Mucho antes de que los algoritmos aprendieran a mentir por nosotros, la fotografía ya había comenzado a hacerlo a mano. Tijeras, pegamento, placas de vidrio y una paciencia casi artesanal bastaron para poner en crisis una de las grandes promesas de la modernidad: la imagen como testimonio fiel de lo real. Apenas unos años después de la invención del medio fotográfico, surgió también su reverso: la manipulación consciente de la imagen. No como anomalía, sino como pulsión inherente a la propia técnica.
Lejos de una lectura ingenua, la exposición plantea una pregunta incómoda y plenamente contemporánea: ¿cuándo dejó la fotografía de ser sinónimo de verdad? O quizá, más perturbador aún, ¿lo fue alguna vez?
Como subraya el comisario de fotografía Hans Rooseboom, muchas de las composiciones expuestas representan escenas abiertamente imposibles, absurdas o humorísticas, imágenes que nadie habría confundido con la realidad. Sin embargo, incluso en esos casos, la frontera entre lo auténtico y lo falso, entre lo verosímil y lo inverosímil, se revela sorprendentemente frágil. La sospecha, sugiere la muestra, no es un efecto tardío de la era digital, sino una condición estructural de la imagen fotográfica desde su nacimiento.
Cortar, pegar, multiplicar el mundo
El recorrido se sitúa cronológicamente entre 1860 y 1940, décadas en las que fotógrafos profesionales y aficionados exploraron con entusiasmo las posibilidades técnicas del medio. El gesto de cortar y pegar fotografías —literal, físico— se convirtió en una práctica extendida, tanto en estudios comerciales como en ámbitos domésticos. Álbumes familiares, postales, retratos de estudio y publicaciones ilustradas comenzaron a albergar imágenes manipuladas con una naturalidad hoy desconcertante.
Entre los recursos más populares destacó la doble exposición, una técnica que permitía mostrar a una misma persona dos veces en una sola imagen. El procedimiento era tan sencillo como ingenioso: se exponía una mitad de la placa, el sujeto cambiaba de posición o vestuario, y se completaba la segunda exposición. El resultado producía escenas de desdoblamiento, diálogo consigo mismo o presencia fantasmagórica, utilizadas en su mayoría con fines lúdicos o humorísticos.
Pero la exposición del Rijksmuseum insiste en no reducir estas prácticas a simples juegos ópticos. En muchos casos, la manipulación servía para construir narrativas más complejas: escenificar jerarquías sociales, reforzar estereotipos coloniales, fabricar escenas históricas inexistentes o dramatizar acontecimientos que jamás habían sido fotografiados. La fotografía, lejos de limitarse a registrar el mundo, empezaba a reescribirlo.
Uno de los núcleos más contundentes de la muestra es el dedicado al uso político del fotomontaje, especialmente en el periodo de entreguerras. La exageración, el absurdo y la combinación de elementos visuales incongruentes se convirtieron en herramientas privilegiadas para la crítica social y la propaganda.
En este contexto destaca la figura de John Heartfield (seudónimo de Helmut Herzfeld), considerado el gran maestro del fotomontaje político. Militante comunista y feroz opositor al nazismo, Heartfield utilizó la imagen manipulada como arma de combate ideológico, desmontando con ironía y violencia simbólica los discursos de poder del régimen hitleriano. Sus composiciones, publicadas en revistas y carteles, no pretendían engañar al espectador, sino sacudirlo: revelar la mentira mediante otra mentira más evidente, más brutal.
La exposición presenta varias obras clave de Heartfield, subrayando cómo el fotomontaje se convirtió, en sus manos, en una forma temprana de alfabetización visual crítica. Frente a la fotografía como documento incuestionable, proponía la imagen como construcción interesada, susceptible de ser desmontada.
Más allá de nombres y técnicas, ¡FALSO! propone una lectura transversal: la manipulación fotográfica no fue una desviación marginal, sino una práctica normalizada desde los orígenes del medio. En estudios fotográficos de Europa y América, en revistas ilustradas, en contextos coloniales y científicos, la imagen fue retocada, recombinada y escenificada para responder a expectativas sociales, económicas y políticas.
La exposición dialoga así con debates actuales sobre la posverdad, los deepfakes y la inteligencia artificial, sin necesidad de mencionarlos explícitamente. Al mirar estas imágenes del pasado, el visitante reconoce una inquietud persistente: la dificultad de distinguir entre lo que vemos y lo que nos quieren hacer ver.
La muestra se apoya en la sólida colección fotográfica del Rijksmuseum, desarrollada gracias al apoyo continuado de colaboradores, donantes privados y benefactores institucionales. Esa dimensión colectiva no es menor: recuerda que la historia de la fotografía no se escribe solo desde los grandes nombres, sino también desde prácticas anónimas, usos cotidianos y decisiones culturales compartidas.
En última instancia, ¡FALSO! no es solo una exposición sobre imágenes manipuladas, sino sobre nuestra relación con la verdad visual. Un recordatorio incómodo de que la sospecha no es un vicio contemporáneo, sino una forma necesaria de mirar. Porque, como demuestra este recorrido histórico, la mentira no llegó con lo digital: siempre estuvo ahí, esperando ser revelada por quien se atreve a mirar dos veces.









