refugio, sino un campo de batalla. Y que avanzar, a veces, implica convivir con aquello que no se puede resolver.

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