Durante años, la izquierda española ha gozado del aura moral de ser “la opción del pueblo”, “los que luchan contra el sistema”, “los que no son como ellos”. Y claro, esa narrativa funcionaba mientras ellos eran los otros. Pero cuando la izquierda empezó a gobernar, a gestionar presupuestos y a pisar moqueta, ¡sorpresa! También resultó tener bolsillos. Y vaya si los usó y la moqueta se sustituyó por otra, henchida de imágenes cual collage de billetes blanqueados, prostitutas y secretarios de comunicación corruptos. La moqueta que pisa el Partido Socialista es un collage muy naif que incluye recortes bizarros de coaliciones independentistas y poco más que decir.
De la pancarta al Consejo de Administración
Un día estás protestando contra los bancos, y al siguiente estás sentado en uno. Cosas que pasan. Podemos, por ejemplo, nació del 15M, ese gran estallido popular que clamaba contra “la casta”. Pero en cuanto tocó poder, descubrimos que algunos de sus miembros entendieron “asaltar los cielos” como “alquilar ático con vistas”.
Ahí está el famoso caso de Irene Montero y Pablo Iglesias, cuyo chalet en Galapagar fue más viral que cualquier medida social que promovieran. Que no es ilegal comprarse una casa, por supuesto. Pero cuando tu discurso gira en torno a “vivir como la gente”, y luego te mudas a una urbanización con piscina y portero 24 horas… digamos que se te escapa un poquito el mensaje.
Y eso sin entrar en las contrataciones cruzadas, los asesores con CV difuso, o los viajes de lujo disfrazados de misiones internacionales. Porque si algo tiene la izquierda institucionalizada es una gran capacidad para justificar sus excesos con palabras como “formación”, “intercambio cultural” o “proceso democrático de transformación”.
Comunismo con American Express
Uno de los momentos más irónicos de la izquierda patria es cuando se ven obligados a gestionar la economía. De pronto, los que exigían nacionalizar los sectores estratégicos se ven firmando acuerdos con grandes constructoras. Los que pedían expropiaciones acaban negociando con fondos buitre. ¡Hasta les hemos visto defendiendo el turismo de masas que antes demonizaban!
¿Y qué decir de esos ayuntamientos “del cambio”, donde algunos regidores descubrieron lo bien que sientan las mariscadas cuando no las pagas tú? Desde sobresueldos hasta contratos adjudicados a asociaciones amigas, pasando por el clásico “coloca a mi primo que es muy válido”… Todo un máster en hipocresía aplicada.
La izquierda ha demostrado que puede corromperse igual que la derecha, pero con un toque de condescendencia ideológica: como si el hecho de tener “valores progresistas” te otorgara una especie de inmunidad ética. “Sí, hemos malversado, pero por una buena causa”. El Robin Hood con chaqueta de tweed.
La doble moral: eso que critico pero también practico
La verdadera especialidad de los corruptos de izquierdas no es quedarse con el dinero. Eso lo hace cualquiera. Lo suyo es la capacidad de indignarse por la corrupción… mientras la practican. El famoso “y tú más”, pero con una camiseta del Che Guevara.
Recordemos cuando algunos líderes de izquierda pedían dimisiones fulminantes por casos de corrupción en otros partidos, pero cuando el escándalo salpicaba a su gente… ¡ay, entonces eran “ataques mediáticos de la derecha”! Qué casualidad. El mismo periódico que ayer era referente democrático, hoy es “un instrumento del Ibex”.
Y por supuesto, si se abre una investigación judicial, es “lawfare”. Porque nada más revolucionario que desprestigiar al poder judicial cuando te investiga a ti. Lo importante es nunca reconocer un error, siempre decir que es un ataque al proyecto de transformación social. Y si eso no cuela, recurrir al comodín del franquismo.
Conclusión: igualdad también para robar
En definitiva, la corrupción en la izquierda española no es más limpia, ni más ética, ni más justificada. Es simplemente la misma de siempre, pero con más discurso y menos corbata. La gran ironía es que, tras años señalando con el dedo, resulta que ese dedo también tenía huellas.
La buena noticia es que esto demuestra que, al final, somos todos iguales. La izquierda también puede ser clientelista, opaca y oportunista. ¡Viva la igualdad! Si la derecha robaba con crucifijo en la mano, la izquierda puede hacerlo con una camiseta morada y una cita de Marx.
Eso sí, con perspectiva de género y lenguaje inclusivo.









