El programa se inaugura con un doble gesto que define su amplitud conceptual. Por un lado, Svadba, de Ana Sokolović, una ópera a capela que sitúa en el centro la noche previa a una boda, desplegando un universo femenino sostenido por la tradición oral, el imaginario balcánico y el peso simbólico de los rituales. Seis voces encarnan ese umbral entre lo íntimo y lo colectivo, donde el matrimonio aparece no solo como acontecimiento, sino como mecanismo de transformación social y afectiva. Por otro, Klara, de Pedro Halffter, introduce un desplazamiento radical hacia lo futurista: un único cuerpo en escena —el de la soprano Vanessa Goikoetxea— encarna a un robot dotado de conciencia que interroga su propia existencia en un entorno mediado por tecnologías inmersivas, holografías y proyecciones tridimensionales. La pieza articula un diálogo entre música, inteligencia artificial y pensamiento contemporáneo, incorporando elementos como el haiku para construir una poética fragmentaria del presente.
Ese arco entre lo ancestral y lo tecnológico encuentra un contrapunto en la recuperación de Pericca e Varrone, de Alessandro Scarlatti, intermedio cómico de una ópera seria del siglo XVIII. Interpretada con instrumentos de época por el conjunto La Madrileña bajo la dirección de José Antonio Montaño y con una propuesta escénica de Ignacio García, la obra despliega un dispositivo orientado al entretenimiento a través del juego teatral, literario y musical. Lejos de la monumentalidad operística, esta pieza reivindica el valor del formato breve como espacio de ligereza, ironía y precisión.
En el núcleo de la programación emergen dos hitos que condensan la ambición del festival. Estètica i massacre, compuesta por Carles Prat a partir del programa Òh!pera del Liceu y dirigida escénicamente por Oriol Pla, introduce una lectura crítica sobre los regímenes contemporáneos del cuerpo. El libreto de Carlota Gurt articula una sátira sobre la presión estética que atraviesa tanto a mujeres como, cada vez más, a hombres, a través de una pareja que encarna un conflicto extremo: ella renuncia al cuidado corporal mientras él reconfigura su identidad mediante intervenciones quirúrgicas que se proyectan y viralizan en redes sociales. La obra funciona así como un espejo deformante de la cultura de la imagen y sus dispositivos de validación.
En paralelo, La clausura del amor se erige como uno de los ejes centrales de la edición. Estreno mundial basado en el texto de Pascal Rambert, con música de Reyes Oteo y dirección de Ricardo Campelo, la pieza traslada al lenguaje operístico la intensidad del conflicto íntimo. Una pareja en ruptura —interpretada por Ruth González y Enrique Sánchez-Ramos— se enfrenta en escena en un dispositivo que amplifica la distancia emocional mediante recursos escenográficos como la retransmisión en directo de sus rostros. La obra no se limita a narrar el final de una relación, sino que lo convierte en una experiencia sensorial donde la escucha, la incomunicación y la fractura afectiva adquieren una dimensión casi física.
El festival amplía su alcance con el proyecto colectivo La Plaza, orientado a la creación emergente y a la hibridación de disciplinas. A través de una residencia en el Centro Cultural Paco Rabal y un estreno en el espacio público de Alcalá de Henares, esta iniciativa desplaza la ópera hacia territorios menos codificados, incorporando nuevas voces y lenguajes contemporáneos.
A esta dimensión creativa se suma un componente reflexivo a través del Espacio de Pensamiento, que bajo el título El futuro es ahora convoca a profesionales, compositores y libretistas para debatir sobre las líneas de desarrollo del género. Esta apertura al análisis no funciona como complemento, sino como parte estructural de un proyecto que entiende la práctica artística en diálogo con su contexto.
En esa misma lógica se inscribe ARCA, una nueva área dedicada al archivo, estudio y cartografía de la ópera de cámara en España desde el año 2000. Más que un repositorio, ARCA opera como un instrumento de ordenación y activación del conocimiento, generando herramientas concretas —base de datos, plataforma digital, informes— destinadas a programadores, creadores e instituciones.
Ópera a quemarropa no se limita así a programar espectáculos. Construye un ecosistema. Produce obras, pero también discurso, memoria y estructura. En un contexto cultural marcado por la fragmentación, el festival articula una red que conecta creación, investigación y circulación, consolidando un modelo que sitúa a Madrid en una posición estratégica dentro de la ópera contemporánea.









