La obra llega como una inmersión en la España isabelina, pero su verdadera fuerza reside en la capacidad de convertir aquel tiempo histórico en una imagen incómodamente reconocible. Valle-Inclán observa el poder desde la deformación, la ironía y la violencia estética del grotesco. Isabel II y su corte aparecen como figuras atrapadas en una coreografía de privilegios, oportunismo, doble moral y decadencia. Madrid se convierte en un territorio donde la miseria convive con el disfraz social, donde la autoridad se representa como farsa y donde la política se degrada hasta adquirir la forma de una mascarada.
Ana Zamora asume ese material desde una mirada contemporánea. Su lectura parte de las contradicciones de unos personajes que no son simples caricaturas históricas, sino síntomas de una sociedad enferma de apariencias. En ‘Farsa y licencia de la reina castiza’, lo cómico y lo trágico avanzan unidos. La risa no funciona como alivio, sino como una forma de lucidez. El humor revela aquello que el discurso solemne suele ocultar: los abusos del poder, la fragilidad de las instituciones, la facilidad con que una comunidad normaliza la corrupción cuando esta se reviste de costumbre, linaje o protocolo.
Valle-Inclán construyó en esta pieza un gran retablo político y social. Su lenguaje popular, cargado de ironía, empuja la realidad hacia una zona de exceso donde todo parece absurdo y, precisamente por eso, todo resulta reconocible. La deformación no aleja la obra del mundo, la aproxima con una crudeza mayor. El esperpento no embellece la realidad ni la convierte en anécdota pintoresca. La descompone para mostrar sus mecanismos internos. En esa operación se encuentra la vigencia del texto: la España de los salones, las intrigas y los privilegios aparece como una estructura moral que cambia de vestuario, pero conserva demasiadas inercias.
La propuesta de Zamora recupera esa energía crítica sin reducir la obra a una pieza de museo. El montaje plantea un diálogo directo con el presente desde la conciencia de que ciertos ciclos históricos parecen repetirse generación tras generación. La sátira valleinclanesca opera aquí como una herramienta de análisis. El poder desfila como representación. La corte se muestra como teatro dentro del teatro. Los personajes encarnan una sociedad que se mira en su propio deterioro y sigue actuando como si la máscara pudiera sustituir a la verdad.
El interés de ‘Farsa y licencia de la reina castiza’ reside también en su teatralidad exuberante. Valle-Inclán no escribe una denuncia plana, sino una arquitectura verbal y escénica donde cada exceso tiene una función. La exageración ilumina. La burla hiere. La palabra popular atraviesa la escena con una vitalidad que desestabiliza el barniz solemne de la historia oficial. Desde esa perspectiva, el texto transforma la España isabelina en un laboratorio del esperpento, pero también en una advertencia sobre la relación entre memoria política y repetición social.
El elenco está integrado por Miguel Ángel Amor, Paula Iwasaki, Alejandro Pau, Aisa Pérez, Rafael Ortiz e Isabel Zamora. La puesta en escena reúne un equipo artístico que refuerza la dimensión plástica, sonora y corporal del montaje: Víctor Pliego de Andrés firma la dirección musical; Vicente Fuentes asume el trabajo de voz y palabra; Deborah Macías se encarga del vestuario; David Faraco desarrolla la escenografía y el trabajo de objetos; Juan Gómez-Cornejo firma la iluminación, y Javier García Ávila la coreografía.
La llegada de Nao d’amores al Teatro Español añade otro elemento relevante. La compañía segoviana, reconocida por su trabajo con materiales escénicos de raíz histórica, se presenta por primera vez en este espacio municipal a través de una obra que exige precisión filológica, imaginación teatral y conciencia crítica. En manos de Ana Zamora, Valle-Inclán aparece como un autor vivo, capaz de intervenir todavía en la conversación pública desde una lengua que incomoda, divierte y desnuda.
‘Farsa y licencia de la reina castiza’ podrá verse a las 19:30 horas, con una duración aproximada de 80 minutos. Su estreno en la Sala Pequeña – Margarita Xirgu propone una vuelta al esperpento como instrumento de lectura del presente. En tiempos donde la política tiende a confundirse con representación permanente, Valle-Inclán recuerda que la farsa no pertenece únicamente al pasado. A veces, el teatro la revela antes de que la sociedad admita que sigue instalada en ella.









