Has firmado más de ochenta piezas escénicas. ¿Qué momentos han marcado tu evolución artística y qué balance haces de ese recorrido?
Pertenezco a una generación en la que los impulsos artísticos eran muy directos. No teníamos esa proyección digital del arte, de lo que podías llegar a ser o de tu carrera artística. Durante mi formación en Italia tuve la suerte de conocer directamente a grandes artistas, estudiar, formarme y trabajar con ellos.
Siempre he sido hiperactivo en mis intereses y he tratado de negarme el menor número posible de oportunidades. He estudiado danza, música y arte dramático.
Al principio distinguía el trabajo de la danza del teatro, hasta que los junté al conocer la obra de Pina Bausch y estudiar con ellos. Por eso tengo años de teatro-danza en las venas, en el sentido más puro del término.
Paralelamente, empecé a trabajar mucho como actor, sobre todo en grandes teatros como el Piccolo Teatro di Milano, donde permanecí muchos años. En cierto momento entendí que debía distinguir claramente el teatro de la danza, porque las artes no se pueden fusionar. Lo más interesante para mí es que puedan convivir dentro del mismo espacio. Soy un intelectual que se ocupa de muchas cosas y he tenido la suerte de que en universidades europeas se hayan escrito tesis doctorales sobre mi trabajo, mi trayectoria y mi método.
Pero hay algo que me ha acompañado desde siempre: la cultura pop, que ha sido mi biberón, digamos. A veces, en mi ambiente, esto no está muy bien visto, como si perdieras valor al reconocerlo. Puedo decir tranquilamente que la música de Beethoven o Schoenberg y el teatro de Peter Brook han tenido una importancia muy grande en mí, pero también Patti Smith y los últimos espectáculos de Beyoncé. Creo que mi suerte está un poco ahí, en todo lo que me gusta, independientemente de los productos artísticos que luego ofrezco.
Pertenezco a la generación de los primeros grandes conciertos y las grandes giras de las estrellas del pop. Estudiaba danza contemporánea, música y teatro, tanto en sus formas clásicas como contemporáneas, y en aquellos espectáculos veía que ocurría algo extraordinario: la música, la iluminación, la arquitectura, la escenografía, el vestuario y la voz podían convivir con un único objetivo artístico.
En mi trayectoria he pasado de un teatro muy purista —con un actor en escena y un buen diseño de iluminación, si trabajas bien la actuación, puedes generar una emoción artística— a momentos en los que quería experimentar con todos los lenguajes que podía dominar. Así ocurrió con ‘Macbeth’ o con ‘Paradise’, de Kae Tempest: espectáculos con mucho texto y música en vivo compuesta por mí, con David Flores al violín. Los actores cantaban, se movían; había multimedia, una influencia moderna sobre todo lo que había aprendido. Dejé de separar los lenguajes y comprendí que podían convivir. Esto ocurre también con ‘Tiempo de vida’, aunque a menor escala: es un monólogo, no un espectáculo de gran formato, pero la actitud es exactamente la misma.
¿Cómo aplicaste esa convivencia de lenguajes a ‘Tiempo de vida’ y cuál fue el punto de partida del proceso creativo?
‘Tiempo de vida’ ha sido un momento de pausa. Necesitaba alejarme de las grandes producciones y volver al escenario por una necesidad probablemente terapéutica. Después de haber dirigido a tantas personas en espectáculos tan grandes, quería volver a vivir lo que normalmente pido a los demás. Me enamoré enseguida del texto de Marcos Giralt Torrente por la elegancia de su escritura.
Para mí, Marcos es un referente del género biográfico y de la novela. Además, había algo absolutamente contemporáneo en su texto: el libro no tiene capítulos, es un discurso único, interrumpido solo, de vez en cuando, por espacios en blanco.
Me encontraba muy cómodo con esa estructura porque mi primer trabajo, independientemente del proyecto, consiste en archivar todo lo que encuentro en el texto y explorar la posibilidad de construir una partitura: de la palabra, de la voz, de la luz y de las imágenes.
El trabajo comenzó en Lo Spazio, el centro de investigación que dirijo, donde desarrollamos la fase de experimentación previa a la producción. Allí realizamos un laboratorio dramatúrgico en el que reescribimos todo el texto para la pieza.
