Tras el impacto de La noche del 12, Moll profundiza en una línea narrativa que ya no busca resolver el crimen, sino interrogar los sistemas que lo investigan. Presentada en el Festival de Cannes y distinguida con ocho nominaciones a los Premios César —incluida la categoría de mejor película—, la obra confirma la madurez de un cineasta que ha hecho de la ambigüedad su lenguaje más preciso.
En el centro del relato emerge Léa Drucker, cuya interpretación ha sido reconocida con el César a la mejor actriz. Su personaje, Stéphanie, agente de Asuntos Internos, encarna una figura liminal: alguien que investiga desde dentro, atrapada en la tensión irresoluble entre la lealtad al cuerpo policial y la exigencia ética de la verdad. El caso que se le asigna —un joven gravemente herido durante una manifestación en París— se despliega inicialmente bajo la lógica de lo verificable. No hay pruebas concluyentes de abuso policial ilegítimo. Sin embargo, el relato se desplaza cuando la investigación deja de ser un expediente y se convierte en una experiencia personal: la víctima pertenece a su entorno de origen. El número —137— deja de ser código para convertirse en herida.
La película se adentra en el clima de fricción social que marcó a Francia en los últimos años, especialmente durante las protestas de los llamados chalecos amarillos. Moll no se limita a reconstruir ese contexto: lo incorpora como materia viva. La inclusión de imágenes reales de las manifestaciones no funciona como ornamento documental, sino como dispositivo de fricción entre realidad y ficción. El espectador no observa; es interpelado desde una inmediatez que desactiva cualquier distancia cómoda.
Desde el punto de vista formal, Caso 137 adopta la estructura del procedural para desmontarla desde dentro. La investigación ya no garantiza transparencia; revela, en cambio, los límites de la rendición de cuentas dentro del propio sistema policial. Moll sostiene esta arquitectura sobre un trabajo de documentación minucioso, que incluye encuentros con miembros de la Inspección General de la Policía Nacional francesa y con juristas especializados. La película se construye, así, sobre una base de observación directa que refuerza su vocación de realismo sin concesiones. Cada escena parece responder a una pregunta previa, a una duda verificada en el terreno.
En ese contexto, la elección de Drucker no es anecdótica, sino estructural. El propio director ha reconocido que el personaje fue concebido desde el inicio con ella en mente, hasta el punto de resultar impensable otra encarnación posible. La actriz, con quien ya había colaborado previamente, aceptó el proyecto impulsada por una confianza plena en el guion y en la mirada de Moll. Ese vínculo se traduce en una interpretación que rehúye el exceso y apuesta por la precisión: un ejercicio de contención donde cada gesto adquiere peso específico.
Drucker articula un auténtico tour de force interpretativo, construido desde la observación y el rigor. Durante meses, se sumergió en el funcionamiento de Asuntos Internos, acompañando a sus profesionales, estudiando sus procedimientos, interiorizando sus tiempos. El resultado no es una imitación, sino una incorporación orgánica de una lógica institucional. Su personaje no explica: procesa, duda, resiste.
El filme avanza, así, como un mecanismo de desgaste. La investigación no esclarece; expone. Y en ese proceso, Caso 137 se configura como algo más que un thriller: una disección de las contradicciones internas de una institución que se vigila a sí misma mientras intenta preservar su legitimidad. Moll no ofrece respuestas, pero sí una pregunta que persiste más allá del metraje: ¿hasta dónde puede llegar un sistema cuando es obligado a mirarse sin filtros? En ese espacio de tensión, el cine encuentra su función más incómoda y, quizás, más necesaria.









