Lejos de formular un discurso explícito sobre la salud mental, la obra se articula como una exploración de estados atravesados. No se trata de diagnosticar, sino de habitar. Nassangar trabaja sobre una materia más inestable: la coexistencia de experiencias que no se ordenan, que permanecen activas en el presente y que, lejos de resolverse, configuran una identidad en permanente negociación. La pieza se alimenta de su propia biografía, pero evita cualquier tentación confesional para situarse en un plano más estructural: aquello que el cuerpo acumula cuando no puede nombrar lo que le sucede.
La propia artista ha señalado el punto de inflexión que da origen a STUCK: la experiencia de sentirse atrapada, tanto física como psicológicamente, sin una conciencia inmediata de ese estado. Es el cuerpo —y no la razón— el que termina por emitir la señal, el que habla cuando el lenguaje falla o cuando alguien externo fuerza a escuchar. A partir de ahí, la aceptación se convierte en una operación inevitable: asumir lo que ocurre en el interior y en el exterior como condición previa a cualquier transformación.
En este sentido, la obra se sostiene sobre una premisa que atraviesa toda su estructura: las experiencias, independientemente de su intensidad, dejan una huella que se inscribe en el cuerpo. Esa inscripción no es metafórica, sino material. El cansancio, el agotamiento o la dificultad para avanzar dejan de entenderse como anomalías para adquirir la condición de realidades complejas que requieren ser reconocidas. Solo desde esa aceptación es posible alterar su forma.
El lenguaje que articula esta investigación es el waacking, una danza urbana surgida en los clubes de los años setenta, profundamente vinculada a la cultura queer. En manos de Nassangar, este código no funciona como cita ni como gesto nostálgico, sino como una herramienta de precisión expresiva. El waacking aporta velocidad, intensidad y una fisicalidad incisiva que permite traducir lo intangible en gesto. No hay aquí voluntad de estilización vacía, sino una utilización consciente del lenguaje como mecanismo de pensamiento.
Cinco intérpretes —Suzanne Degennaro, Serena Freira, Oumrata Konan, Nicole Kufeld y Carla Parcianello— encarnan este tránsito entre lo invisible y lo visible. Sus cuerpos operan como superficies de inscripción donde las tensiones, las contradicciones y las emociones encuentran una forma compartida. La escena no se presenta como un espacio de representación, sino como un campo de activación donde lo individual se desplaza hacia lo colectivo, implicando al espectador en una experiencia que oscila entre la identificación y la incomodidad.
La trayectoria de Nassangar refuerza la densidad de esta propuesta. Coreógrafa, bailarina y artista multidisciplinar, su recorrido se ha desarrollado en la intersección entre danza, moda y audiovisual. Colaboraciones con figuras como Jean-Paul Gaultier o Gaspar Noé no han diluido su lenguaje, sino que han ampliado su campo de acción. Formada en distintos estilos urbanos —del popping al house, del dancehall al street jazz—, encuentra en el waacking una estructura desde la que pensar el cuerpo como archivo y como herramienta política.
Su inserción en la cultura ballroom parisina introduce, además, una dimensión comunitaria que atraviesa su trabajo. En ese cruce entre lo subterráneo y lo institucional, Nassangar articula una práctica que no busca domesticar los códigos de origen, sino expandirlos hacia nuevos contextos sin perder su carga crítica. STUCK funciona, en este sentido, como un punto de condensación: una primera pieza que no inaugura un lenguaje, sino que lo reorganiza.
El resultado es una obra que rehúye la espectacularidad como fin y se instala en una lógica más incómoda. Cada movimiento se convierte en una negociación entre límite y posibilidad, entre aquello que paraliza y aquello que, precisamente por su resistencia, puede transformarse. El cuerpo aparece así como un territorio en disputa, pero también como el único lugar desde el que es posible reconfigurar lo vivido.
En un contexto escénico cada vez más atravesado por la sobreproducción de imágenes, STUCK introduce una pausa tensa. No busca agradar ni ofrecer respuestas cerradas. Activa, en cambio, una pregunta más radical: qué ocurre cuando el cuerpo deja de obedecer al lenguaje y comienza a hablar por su cuenta. En esa fisura, en ese desplazamiento, se sitúa la potencia de la propuesta de Mounia Nassangar.