¿Lo habéis reescrito en el sentido de crear una nueva versión?
Es una adaptación del texto de Marcos: el libro está organizado de otra manera y claramente reducido, pero las palabras que se escuchan conservan su literatura, con toda su dificultad y su belleza.
Decidimos que el personaje hiciera un gran esfuerzo al recordar, como si se encontrara ante un abismo, y que, en cambio, describiera con serenidad la enfermedad del padre, cómo se enfrentó a ella y cómo esa experiencia le permitió reflexionar sobre su relación.
Por eso, la parte cronológica se escucha en una voz en off, mientras mi cuerpo se mueve tratando de recordar. La parte reflexiva la interpreto con la voz en directo, dirigida al público. A ello se suma el trabajo musical de Aina Serena, actriz y cantante que lleva muchos años trabajando conmigo. Construimos la música juntos, a partir de las indicaciones que yo le daba.
¿Cómo se desarrolló el trabajo con Aina Serena?
Las indicaciones que le daba a Aina se relacionaban con las partes del texto original que no iban a entrar en la adaptación. Así, entre las palabras que permanecen y su música, para mí está el libro completo, al menos en su esencia sensorial y sentimental. Lo hemos trabajado parte por parte.
Construyo todo el monólogo vocal, también cuando actúo, como si la palabra fuera pensamiento, siguiendo el ritmo, el compás y la pulsación de la música de Aina. Quería también hacer una pausa en el uso del multimedia y experimentar con el cine. Por eso llamé a Jaume Claret Muxart: me gusta mucho cómo dirige. Buscaba una película que aportara otro lenguaje al monólogo, con una función que fuera más allá de lo decorativo. Con Jaume pensamos en rodar algunos momentos hipotéticos de la vida del protagonista.
Aparecen el padre, el hijo adulto y el hijo pequeño: las imágenes recogen lo que sucede en la mente del protagonista mientras trata de organizar sus palabras. En el escenario se proyectan en una pantalla durante una hora y cuarto, mientras la música se interpreta en directo.
Además de su papel musical, Aina representa teatralmente la musa que necesito, como personaje escritor, para contar la historia con mi padre. También representa la vida y aquello que necesitamos para afrontar lo que nos toca experimentar o aprender a lo largo de la existencia.
Es un personaje que no veo, pero cuya presencia percibo, y al que cada espectador puede dar un nombre distinto. Para mí, es el ángel del alma, la voz interior, la esperanza obligada. Yo, en cambio, interpreto a alguien que sufre un conflicto que no entiende y trata de superarlo. A partir de ahí comenzamos el trabajo de composición.
Siempre me he definido más como un compositor que como un director. Por mi formación musical y mi amor sin límite a la música, me gusta componer la imagen, el sonido y la voz de Aina junto con mi monólogo, para que todos esos elementos construyan un único volumen artístico.
Asumes la adaptación, la dramaturgia, la dirección y la interpretación. ¿Cómo organizas el proceso para atender a las exigencias de cada tarea y mantener una mirada crítica sobre tu propio trabajo?
Es complicado. Hay que ser muy metódico con los tiempos. Distingo claramente cada fase: cuando adapto, todavía no pienso en la interpretación; cuando construyo la dramaturgia, aún no estoy pensando en cómo trabajar la parte escénica con el diseñador de iluminación. Al comenzar los ensayos, todo eso debe estar preparado para evitar una gran confusión.
Hemos trabajado durante muchos meses. Terminamos la adaptación en junio y el rodaje y la música en julio. Nos fuimos de vacaciones en agosto con esos elementos bien trabajados y entramos en la sala de ensayo el 4 de septiembre, antes de estrenar a mediados de octubre. Es como un gran chef que prepara cuidadosamente los ingredientes: cuando entra en la cocina, le queda cocinar bien.
Al volver de vacaciones, yo ya había aprendido el texto y estudiado el personaje, y los demás elementos funcionaban por sí solos. Eso me permitió concentrarme en el montaje y entrar, como actor, en el personaje.
