Has sido recientemente incluida en la “Lista de los 15 mejores proyectos de liderazgo transformador Urban Beat 2026”. ¿Qué significa para ti que se reconozca como proyecto de liderazgo una iniciativa centrada en algo tan cotidiano y tan determinante como nuestra relación con el dinero?
Para mí es un reconocimiento muy especial porque confirma algo que siempre he defendido: hablar de dinero no es hablar únicamente de números, sino de libertad, seguridad, dignidad y capacidad de decisión. El dinero atraviesa casi todas las áreas de nuestra vida: la vivienda, la familia, la salud, el trabajo, la posibilidad de emprender o incluso la capacidad de salir de una relación o de una situación que no nos hace bien.
Que un proyecto centrado en la educación y la planificación financiera sea reconocido como liderazgo transformador significa entender que el liderazgo no consiste solo en dirigir empresas o equipos. También consiste en ayudar a que otras personas comprendan mejor su realidad, recuperen el control y puedan decidir con mayor autonomía. Eso es lo que buscamos en Finanzas Conscientes: convertir conocimientos que tradicionalmente han estado reservados a unos pocos en herramientas comprensibles y aplicables para muchas personas.
También lo recibo como un reconocimiento al equipo. Finanzas Conscientes ya no es únicamente mi proyecto personal: es una empresa formada por profesionales que comparten una misma forma de trabajar, basada en la honestidad, el rigor, la cercanía y el compromiso real con las personas. Haber acompañado a más de 300 clientes y haber mentorizado a personas cuyo patrimonio total suma más de 15 millones de euros demuestra que existe una necesidad enorme de recibir orientación financiera independiente, clara y humana.
Tu propia historia está marcada por la experiencia de una familia humilde y por la inestabilidad económica que viviste durante la crisis de 2008. ¿Hasta qué punto esa experiencia personal determinó tu manera de entender hoy las finanzas y tu vocación de ayudar a otras personas?
La determinó profundamente. Crecer en una familia humilde y vivir de cerca la inestabilidad económica durante la crisis de 2008 me hizo comprender muy pronto que el dinero no es una cuestión superficial. Cuando falta estabilidad económica, no solo se reducen las opciones de consumo: aparecen miedo, incertidumbre, discusiones, renuncias y una sensación permanente de vulnerabilidad.
Aquella experiencia despertó en mí una necesidad muy fuerte de entender cómo funcionaba el dinero. No quería limitarme a aceptar que la economía era algo que simplemente «ocurría» y ante lo que una familia no podía hacer nada. Quería aprender por qué unas personas podían protegerse mejor que otras, cómo se construía un patrimonio y qué decisiones permitían ganar margen de maniobra. Esa inquietud me llevó a formarme, a trabajar primero en entornos como EY, después como controller en el sector farmacéutico y más tarde en el ámbito del asesoramiento financiero.
Con el tiempo comprendí que el conocimiento financiero podía cambiar vidas, pero también que muchas explicaciones estaban diseñadas para expertos y no para personas normales. De ahí nace mi vocación: explicar lo difícil de forma sencilla, sin infantilizar a nadie y sin esconder los riesgos. Mi historia me dio ambición, pero también conciencia social. No quería aprender solo para protegerme yo; quería que ese conocimiento llegara a quienes nunca habían tenido acceso a él.
Hablas de «democratizar la educación financiera». ¿Por qué crees que sigue existiendo una brecha tan grande entre quienes tienen conocimientos para gestionar su dinero y quienes se sienten completamente perdidos ante conceptos como ahorro, inversión, deuda o patrimonio?
Porque el sistema ha normalizado que utilicemos dinero durante toda la vida sin enseñarnos a gestionarlo. Podemos terminar la educación obligatoria sabiendo resolver ecuaciones, pero sin comprender una nómina, una hipoteca, el interés compuesto, la inflación, la fiscalidad básica o la diferencia entre ahorrar e invertir. Después se espera que tomemos decisiones patrimoniales complejas sin formación y, muchas veces, bajo presión comercial.
