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Tánger mira al futuro con un modelo urbano de integración intercultural

Tánger ha sido a veces, como otras pocas en la historia, lo mejor que puede ser una ciudad: escenario para el abrazo de culturas, símbolo de esa cierta nostalgia del futuro que caracteriza algunos momentos luminosos de la historia de los pueblos en los que la vida se vuelve inteligente, en los que la ponderación y la lucidez, y no el miedo, parecen presidir los actos de los hombres. La prueba, en suma, de que es posible el sueño de la paz y la tolerancia. Esa consciencia de Tánger esa imagen soñada, es seguramente la causa de la fascinación que esta ciudad ejerce sobre quien la visita o quien, sin conocerla, la intuye.

Por Mostafa Akalay Nasser, director de l’Esmab UPF.

Cualquiera puede hallar el Tánger que desea, lo que es también una manera de hallarse a sí mismo. Tánger no impone modos, modas, horas ni hábitos. Admite todo, lo mezcla todo y se ofrece al extraño como una ciudad cóctel que se sube a la cabeza de quienes no saben saborearlo con delectación

                                                                                                                   Fred Noan

Tánger es oriente y también occidente, como todas las ciudades mediterráneas, heredera de numerosas civilizaciones, se alimenta cada día de los frutos culturales de África, de Europa, de Asia y de América. Todo ha sido abundantemente mezclado, todo removido o agitado, bien mestizado en la alborotada túrmix de nuestro inquietante tiempo. Tánger es un buen lugar, privilegiado, una atalaya física, pero también moral para contemplar usos, costumbres e interpretaciones de uno y otro lado del mediterráneo. La intensidad y la permanencia de los cambios impresionan en primer lugar si se contextualiza el simpar Mediterráneo. Desde Roma y Cartago, este mar ha sido en cualquier tiempo un lugar de intercambios de hombres, de mestizajes, de productos y también de ideas entre las ciudades y los países que lo rodean. Fue, también, un lugar de conflictos y de enfrentamientos.

La historia milenaria de sus civilizaciones hace que haya hoy entre la orilla norte y la orilla sur relaciones particularmente estrechas. Es en este marco de interdependencia y de necesidad de diálogo que existen unos puertos que acogieron Oriente y Occidente, territorios entre Europa y África o Asia, ciudades del Mediterráneo por excelencia: en el Norte, Venecia, Trieste, Génova, Barcelona, Estambul, en el Sur, Tánger, Argel, Túnez, Alejandría o El Cairo.

Así, estas ciudades de ambos mundos representaron modelos específicos de cosmopolitismo. Sus habitantes se consideraban ante todo como pertenecientes a sus ciudades, a sus imaginarios y a sus ideales políticos. Supieron entonces librarse de sus lugares de origen, para crear un espacio original de confluencia cultural, inscribiendo nuestra contribución en el tema del encuentro y del diálogo entre las etnias y sus culturas, como huella del ideal de urbanidad y de cosmopolitismo – como vocaciones de la cuna de las civilizaciones modernas que es Mare Nostrum. Es innegable que el mediterráneo fue un ámbito privilegiado de expansión de modernidad  ciudades que durante los últimos años del siglo XIX y primeros decenios del XX, estuvieron abiertas a tendencias culturales muy variadas, que iniciaron procesos de modernización relacionados con una actividad económica estrechamente vinculada a sus puertos y por tanto al comercio. Tánger frontera marítima donde se condensan infinidad de procesos socioculturales y a su vez, concepto históricamente forjado, necesario para entender los procesos de globalización, la mezcla de etnias, religiones y culturas ha dejado un rastro mestizo que es ahora su única seña de identidad.

La estrategia de ciudad intercultural se configura como un entramado de conceptos, acciones, instrumentos y políticas que pretenden servir de guía para la construcción de modelos de gestión pública interculturales. Para ello, la estrategia parte de una idea básica de interculturalidad que no es una política concreta que se aplica para gestionar nuevos retos  fruto de nuevas realidades , sino que se trata de una construcción holística , que no puede  ser explicada parcialmente, sino que supone un entramado en el que la suma  explica el comportamiento de las partes.   Es decir, no se entiende la interculturalidad como una política, sino como un modo de hacer política.

