El recorrido reúne más de 300 fotografías y sitúa su punto de partida en una vista realizada por Louis-Jacques Daguerre en 1839. El museo había abierto en 1793, varias décadas antes de que la fotografía comenzara a modificar las formas de registrar y difundir el arte. A partir de aquel encuentro, el Louvre ofreció a los fotógrafos un repertorio de edificios, jardines y colecciones con el que ensayar las posibilidades del nuevo medio.
La reproducción de una obra encerraba entonces una doble aspiración. Permitía estudiarla y hacer circular su imagen, al tiempo que daba al fotógrafo la oportunidad de acreditar su destreza y defender el valor artístico de su trabajo. Durante la década de 1850 se plantearon distintos proyectos para establecer un museo de fotografía en el Louvre, aunque ninguno prosperó. Charles Marville figuró entre quienes aspiraban a obtener el reconocimiento de fotógrafo oficial. En 1883, el acuerdo comercial con la firma Ad. Braun & Co., conocida por sus reproducciones artísticas, dio forma a otra vía de relación entre el museo y la imagen fotográfica.
Entre el encargo institucional y la iniciativa independiente se fue formando una representación del Louvre que excedía el inventario de sus fondos. Las imágenes podían servir a la investigación o a la documentación, responder a una búsqueda artística o conservar una experiencia privada. Su circulación permitió, además, que el museo entrara en la cultura popular, donde el conocimiento de las colecciones convivía con apropiaciones y reinterpretaciones de su imagen.
Esa pluralidad determina la propuesta expositiva. Las obras y las galerías comparten atención con los visitantes célebres y anónimos, el personal y las dependencias que habitualmente quedan fuera del recorrido público. Al incorporar esos sujetos, la fotografía permite leer el museo como un lugar de trabajo y de encuentro, sometido también a los cambios de la vida social.
La Comuna de París, las dos guerras mundiales y la expansión diplomática y turística de los llamados Treinta Gloriosos forman parte del horizonte histórico de la muestra. A esa secuencia se suman las transformaciones del conjunto palaciego durante el Segundo Imperio, los traslados y retornos de las obras durante ambos conflictos mundiales y el proyecto del Gran Louvre en los años ochenta. Las celebraciones, los actos sociales, los desfiles de moda y los rodajes cinematográficos incorporan otros usos del recinto a esa memoria visual.
La exposición organiza este material por temas, con una escenografía contemporánea que concede protagonismo a los ángulos y las perspectivas. El límite espacial lo fijan el edificio y sus jardines, especialmente las Tullerías; dentro de ese perímetro, el recorrido abarca del daguerrotipo a la imagen digital. Las copias de autor conviven con reproducciones, proyecciones, diapositivas y postales. Cada soporte introduce una forma distinta de contemplar el Louvre y de llevarse su imagen fuera de él.
Los fondos proceden de los departamentos del propio museo, cuyos archivos fotográficos continúan en uso, y de instituciones francesas como los Archivos Nacionales, la Mediateca de la Fotografía y el Patrimonio, la Biblioteca Nacional de Francia, el Museo de Orsay, el Museo Carnavalet y la Biblioteca Histórica de la Ciudad de París. El recorrido también recoge los encargos realizados por el Louvre desde comienzos de los años 2000 y alcanza a autores invitados en tiempos recientes, como Robert Polidori.
La participación del público prolonga esa historia durante la exposición. Visitantes y trabajadores pueden compartir fotografías del museo en Instagram mediante la etiqueta #LouvrePhoto; las imágenes seleccionadas se incorporarán al recorrido. El archivo sigue creciendo con las miradas de quienes atraviesan el edificio y encuentran en él algo que merece detenerse en una fotografía.
El interés de ‘Louvre Photo’ reside en esa convivencia entre la representación que una institución promueve y las imágenes que otros producen de ella. La distancia, el humor y los encuadres poco habituales abren fisuras en la solemnidad del museo. En cada fotografía queda una elección: qué obra merece atención, quién ocupa la sala, qué sucede detrás de una puerta. El Louvre conserva las imágenes; el objetivo decide, cada vez, qué Louvre veremos.









