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«Utopía en llamas» visibiliza la trata de mujeres y niñas, apuntando a los hombres que la sostienen

En un presente que ha aprendido a convivir con la violencia mientras la desplaza fuera de campo,«Utopía en llamas» irrumpe como un dispositivo escénico que obliga a mirar allí donde la mirada suele retirarse. Dirigida por Concha Delgado y Sandra Ferrús, con dramaturgia de Alda Lozano, la pieza se presenta en el Centro Dramático Nacional como una cartografía fragmentada —un collage— de la tragedia contemporánea de las mujeres atrapadas en redes de explotación sexual. El montaje puede verse hasta al 26 de abril en el Teatro María Guerrero, convertido aquí en un espacio de confrontación más que de representación.

La obra se abre con una pregunta aparentemente banal: «¿Quién está contento esta noche?». A partir de ese gesto, cinco hombres emergen del propio público, rompen la convención teatral y transforman la sala en un espacio híbrido entre fiesta y confesión. Música tecno, alcohol, relatos personales. La escena crece hasta que uno de ellos lanza una consigna que condensa el sentido del montaje: «¿Un Putopía o qué?». El término, entre la ironía y la crudeza, nombra el lugar donde se desarrollará la acción: un local de alterne situado en un punto impreciso —kilómetro cinco de una carretera de polígono— que podría ser cualquiera.

Desde ahí, la pieza desplaza el foco. No se limita a narrar la violencia sobre las víctimas, sino que interroga a quienes la hacen posible. Ferrús lo formula con claridad: el centro del relato son los hombres que sostienen estas estructuras. Delgado insiste en la proximidad inquietante de esos perfiles: no son figuras marginales, sino sujetos reconocibles, integrados, incluso afables. La obra no construye monstruos; expone normalidades.

En ese dispositivo, Alda Lozano ocupa una posición central. Interpreta a todas las mujeres esclavizadas en el Utopía, pero lo hace sin ocultar su propia identidad, sin mimetizarse con los personajes. Su voz funciona como un canal que atraviesa múltiples historias sin disolverse en ellas. No busca la representación mimética, sino la visibilización de una ausencia: la de unas mujeres sistemáticamente borradas del relato social. Su presencia escénica activa una tensión constante entre privilegio y denuncia, entre distancia y encarnación.

Frente a ella, cinco intérpretes —Roberto Hoyo, Jorge Machín, Rafa Núñez, Txabi Pérez y José Juan Rodríguez— construyen un mosaico de masculinidades que operan dentro del sistema de explotación. No hay caricatura, sino reconocimiento. Los actores interactúan con el público, buscan su complicidad, generan empatía. Y ahí se produce uno de los desplazamientos más incómodos de la pieza: el espectador se descubre riendo, asentando, aceptando. La violencia no aparece como un estallido, sino como una práctica normalizada.

La escenografía, diseñada por Javier Burgos, refuerza esa implicación. El espectador no ocupa una butaca, sino que se inserta en un espacio que replica el interior del local. Sillas, sofás, taburetes: un entorno doméstico que diluye la distancia entre escena y realidad. El espacio se articula en distintas zonas. En la más visible, la fiesta. En otra, inspirada en un escaparate, lo que sucede se intuye más que se muestra. Allí, las mujeres se convierten en mercancía, en superficie expuesta. La violencia se desplaza a un plano sugerido, pero no por ello menos presente.

La puesta en escena, de base realista, incorpora elementos simbólicos que amplifican su lectura: la videoescena inmersiva del propio Burgos, el vestuario de Anna Tusell —que rehúye los estereotipos asociados a la prostitución—, la iluminación de Paloma Parra, el diseño sonoro de Sandra Vicente y la coreografía de Dácil González. Todos estos elementos configuran un lenguaje escénico que no busca embellecer, sino intensificar.

Utopía en llamas no ofrece respuestas. Formula preguntas que se acumulan sin resolverse: qué ocurre en el cuerpo y en la mente de quien es explotada, qué sucede en quien explota, qué papel desempeña una sociedad que convive con ambas realidades. La obra no pretende clausurar el debate, sino abrirlo desde la incomodidad.

En ese gesto, el teatro recupera una de sus funciones más urgentes: no tranquilizar, sino desestabilizar. Aquí, el espectador no sale con una conclusión, sino con una sospecha: la de formar parte, de algún modo, del sistema que acaba de observar.

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