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Los Goya y la invasión desmedida de las “influencers” de alfombra roja

Cada edición de los Premios Goya pretende celebrar lo mejor del cine español. Sin embargo, en los últimos años la conversación pública ha girado menos en torno a las películas premiadas que a un elemento aparentemente periférico: la presencia desmesurada de influencers en la alfombra roja. Lo que en principio podría parecer una cuestión menor —un ajuste comunicativo en la era de las redes sociales— se ha convertido en un síntoma de algo más profundo: la fricción entre dos modelos de legitimidad cultural. La invasión de las “influencers” de alfombra roja ya es un hecho ineludible. La escena se ha vuelto familiar. Entre intérpretes, cineastas y técnicos del cine español aparecen figuras procedentes del ecosistema digital que acumulan millones de seguidores en redes sociales. En las últimas ediciones de la gala, nombres como María Pombo, Dulceida o Laura Escanes han desfilado con sus típicos modelitos por la alfombra roja con la arrogante naturalidad de quien se mueve en territorio conquistado. Para algunos espectadores, su presencia representa una democratización mediática; para otros, una especie de cortocircuito cultural entre el cine y el marketing digital.

Durante décadas, el ecosistema mediático de eventos como los Goya estaba formado por un triángulo relativamente estable: artistas, periodistas especializados e instituciones culturales. La alfombra roja funcionaba como un espacio ritualizado donde los medios acreditados documentaban la llegada de actores, directores y productores, mientras las entrevistas y crónicas reforzaban el relato cultural de la gala. Hoy ese triángulo ha mutado. A los periodistas y críticos se ha sumado un nuevo actor: los creadores de contenido digital que por arte de birlibirloque han decidido invadir espacios que no les corresponden. Desde este punto de vista, figuras como Ona Gonfaus o Jessica Goicoechea serían intrusas culturales,  intermediarias no deseadas entre la industria cinematográfica y las nuevas audiencias.

Si un vídeo de treinta segundos puede despertar la curiosidad por una película española entre miles de seguidores, ¿no estarían  cumpliendo una función de difusión cultural? Pues no, zapatero a tus zapatos. “Hemos construido un mundo donde crear algo vale menos que acumular seguidores” sentenciaba recientemente Isabel Coixet. Siguiendo este hilo, Antonio Banderas se quedó a gusto: “Entiendo las críticas. Tendrían que venir los profesionales que hacemos esto, los que nos la jugamos frente a las cámaras y detrás de las cámaras, los técnicos, en fin, todo el mundo del cine que es muy complejo”.

La presencia de influencers en la gala no es un accidente. Responde a una estrategia consciente de ampliación de audiencias. En un contexto en el que el consumo cultural se desplaza cada vez más hacia plataformas como Instagram, TikTok o YouTube, la industria del entretenimiento ha entendido que la visibilidad en redes sociales se ha convertido en un capital mediático tan valioso como la cobertura de los medios tradicionales. Desde esta lógica, invitar a creadores de contenido con cientos de miles —o millones— de seguidores permite multiplicar la difusión del evento entre públicos que rara vez consumen prensa cultural. Sin embargo, esta decisión ha provocado una reacción crítica dentro del propio sector cinematográfico y periodístico. Para muchos profesionales del cine y del periodismo cultural, la proliferación de influencers en la alfombra roja implica un desplazamiento simbólico de quienes históricamente han construido el discurso crítico sobre el cine.

La crítica más repetida apunta a un problema muy concreto: el número de acreditaciones para prensa especializada ha disminuido en algunos casos, mientras aumentan las invitaciones para creadores digitales vinculados a marcas o plataformas. Desde esta perspectiva, el evento corre el riesgo de transformarse en una especie de escaparate promocional donde la lógica del marketing termina desplazando la conversación cultural.