Además, existe una brecha de lenguaje y de acceso. La información financiera suele presentarse con tecnicismos y el asesoramiento de calidad se ha vinculado históricamente a patrimonios elevados. Quien nace en una familia donde se habla de inversión, empresas o fiscalidad parte con una ventaja enorme; quien no tiene ese entorno debe aprender a base de errores, y algunos errores financieros tardan años en corregirse.
Democratizar no significa decir que todas las personas deben comprar el mismo producto ni convertir a todo el mundo en especialista. Significa que cualquiera pueda comprender las consecuencias de sus decisiones, hacer las preguntas correctas, detectar conflictos de interés y acceder a una planificación adaptada a su realidad. El objetivo no es que la persona delegue ciegamente, sino que pueda decidir con criterio.
Muchas personas relacionan las finanzas con números, rentabilidad y mercados, pero tú también hablas de creencias, emociones y de nuestra relación con el dinero. ¿Qué papel juega la educación emocional en la salud financiera?
Un papel central. Podemos conocer perfectamente la teoría y, aun así, tomar malas decisiones si no entendemos qué emociones las están dirigiendo. El miedo puede mantenernos paralizados durante años; la euforia puede llevarnos a asumir riesgos que no comprendemos; la culpa puede impedirnos disfrutar del dinero; y la necesidad de aparentar puede empujarnos a consumir o endeudarnos para sostener una imagen.
Nuestra relación con el dinero se construye desde la infancia. Aprendemos observando cómo se hablaba de él en casa, si era fuente de conflicto, si se asociaba al sacrificio, si se consideraba algo sucio o si nunca se hablaba del tema. Esas creencias influyen después en cuánto cobramos, cuánto gastamos, cómo invertimos y qué nivel de incertidumbre somos capaces de tolerar.
Por eso, una buena educación financiera debe unir conocimiento técnico y autoconocimiento. Antes de construir una cartera hay que entender los objetivos, los miedos, el horizonte temporal y la capacidad real de asumir pérdidas. Una estrategia excelente sobre el papel deja de serlo si la persona no puede sostenerla emocionalmente cuando llega una caída del mercado.
La precariedad, los salarios insuficientes, el coste de la vivienda o la incertidumbre laboral condicionan las posibilidades reales de ahorrar. ¿Hasta dónde puede llegar la responsabilidad individual y dónde empiezan los factores sociales y económicos que escapan al control de una persona?
La responsabilidad individual existe, pero no opera en el vacío. Hay decisiones que dependen de nosotros: conocer nuestros números, priorizar gastos, evitar determinadas deudas, mejorar nuestra formación, negociar ingresos, crear un fondo de emergencia o empezar a invertir cuando sea posible. Negar esa capacidad de acción tampoco ayuda, porque nos deja sin herramientas.
Pero sería injusto afirmar que todas las personas parten del mismo lugar o que todo se resuelve organizándose mejor. Si un salario apenas cubre vivienda, alimentación y suministros, el problema no es que falte una hoja de cálculo. Influyen el mercado laboral, el precio de la vivienda, la fiscalidad, las cargas familiares, la salud, el lugar de nacimiento y la red de apoyo disponible. Hay situaciones en las que el margen individual es objetivamente muy pequeño.
La educación financiera puede ayudar a aprovechar mejor el margen que existe, pero no sustituye políticas públicas eficaces ni corrige por sí sola desigualdades estructurales. Debemos sostener las dos ideas a la vez: reclamar mejores condiciones colectivas y ofrecer herramientas prácticas para que cada persona pueda protegerse y avanzar desde su punto de partida.
En ocasiones parece que la conversación sobre «libertad financiera» transmite la idea de que cualquiera puede conseguirla si se esfuerza lo suficiente. ¿Cómo evitar que este discurso termine culpabilizando a quienes viven situaciones económicas especialmente difíciles?
Empezando por abandonar las promesas fáciles. La libertad financiera no es una fórmula universal ni se consigue necesariamente dejando de tomar café, emprendiendo o invirtiendo en el activo de moda. Influyen los ingresos, el patrimonio familiar, el tiempo disponible, las responsabilidades de cuidado, la salud, el contexto económico y también la suerte. El esfuerzo importa, pero no explica por sí solo todos los resultados.
