Sara Uribe transforma a Antígona en una figura plural. Ya no es únicamente la joven que desafía al poder para enterrar a su hermano, sino una mujer colectiva que encarna a miles de madres, hermanas e hijas que recorren México en busca de un cuerpo, de una certeza, de un duelo posible. La obra se articula como un coro fragmentado, un mosaico de voces que se superponen: las de quienes buscan, las de quienes han desaparecido, las de la indiferencia social y la impunidad institucional. En esa polifonía emerge el retrato de un país marcado por la violencia estructural y el silencio.
En escena, De Tavira da vida a una Antígona contemporánea que ha perdido a su hermano menor y se obstina en hallarlo para darle sepultura. Como en la tragedia de Sófocles, la protagonista se enfrenta a un entorno hostil: las amenazas veladas, el miedo cotidiano, los prejuicios sociales, la fractura familiar y la impotencia que acompaña a las víctimas de la violencia.
La obra no ofrece respuestas cerradas ni certezas reconfortantes. El hermano ausente pudo haber sido reclutado por el crimen organizado o simplemente borrado por la maquinaria de la violencia; lo único indiscutible es su ausencia. Frente a ello, Antígona se niega a ceder al olvido. Recordar, insiste la obra, es una forma de resistencia: la memoria preserva la existencia, mientras que el olvido condena a la desaparición definitiva.
Por primera vez en su trayectoria, Marina de Tavira comparte el proceso creativo con su hermana Cecilia, responsable del concepto visual y del trabajo de bordado que atraviesa la puesta en escena. Este gesto artesanal introduce una dimensión simbólica poderosa: el acto de coser, de unir fragmentos, de reconstruir una historia rota punto a punto. El bordado se convierte así en metáfora de la búsqueda y del duelo, pero también de la perseverancia.
“Nuestra Antígona es hoy la Antígona de la desaparición forzada”, afirma De Tavira. “Es la voz de quienes buscan un cuerpo al que enterrar para poder, al fin, llorar”. Su paso por España añade una capa de resonancia al texto. La actriz reconoce en este territorio un dolor propio, una memoria atravesada por ausencias y silencios, lo que convierte a Antígona González en una obra de tránsito, de ida y vuelta. “Aquí y allá se encuentra Antígona”, señala, evocando a María Zambrano y esa voz trágica que, como decía la pensadora, seguimos escuchando a través del tiempo.
La propuesta no se limita al ámbito mexicano. Su potencia radica precisamente en su capacidad de interpelar a otras geografías marcadas por la violencia, la represión o el duelo no resuelto. Antígona González plantea que el mito sigue vivo porque la tragedia persiste, porque aún hay cuerpos sin nombre y familias sin respuestas.
Con una trayectoria sólida en teatro, cine y televisión, Marina de Tavira ha construido una carrera marcada por el rigor y el compromiso escénico. Formada en La Casa del Teatro, institución en la que hoy participa como docente, ha desarrollado una intensa labor teatral tanto en producciones independientes como institucionales. Es cofundadora, junto a Enrique Singer, de la compañía Incidente Teatro, desde la que ha impulsado montajes de autores como Harold Pinter, Beth Henley, David Mamet o Hugo Urquijo, además de participar en más de una veintena de puestas en escena con compañías y teatros de referencia.
En Antígona González, su presencia no es solo interpretativa, sino ética. La obra se erige como un acto de memoria y de denuncia, un recordatorio de que la tragedia no pertenece al pasado clásico, sino al presente. En el escenario de Condeduque, Antígona vuelve a hablar —aquí y allá— para exigir justicia, nombrar a los ausentes y resistir frente al silencio.