Dedicamos prácticamente todo septiembre a ese trabajo y llegué al estreno muy tranquilo. La gran dificultad de este monólogo es su carácter efímero. Aunque soy muy corporal, utilizo distintos registros de voz y hay una imagen en la música, no hay un momento en el que mueva una silla o construya una acción física. Soy yo en el vacío, recordando y contando esa historia. Mi punto de apoyo está, básicamente, en la mente. Por eso necesitaba dedicar un mes exclusivamente a la interpretación, y eso fue lo que hicimos.
¿Cómo nació Lo Spazio y qué lugar ocupa en tu manera de investigar y crear?
Lo Spazio nació en 2019. Siempre me he dedicado a la investigación y a distintas disciplinas, y observaba que algunas personas, sobre todo jóvenes, acudían a mí porque tenían un talento o una actitud que no en las normas académicas.Entonces tuve la suerte de conocer este local junto a la diseñadora Elsa Peretti.
Me enamoré del espacio antes de tener el proyecto, cuando todavía no sabía exactamente cómo utilizarlo. Sí tenía claro que debía ser un lugar de encuentro, más allá de un pequeño teatro o una sede de compañía. Reuní mis líneas de investigación y abrí las puertas a artistas residentes que necesitaban investigar, estudiar y profesionalizarse.
Actualmente, Lo Spazio se ocupa de danza, teatro, música, arte urbano, escritura, literatura, moda, fotografía y creación audiovisual. Son disciplinas que se han enriquecido con las aportaciones de los artistas que han pasado por el centro. Las convocatorias de residencia están abiertas a cualquier disciplina. Estudiamos cada proyecto, la trayectoria de quien lo presenta y sus objetivos, y diseñamos una metodología creativa y un acompañamiento profesional para ayudarle a alcanzarlos.
Contamos con colaboradores de iluminación, sonido, moda y escritura que intervienen cuando es necesario. Propiciamos el encuentro entre los residentes, y de esas relaciones han surgido nuevos proyectos. Lo Spazio es también la sede de la compañía. ‘Tiempo de vida’ nace de los últimos laboratorios de investigación, en los que participaron residentes internos o temporales, según el proyecto.
También colaboramos con fábricas de creación para conectar las residencias. Algunos artistas reciben apoyo en esos espacios, realizan después un proceso intensivo de acompañamiento con nosotros y regresan a la fábrica para desarrollar la fase final de su proyecto.
Lo Spazio ofrece un apoyo concreto a la investigación y al desarrollo de proyectos artísticos. ¿Qué responsabilidad deberían asumir las instituciones públicas en ese proceso?
Las instituciones públicas tienen la obligación de ejercer su función pública, y en este país se intenta hacerlo continuamente. Creo que deberían prestar atención a que todo evoluciona, se construye y se cuestiona. Incluso hay cosas que podemos abandonar para dar lugar a nuevas propuestas artísticas, siempre que cuidemos el diálogo intergeneracional.
Deberían valorar el encuentro entre un referente o maestro y un joven que, con sus ideas, su talento y sus capacidades, plantea una inquietud que no habíamos previsto. Creo que las instituciones públicas deben tener cuidado cuando apoyan a los jóvenes y después los dejan solos, o cuando respaldan demasiado a los artistas séniores sin permitirles cuestionarse. Estos pueden verse obligados a mantener la carrera tal como la han presentado: si se alejan de su marca, corren el riesgo de dejar de trabajar. El encuentro entre los jóvenes y los menos jóvenes es fundamental, porque de ahí pueden surgir las futuras propuestas artísticas.
Te pongo un ejemplo concreto. El arte urbano entró en Lo Spazio por mi inquietud personal y mi admiración hacia los murales, la pintura callejera y los grafitis. Veo en esas obras un arte moderno a gran escala. Me preguntaba: «Esta gente pinta cosas extraordinarias en fachadas enormes; ¿qué ocurre si llevo ese talento a las dimensiones del teatro?». Así empecé a trabajar con artistas urbanos en la construcción de escenografías.
He presentado grandes piezas de madera pintadas a mano, con una artesanía juvenil y un sentido muy pop del color, del trazo y de la gráfica, y esa propuesta se ha considerado innovadora cuando es algo que se lleva haciendo desde hace mucho tiempo. Yo me enamoro de lo que no sé hacer, Juan, y disfruto mucho con quien puede enseñarme algo.