Yo prefiero hablar de autonomía y de progreso financiero. Para una persona, avanzar puede significar construir un fondo de emergencia de tres meses; para otra, cancelar una deuda; para otra, preparar su jubilación; y para otra, organizar varios millones de euros con criterios fiscales, sucesorios y de protección patrimonial. No hay una única meta válida.
Evitar la culpabilización exige escuchar antes de prescribir, reconocer las limitaciones reales y medir el éxito en relación con el punto de partida. La educación financiera debe ampliar posibilidades, no convertirse en otra fuente de vergüenza. Y quien comunica sobre dinero tiene la responsabilidad de no vender excepciones como si fueran resultados garantizados.
También defiendes que una buena planificación financiera debe adaptarse a los objetivos, recursos y circunstancias de cada persona. ¿Qué nos dice esto sobre la necesidad de abandonar soluciones financieras universales y entender que no existe una única manera de vivir, ahorrar o construir un patrimonio?
Nos dice que una recomendación financiera solo es buena si encaja en una vida concreta. Dos personas con el mismo capital pueden necesitar estrategias completamente distintas según su edad, estabilidad laboral, familia, fiscalidad, residencia, deudas, horizonte temporal, conocimientos, objetivos y tolerancia al riesgo. Incluso una rentabilidad atractiva puede ser una mala decisión si obliga a inmovilizar un dinero que la persona necesitará pronto o si el riesgo no ha sido comprendido.
Por eso, en Finanzas Conscientes no empezamos preguntando «¿en qué quieres invertir?», sino «¿para qué necesitas tu dinero y qué vida quieres construir?». Primero analizamos liquidez, protección, deuda, capacidad de ahorro, objetivos y estructura patrimonial; después acompañamos a las personas con educación financiera para que decidan libremente en qué instrumentos puede tener sentido invertir. En patrimonios más complejos, además, la planificación debe coordinar inversión, fiscalidad, sociedades, sucesión y protección jurídica. Una buena planificación no busca el producto perfecto, porque no existe. Busca una combinación coherente de decisiones que la persona entienda, pueda sostener y revise cuando cambien sus circunstancias.
La educación financiera apenas forma parte de la educación tradicional. ¿Crees que debería enseñarse desde la infancia y, si es así, qué conocimientos consideras imprescindibles para que un joven llegue a la vida adulta con mayor autonomía?
Sí, debería enseñarse desde la infancia y de forma práctica para que se entienda que cada elección tiene un coste y que planificar permite ganar libertad. La formación debería adaptarse a cada edad y utilizar situaciones reales, no limitarse a memorizar definiciones.
Un joven debería llegar a la vida adulta sabiendo elaborar un presupuesto, distinguir necesidades de deseos, crear un fondo de emergencia, comprender una nómina y los impuestos básicos, comparar una cuenta bancaria o un préstamo, calcular el coste real de una deuda y reconocer el efecto de la inflación. También debería conocer la diferencia entre ahorrar e invertir, la relación entre rentabilidad, riesgo y liquidez, la diversificación, el interés compuesto, las comisiones y las señales de una estafa.
Existe además una dimensión de género en la relación con el dinero: diferencias salariales, interrupciones de la carrera profesional, cuidados, dependencia económica o menor participación histórica de las mujeres en las decisiones patrimoniales. ¿Qué papel puede desempeñar la educación financiera en la autonomía económica de las mujeres?
Puede desempeñar un papel decisivo. La autonomía económica no consiste únicamente en generar ingresos; también implica saber administrarlos, protegerlos, invertirlos y participar en las decisiones patrimoniales de la familia. Una persona puede trabajar y, sin embargo, desconocer por completo las cuentas, las deudas, los seguros o las inversiones del hogar. Esa dependencia informativa también es dependencia económica.
Las mujeres afrontan además obstáculos específicos: brecha salarial, mayor dedicación a los cuidados, interrupciones profesionales y, como consecuencia, menor capacidad de ahorro y pensiones futuras más bajas. A ello se suma que muchas han sido educadas para ser prudentes con el dinero, pero no necesariamente para negociar, invertir o asumir riesgos calculados.