No se trata de articular instrumentos que sirvan a los funcionarios o técnicos de un departamento específico, normalmente vinculado a servicios sociales, sino de imprimir una visión y un compromiso a todos los responsables de los servicios públicos, pero también a los actores sociales  económicos y culturales que conforman la vida de una ciudad. En este modelo, la ciudadanía forma parte imprescindible de un proceso que considera la diversidad un bien que , además , es un valor a favor de la cohesión social.

Garantizar la cohesión social supone asumir de la existencia de diferencias, pero también el compromiso que las mismas no degeneraran en desigualdades. De hecho, las diferencias deben entenderse como elemento enriquecedor que permite a la ciudad adaptarse, reformularse y seguir creciendo. Se asume, la importancia de la diversidad para construir sociedades cohesionadas, garantizando que el respeto a las expresiones culturales conviva con el objetivo de construir una única sociedad, con múltiples voces pero con un único marco regulador. Sobre la base de la igualdad de derechos, deberes y oportunidades, la ciudad intercultural no solo permite sino estimula la existencia de expresiones diversas, porque todas participan del objetivo común de construir un solo espacio de convivencia.

Parafraseando el geógrafo Jordi Borja: “La ciudad es la concentración física de personas y edificios, diversidad de usos y de grupos, densidad de relaciones sociales. Es el lugar del civismo, donde se dan procesos de cohesión social y se perciben los de la exclusión, de pautas culturales que regulan relativamente los comportamientos colectivos, de identidad que se expresa material y simbólicamente en el espacio público y en la vida ciudadana. Y es donde los ciudadanos se realizan mediante la participación en los asuntos públicos dentro de una ciudad que es históricamente lugar de la política , de ejercicio del poder, es anterior al estado y probablemente está destinada a durar más que los estados en sus formas actuales. Sin instituciones fuertes y representativas no hay ciudadanía. El estatus de ciudadano, los derechos y deberes que lo componen, reclaman instituciones y políticas públicas para garantizar su ejercicio o su cumplimiento. La igualdad requiere una acción pública permanente; las libertades urbanas soportan mal las exclusiones, que generan las desigualdades legales, económicas, sociales étnicas o culturales. La ciudadanía va estrechamente vinculada a la democracia representativa y participativa para poder realizar sus promesas. A menos democracia, más desigualdad.

Tánger es un ejemplo paradigmático de espacio geográfico marcado por su condición fronteriza. Una condición fronteriza que puede ser analizada desde diferentes perspectivas. Por un lado, nos encontramos con una frontera física clara y contunde, determinada por una insularidad aunque artificial: El mar.  

El desafío por una identidad colectiva ciudadana, cementa la urdimbre democrática de las sociedades y representa el mejor útil de integración. Pero no es tarea de un día, es trabajo que debe llevarse a cabo con más prisa que pausa incorporando a todos los tangerinos, a los centros de decisión política y cultural, a la sociedad civil. Casi todos los conflictos locales o internacionales provienen del desconocimiento.

La gran familia humana, que acaba de alcanzar la abrumadora, alucinante, cifra de siete mil millones de personas, es dramáticamente cada vez más numerosa, más multilingüe, más multirracial. Si Tánger quiere, como parece estar especialmente dotada para ello, representar un papel de bisagra cultural, de punto de contacto entre universos culturales y fronteras de un mundo que camina hacia el postsoberanismo, el camino pasa necesariamente porque todos los tangerinos asuman esa llamada, ejerzan los mismos deberes y derechos, diriman vía proyectos, vocaciones y méritos sus aspiraciones a la representación ciudadana.

Garcia Canclini nos dice que: “En las actuales condiciones de la globalización, encuentro cada vez mayores razones para emplear los conceptos de mestizaje e hibridación. Pero al intensificarse la interculturalidad migratoria, económica y mediática se ve que no hay sólo” fusión, cohesión, ósmosis, sino confrontación y diálogo”. En este tiempo en que las decepciones de las promesas del universalismo abstracto han conducido a las crispaciones particularistas, el pensamiento y las prácticas mestizas son recursos para reconocer lo distinto y elaborar las tensiones de las diferencias.

