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Avenida de los Neutrales, esquina Libertad

El fascismo no necesita siempre una multitud con antorchas. A veces le basta con una sociedad autocomplaciente, una ciudadanía bien peinada, un “todos son iguales”, una pantalla encendida y millones de personas repitiendo, casi con orgullo terapéutico ese mantra ya impertinente: libertad. El fascismo rara vez empieza como una tormenta. Empieza como una bajada de párpados. Como una renuncia pequeña. Como una frase amable: “hay que ver el lado positivo”. Como una consigna de autoayuda pegada en la nevera mientras afuera se incendia el barrio. Hoy, el totalitarismo más abyecto se impone con consejos –que se tornan decretos- tales como “vivir el presente”, “olvidar el pasado”, “no pensar en el futuro”, o la tan demoledora “piensa en ti mismo”. Así es la avenida de los Neutrales, esquina Libertad.

No asistimos exactamente al auge del fascismo. Los fascistas son los de siempre: idénticos en su naturaleza colonizadora e invasiva, en su necesidad de señalar cuerpos, acentos, pieles, deseos, derrotados. Lo que crece es otra cosa más peligrosa y más elegante: la aceptación. Crece el ejército blando de los neutrales. La no queja. Crece esa multitud que no grita, pero aparta la mirada. El no golpea, pero deja hacer. Que no firma la sentencia, pero se sienta a esperar el resultado con una copa en la mano.

La época ha inventado una espiritualidad de escaparate para domesticar la rabia. Nos pide transformar el dolor en oportunidad, la precariedad en aprendizaje, la humillación en resiliencia, la injusticia en una clase magistral sobre crecimiento personal. Todo fracaso debe convertirse en limonada. Toda herida debe producir una versión mejorada de nosotros mismos. Toda derrota debe ser administrada con gratitud. La queja ha sido declarada vulgar. La resistencia, tóxica. La indignación, una falta de madurez emocional.

Ahí está la gran operación cultural del presente: convertir el sistema en paisaje y la culpa en biografía. Si no llegas, no es el alquiler imposible, ni el salario devorado, ni la ciudad vendida al turismo, ni el algoritmo que te empuja hacia la ansiedad, ni la política convertida en espectáculo de crueldad. Eres tú. Tú no supiste adaptarte. Tú no vibraste alto. Tú no gestionaste bien el fracaso. Tú no encontraste la oportunidad escondida bajo la bota.

Ese discurso fabrica individuos obedientes con apariencia de libertad. Les promete éxito personal mientras desmantela la idea de destino común. Les enseña a sobrevivir solos en un edificio que se derrumba. Les vende calma como quien vende perfume. Les enseña a no mirar al vecino caído porque mirar demasiado puede romper la estética del bienestar.

La cultura contemporánea tiene ahí una misión abrasadora: romper el cristal. Viajar, crear, escribir, filmar, mirar una ciudad, entrar en una galería, escuchar una voz nueva, ya no puede reducirse a consumir experiencias bellas. La creación debe volver a ser una forma de peligro. Una linterna en la boca del túnel. Una piedra contra la vitrina donde el poder exhibe su versión higiénica del mundo. Los nuevos escenarios para la creación nacen allí donde alguien se niega a aceptar que la neutralidad sea una virtud.

Porque la neutralidad, cuando avanza la barbarie, nunca es inocente. Es una carretera despejada. Una alfombra extendida. Una avenida ancha, luminosa, perfectamente señalizada, por donde el autoritarismo camina sin mancharse los zapatos. No necesita vencer todas las conciencias. Le basta con anestesiarlas. Le basta con que demasiados confundan prudencia con inteligencia, silencio con equilibrio, adaptación con lucidez.

Los neutrales dirán que no era su guerra. Que ellos solo querían vivir tranquilos. Que bastante tenían con lo suyo. Pero toda época oscura se construye también con quienes quisieron conservar intacta su pequeña paz mientras otros perdían el nombre, la casa, la voz o el futuro.

Resistir no es vivir contra la vida. Resistir es impedir que la vida sea administrada por quienes aman el miedo. Quejarse, a veces, es salvar la última brasa de dignidad. Decir no, cuando todos recomiendan fluir, puede ser el acto más luminoso de una conciencia. Porque cuando el mundo se arrodilla ante la resignación, la verdadera belleza empieza en quien todavía se atreve a incomodar.

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