La educación financiera permite anticipar esas consecuencias, reclamar participación, construir patrimonio propio y tomar decisiones con independencia. También puede ser una herramienta de protección frente al control económico dentro de una relación. Mi mensaje es claro: delegar determinadas tareas puede ser razonable; renunciar a entender y decidir sobre el propio patrimonio, no.
En tu trabajo pones mucho énfasis en la cercanía, la confianza y la transparencia, incluida la explicación de los aspectos positivos y negativos de cada opción. ¿Por qué crees que estos valores son especialmente importantes cuando hablamos de algo tan sensible como el dinero de una persona?
Porque detrás de una cifra casi siempre hay años de trabajo, sacrificios, expectativas familiares y miedo a equivocarse. Una persona no entrega solamente datos financieros: comparte decisiones íntimas y, muchas veces, preocupaciones que no ha contado a nadie. Esa confianza exige respeto, confidencialidad y una enorme responsabilidad profesional.
La transparencia significa explicar tanto las oportunidades como los riesgos, las comisiones, la liquidez, la fiscalidad, los plazos y los posibles conflictos de interés. Si una opción tiene un aspecto negativo relevante, ocultarlo para facilitar una venta no es asesorar. Nuestro trabajo consiste en ayudar a tomar decisiones informadas, incluso cuando la conclusión sea no invertir, esperar o elegir una alternativa menos rentable, pero más adecuada.
La cercanía tampoco está reñida con el rigor. De hecho, explicar algo con claridad obliga a comprenderlo muy bien. En Finanzas Conscientes queremos que el cliente se sienta acompañado, pero no dependiente: debe saber qué tiene, por qué lo tiene y qué podría ocurrir en distintos escenarios.
Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan constantemente a consumir, endeudarnos e invertir rápidamente, mientras las redes sociales han multiplicado también los consejos financieros de dudosa calidad. ¿Cómo puede una persona distinguir entre información financiera útil y ruido?
La primera señal es desconfiar de quien promete rentabilidades elevadas, rápidas y prácticamente sin riesgo. La presión para decidir impide hacer preguntas, y las buenas decisiones patrimoniales rara vez necesitan un cronómetro. También hay que comprobar quién comunica, qué formación y experiencia tiene, si está sujeto a regulación cuando corresponde y cómo gana dinero. Después conviene revisar si explica los riesgos con el mismo detalle que los beneficios, si distingue hechos de opiniones, si aporta fuentes contrastables y si reconoce límites. Una persona fiable no necesita aparentar certeza absoluta sobre el futuro de los mercados.
Por último, la información general no debe confundirse con asesoramiento personalizado. Un contenido puede ser correcto y, aun así, no ser adecuado para una persona concreta. Antes de invertir hay que comprender el producto, la entidad, las comisiones, la liquidez, la fiscalidad, los escenarios de pérdida y cómo encaja en el conjunto del patrimonio. Si no puede explicarse con palabras sencillas, todavía no se entiende lo suficiente como para asumir el riesgo.
Si tuvieras que resumir en una sola idea qué transformación te gustaría provocar en las personas que pasan por tus programas de educación y planificación financiera, ¿cuál sería? ¿Y qué cambio social te gustaría que produjera esa transformación individual?
Me gustaría que pasaran del miedo y la confusión a la capacidad de decidir con conocimiento y serenidad. No quiero que salgan pensando que alguien va a gestionar su vida financiera por ellos, sino que comprendan su situación, tengan un plan y sepan hacer las preguntas adecuadas. Para mí, el resultado más valioso es escuchar a una persona decir: «Ahora entiendo lo que tengo, por qué lo tengo y qué pasos debo dar».
A escala social, me gustaría que hablar de dinero dejara de ser un privilegio, un tabú o un terreno dominado por intereses comerciales. Una sociedad con más educación financiera es menos vulnerable a estafas, sobreendeudamiento, decisiones impulsivas y relaciones de dependencia. También es una sociedad con personas capaces de planificar a largo plazo, emprender con mayor criterio y exigir más transparencia a las instituciones.
Si tuviera que condensarlo en una frase, sería esta: transformar conocimiento financiero en autonomía real. Porque cuando una persona entiende su dinero, no solo mejora una cuenta bancaria; amplía su capacidad para elegir la vida que quiere construir.
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