El reproche no se limita a la distribución de invitaciones. También tiene que ver con el tipo de contenido que domina la cobertura digital de la gala. Mientras el periodismo cinematográfico se centra en las películas, las interpretaciones o las trayectorias de los cineastas, muchos contenidos generados por influencers priorizan aspectos como el estilismo, la experiencia personal del evento o la interacción con celebridades. La consecuencia, según los críticos, es una especie de banalización mediática del acontecimiento. Muchas de las influencers mencionadas en este artículo ni siquiera se molestan en ver las películas en competición, también es cierto que si presumen de denostar la lectura, que más le vamos a pedir a esta maraña de personajillos digitales, no le podemos pedir peras a Pombo. En otras palabras: la alfombra roja deja de ser un espacio de conversación cultural para convertirse en un escenario de contenido viral vacuo y simplista.

No obstante, reducir el fenómeno a una simple degradación cultural sería una lectura incompleta. Quienes defienden la presencia de influencers sostienen que el debate refleja, en realidad, un cambio estructural en la forma en que circula la cultura.

Las nuevas generaciones consumen información cultural de manera radicalmente distinta a la de hace veinte años. El descubrimiento de películas, series o artistas ya no se produce exclusivamente a través de críticas en prensa o programas televisivos, sino también mediante recomendaciones en redes sociales. En ese contexto, los creadores de contenido funcionan como intermediarios culturales capaces de conectar con audiencias que las instituciones tradicionales difícilmente alcanzan.

Desde este punto de vista, la presencia de influencers no sería una amenaza para el cine, sino una herramienta de difusión. Para la Academia de Cine y para muchas productoras, la viralidad que generan estas figuras puede contribuir a amplificar el impacto mediático de la gala y, por extensión, a despertar interés por las películas nominadas.

El conflicto, por tanto, no es únicamente generacional ni estético. Es también una disputa sobre quién tiene autoridad para hablar de cultura. Durante décadas, la legitimidad cultural se construía a través de circuitos relativamente cerrados: festivales, academias, crítica especializada y medios tradicionales. La irrupción de las redes sociales ha alterado ese equilibrio. Hoy la capacidad de prescripción ya no depende únicamente del conocimiento experto, sino también de la visibilidad y la influencia digital.

Este fenómeno no es exclusivo de España. Eventos internacionales como el Festival de Cannes, la MET Gala o incluso los Premios Oscar han experimentado debates similares. En todos estos espacios, la presencia creciente de influencers ha generado discusiones sobre el equilibrio entre prestigio cultural y visibilidad mediática.

La diferencia, quizás, es que en el caso de los Goya el contraste resulta más visible. El cine español mantiene una fuerte tradición de debate crítico y compromiso cultural, lo que amplifica la percepción de que la alfombra roja debería funcionar como un espacio prioritariamente vinculado al cine. En el fondo, la polémica revela un dilema que atraviesa muchas instituciones culturales contemporáneas: cómo adaptarse al ecosistema digital sin diluir su identidad cultural.

Si la gala se orienta exclusivamente hacia la viralidad, corre el riesgo de perder parte de su legitimidad artística. Pero si ignora las dinámicas de comunicación actuales, puede quedar aislada de nuevas audiencias. Entre ambos extremos se mueve hoy la Academia de Cine. Quizá por eso la discusión sobre influencers en los Goya genera tantas reacciones viscerales. No se trata solo de quién pisa la alfombra roja o de quién sostiene un micrófono frente a las cámaras. En realidad, lo que está en juego es algo más complejo: la redefinición del espacio público de la cultura en la era digital.

Porque si durante el siglo XX el prestigio cultural se construía en salas de cine, páginas de crítica y festivales internacionales, el siglo XXI ha trasladado parte de ese proceso a un territorio mucho más volátil: las redes sociales. Y en ese territorio, donde la visibilidad puede pesar tanto como el conocimiento, la alfombra roja de los Goya se ha convertido en un pequeño laboratorio de la batalla cultural contemporánea.

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