La investigación propone leer conjuntamente la evolución de una palabra y las imágenes que contribuyeron a ampliar sus significados. Para ello, recurrirá a las colecciones museísticas de la Kunstbibliothek, con materiales rara vez expuestos o nunca mostrados, y a obras de la Gemäldegalerie, la Alte Nationalgalerie y el Kupferstichkabinett.
Dante Alighieri, el Bosco, Miguel Ángel, Piero di Cosimo y Francisco de Goya figuran en un relato que incorpora también a Frank Zappa y a personajes como Superman y su extraña contraparte, Bizarro. Ocho secciones articulan el recorrido: furor, sueño, capricho, grutescos, asombro, quimeras, risa y ‘Bizarro World’.
Una palabra entre la cólera y la creación
El punto de partida literario que establece la exposición se encuentra en el ‘Infierno’ de Dante, a comienzos del siglo XIV. Allí, el adjetivo describe el alma de un noble florentino que se desgarra a sí mismo en un arrebato de ira. La documentación apunta como procedencia probable «bizza», una expresión onomatopéyica asociada a un acceso repentino de cólera.
En el Renacimiento, el furor adquirió también un sentido creador. Según explica la muestra, «bizarre» comenzó a aplicarse a artistas cuya imaginación desbordada producía obras que excedían lo concebido hasta entonces. El calificativo ampliaba así su alcance: la pérdida del dominio de uno mismo podía compartir nombre con la audacia de una invención.
El capricho dio un procedimiento artístico a esa libertad. Hacia 1600, los creadores plasmaban sobre el papel las imágenes de su mente sin sujetarlas a las convenciones habituales. La exposición vincula esta práctica con la comparación renacentista entre la inquietud del pensamiento y la cabra —«capra», en italiano—, y con la denominación de caprichosos aplicada a quienes no gobernaban sus ideas y emociones. La serie ‘Bizzarie di varie figure’ (1624), de Giovanni Battista Bracelli, forma parte de los ejemplos seleccionados.
La fantasía modifica las formas
El parentesco entre imaginación y sueño permite relacionar prácticas distintas. Las pinturas del Bosco se interpretaban en el siglo XVI como visiones oníricas y creaciones de cosas extrañas. Los grutescos, por su parte, entrelazaban arquitectura y artes decorativas con formas animales y vegetales hasta componer escenas fantásticas.
Su nombre procede de las «grutas» de ruinas romanas sepultadas donde, a finales del siglo XV, se descubrieron pinturas murales antiguas. El aspecto de aquellos ornamentos, contemplados a la luz vacilante de las antorchas, favorecía su asociación con el sueño. El teórico Daniele Barbaro los llamó «sueños de la pintura», una expresión que la muestra recoge para explicar la confluencia entre furor e imaginación onírica.
Las quimeras llevan la combinación de formas a los propios seres: reúnen características de organismos diferentes y dificultan su clasificación. Desde el Renacimiento, esa condición ha interesado a artistas y científicos. La Kunstbibliothek sigue esta tradición hasta las máscaras y la adopción de otras identidades, y sitúa en el siglo XX una ampliación del significado de «bizarre» hacia formas de libre autodeterminación.
El vocabulario del sueño conoció a su vez otro desarrollo. Durante ese mismo siglo, «bizarreness» adquirió un uso técnico en psicología para describir el grado en que un sueño se aparta de la realidad personal de la vigilia. La exposición incorpora esta acepción a su estudio de las relaciones entre palabras e imágenes.
La singularidad como recurso
Provocar asombro puede ser una decisión deliberada. En el Barroco, según el planteamiento expositivo, la competencia por la originalidad se extendió al arte, la moda y la presentación pública. La diferencia respecto de lo habitual permitía captar la atención y construir una imagen singular. La documentación relaciona la capacidad de lo insólito para permanecer en el recuerdo con el «bizarreness effect», o efecto de extrañeza, de la psicología de la percepción.
Frank Zappa y su sello Bizarre aparecen en este contexto como un ejemplo posterior de diferenciación frente a las corrientes dominantes. La exposición incorpora ese uso del nombre a una historia en la que lo extravagante puede funcionar como un atributo buscado.
La comicidad aprovechó también las alteraciones de lo esperado. Percances, exageraciones y transgresiones del decoro provocan una risa que, a su vez, irrumpe y resulta difícil de controlar. En el siglo XVII, cuando la caricatura era todavía un género reciente, se elogiaban sus invenciones como una «invenzione bizzarissima». Las imágenes humorísticas circulaban asimismo bajo la denominación «bizarria da ridere», extravagancias para reír. La muestra examina su capacidad para cuestionar los órdenes establecidos.
La recepción de Bracelli permite abordar desde la historia del arte esa variación de criterios. Tres siglos después de ‘Bizzarie di varie figure’, Tristan Tzara celebró a su creador como un profeta del arte moderno. La lectura del dadaísta otorgaba a aquellos caprichos una nueva pertinencia: una obra del siglo XVII podía ser reconocida desde las búsquedas de una vanguardia posterior. La exposición invita así a examinar cuánto cambia lo que llamamos extraño cuando cambian las maneras de comprenderlo.