Esa persona puede ser mayor que yo o tener 23 años. Quizá yo encuentre más rápido el camino hacia una respuesta, pero eso no significa que domine lo que está haciendo. Creo que las instituciones públicas deberían fomentar este tipo de encuentros. Lo que estoy contando va más allá del arte: para mí, los problemas sociales actuales tienen que ver con la separación entre adultos y jóvenes.
¿Qué lugar ocupan las nuevas tecnologías en tu proceso creativo y cómo te relacionas con la inteligencia artificial?
Estoy a favor de cualquier tecnología cuando detrás hay arte y ética. Es una actitud ante la vida, una filosofía existencial. La tecnología puede intervenir en el pensamiento artístico, pero no sustituir el alma de un artista ni desarrollar por sí sola un proyecto artístico completo: seguiría siendo un proyecto tecnológico.
El encuentro entre lo humano y la tecnología remite al pensamiento humanista y a una figura como Leonardo da Vinci, filósofo y artista que ideó máquinas para volar. Hoy contamos con máquinas que nos permiten hacerlo.
Ambas pueden dialogar. Para mí, se trata de proteger el valor más profundo del arte: transmitir pensamiento a través de las sensaciones y las emociones. Mientras eso se mantenga, bienvenida sea la nueva tecnología, como cualquier otra posibilidad que todavía no hayamos imaginado.
Si ese valor se pierde, entramos en una crisis: creemos que la reproducción que ofrecen las máquinas puede sustituir la producción de la vida humana. Ahí es donde me distancio.
¿Qué les dirías a los jóvenes artistas que intentan desarrollar su trabajo mientras afrontan dificultades económicas que comprometen incluso sus necesidades básicas?
No sé si les daría una recomendación, pero los invitaría a una reflexión que quizá les cueste ver. Deben estar atentos a la manipulación que todos sufrimos a través del lenguaje. Atravesamos una crisis del lenguaje cuyas consecuencias son devastadoras en todos los ámbitos. Palabras como «usuario», «perfil», «cliente» o «mercado» deberían desaparecer de la mente de un artista joven: pertenecen al ámbito empresarial y sirven, fundamentalmente, para analizar y hacer dinero.
Pero tú, joven, que tienes una inquietud, buscas expresarte, que se te reconozca y que se te dé la posibilidad de crear con libertad. Eso no tiene nada que ver con la terminología de los usuarios. Hay que recuperar la importancia del ego y de lo colectivo, y procurar que ningún joven ponga en duda su posibilidad de ser él mismo.
Vivimos en un mundo en el que miramos a los demás por lo que logran, más que por lo que hacen bien, y queremos imitar sus logros. Pero tú, joven, debes saber que tu logro será único y extraordinario porque lo has pensado tú y porque ese talento es tuyo.
Hay una ley de vida muy importante para mí que escuché cuando tenía quince años y que hoy considero más valiosa que cambiar continuamente: si cambias en función de cómo cambia el mundo, siempre te perderás. El mundo seguirá dando vueltas, incluso cuando esté perdido. Si te mantienes firme en tus ideas, tarde o temprano chocará contigo. Y entonces será tu momento. Mantenerse firme es, en definitiva, el mayor aprendizaje.
Para concluir, ¿qué proyectos tienes en preparación y qué puedes adelantarnos sobre ellos?
Tengo bastantes cosas de las que no puedo hablar. Hay un gran proyecto de danza en el que bailaré solo, acompañado por muchas voces: hablamos de treinta o treinta y cinco intérpretes de canto. Estoy particularmente ilusionado con él.
También estamos preparando un proyecto relacionado con Lorca, en diálogo con un autor musical y poeta moderno, que reúne música en vivo, danza, palabra y poesía. Es lo que puedo adelantarte sin desvelarlo por completo. El proyecto es la primera parte de una trilogía sobre la construcción de la persona. Ya estamos planteando una segunda parte con otro texto, en la que experimentaremos con los mismos lenguajes.
Además, estoy preparando la adaptación de una novela muy importante del siglo pasado, que supondrá mi regreso a las grandes producciones. Para ese trabajo me estoy dando algo de tiempo.
No paras.
No, siempre me quejo de que necesito de vez en cuando alejarme, pero, en cuanto lo hago, en tres días descubro un nuevo cantante, un libro o un cuadro que me emociona, y vuelta a empezar.