La hibridación como proceso de intersección y transacciones es lo que hace posible que la multiculturalidad evite lo que tiene de segregación y pueda convertirse en interculturalidad. Las políticas de hibridación pueden servir para trabajar democráticamente con las divergencias, para que la historia no se reduzca a guerras entre culturas. Podemos elegir vivir en estado de guerra o en estado de hibridación.”

La mayoría de estudios sobre ciudades fronterizas se sitúan en marcos explicativos geográficos, económicos, demográficos y políticos. Son muchos menos desafortunadamente, las reflexiones que ponen de relieve las representaciones, los sentidos de la vida, del espacio, del nosotros y los otros. Esta dimensión cultural y semiótica de la frontera, es por su carácter relativamente intangible y simbólico, más complicada de abordar. Pero si no logramos aprehender esta dimensión, no podremos comprender cómo se construyen las relaciones de negociación o desencuentro entre los mundos de los sujetos que por una u otra razón, entran en contacto. Sobre esta cuestión, las ciencias sociales empiezan a proporcionarnos pistas e iluminaciones. Una antropología por fin aligerada de su fascinación por los pueblos llamados primitivos y una sociología sensible a la mezcla de los modos de vida y de los imaginarios tienen mucho que enseñarnos sobre el alcance y el sentido de las mezclas que se desarrollan cada día por todas partes ante nuestros ojos.  

La interculturalidad es ante todo, una realidad inapelable; y también una virtud. Consideramos el cénit de nuestra civilización aquellos periodos históricos que reciclaron las herencias plurales del pasado y reconocieron los intercambios mestizos del presente como apuesta de futuro. Por tanto, nada más incivilizado que asumir el choque de civilizaciones. Nada más que regresivo que practicarlo en nombre del progreso.

Pero la riqueza intercultural es también un desafío a las convicciones, filiaciones étnicas y religiosas, normas sociales, identidades y entidades geopolíticas que decidimos o nos imponen. El reto intercultural resulta obligatorio y, a veces, duro; pero también fascinante si es vivido en libertad. Conlleva riesgos, pero también logros. Presupone reconocernos; es decir, volver a conocernos: descubrirnos distintos y, al tiempo, similares en nuestra pluralidad frente al otro”. (Dixit Víctor Sampedro y Mar Llera 2003)

Pasear por la ciudad supone rastrear el paisaje urbano, verdadera fuente de satisfacción visual, motivo de sensaciones que apuntan hacia lo social y lo colectivo. Tánger es una ciudad, carente hasta el presente de un modelo urbanístico integrador, la arquitectura tangerina se caracteriza por su versatilidad, se suman la tradición y la modernidad, el auge y la decadencia. Todo con vocación cosmopolita. En el ensanche contemplamos tanto aspectos historicistas como la combinación de estilos: clasicismo, modernismo, eclecticismo, art déco.

La arquitectura tangerina nos brinda muchos ejemplos de artefactos híbridos que se dan en el ensanche que aun hoy tienen la capacidad de sorprendernos, cuando no de conmovernos. La ciudad intercultural (caso del futuro Tánger) se convierte hoy en el principal laboratorio en el que se buscan, se diseñan, se experimentan y se ponen a prueba soluciones locales a problemas globales. Ahora bien, al mismo tiempo, la ciudad ofrece la clase de entorno más propicio para la adquisición de habilidades, artes, capacidades y hábitos que pueden ser de enorme ayuda a la hora de confrontar, abordar y quizás hasta resolver esos problemas globales justo donde deberían ser tratados en la escena global.

La ciudad de Tánger a la hora de la globalización produce un nuevo ser social, construido desde la materia híbrida de las diferencias, se constituye en la forma urbana que transforma los esquemas de la ciudad histórica, su memoria y fuerza simbólica, para desplazarse hacia el lugar neutro de coexistencia de espacios, grupos sociales, culturas, géneros, lenguas, religiones diferentes.

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