Por José M. Diéguez Millán
Soy partidario de percibir en cada isla un espíritu que la diferencia de sus demás hermanas. Así, en cuanto el aire sofocante me abofetea mientras camino hacia la terminal, detecto que aquí me va a ir bien. Hemos comenzado con dos tópicos locales. Primero, el dividivi es un árbol abundante en esta zona de América que recuerda una mezcla de tamariz y espino. Y el flamenco del Caribe es el ave de plumaje escarlata omnipresente en este territorio lleno de lagunas.
Aunque disfruto con mi esnórquel de sus corales, sus peces y, sobre todo, de ver aletear a las tortugas marinas, sé que Bonaire tiene más curiosidades que mostrar. Una de ellas es el número de idiomas que se hablan. Los bonairenses manejan el papiamento, el holandés, el español y el inglés. No tengo dificultad alguna para comunicarme en mi idioma con cualquier nativo. Cuando escucho en la radio o en el supermercado la lengua local de Boné —nombre de la isla en papiamento—, me suena a una mezcla de brasileño, inglés, neerlandés y castellano. Otra peculiaridad es su moneda. En lugar del florín caribeño que circula en la vecina Curazao o del euro utilizado en los Países Bajos, aquí la divisa es el dólar estadounidense.
Recorro la isla en coche esquivando grupos de burros que a veces se adueñan de la calzada. Hacia el norte encuentro el pequeño pueblo de Rincón, el más antiguo. Fue fundado por los españoles poco después de que Américo Vespucio y Alonso de Ojeda dieran con Bonaire en 1499 y se encontraran con los caquetíos, indígenas que habían llegado aquí desde las costas de la actual Venezuela en el siglo XI. Al ver esta isla inhóspita y yerma, los colonizadores trasladaron a estos nativos a La Española como mano de obra para las plantaciones. Quizá el escaso interés que mostraron los ibéricos por ella facilitó que Bonaire acabara en el siglo XVII bajo dominio de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales. Los holandeses fundaron Fort Oranje, que terminó convirtiéndose en Kralendijk, su capital repleta de edificios multicolor con fachadas de estilo neerlandés. Y también vieron la posibilidad de extraer sal de sus lagunas, para lo que importaron esclavos desde África. Aún se conservan las diminutas casitas donde dormían esos desdichados durante aquella época. La salinera sigue funcionando y sus blancas montañas de mineral son la estampa más representativa de la isla.
Las Antillas Neerlandesas nacieron como entidad en 1954. El diez de octubre de 2010 desaparecieron: las vecinas Curazao y Aruba se convirtieron en países autónomos, mientras que Bonaire pasó a ser un municipio especial del reino holandés.
El paisaje de Boné es poco montañoso y en su vegetación predominan esbeltos cactus y bosques de espinos. Este entorno, unido al color de su mar, me trae ensoñaciones desde la Grecia antigua. Empédocles con fuego, tierra, mar y aire. Bonaire con sol, burros, tortugas y flamencos. Yo sigo sintiendo este viaje sin retorno.









