En ‘Lliures o morts’, escrita junto a David de Montserrat, recuperas la figura de Ermengol Amill i Moliner, un personaje poco conocido de la guerra de Sucesión. ¿Cómo llegaste hasta él y qué descubriste durante la investigación que te convenció de que su historia merecía convertirse en novela?
Descubrí el personaje y me di cuenta de que la historia está llena de personajes secundarios olvidados, sin los cuales la historia sería diferente. La historia la hacen los grandes personajes, claro, pero siempre cuentan con la ayuda de muchas personas que quedan olvidadas. Y pensé que una buena manera de recuperar su vida y su memoria era mediante una novela de ficción histórica. No es la única vez que lo he hecho, y me parece una buena manera de hacer llegar estas historias a más gente que mediante un ensayo histórico en alguna revista.
La guerra de Sucesión y la caída de Barcelona en 1714 siguen teniendo un peso importante en la memoria colectiva catalana. ¿Por qué crees que aquel episodio continúa despertando tantas emociones más de tres siglos después? ¿Qué nos dice sobre la Cataluña actual?
La Catalunya actual no se entiende sin lo que sucedió en 1714. Han pasado más de tres siglos desde entonces, pero el cambio estructural, institucional y cultural que supuso esa derrota dejó una huella mayor que la guerra civil española. Para empezar, fue el inicio de la represión lingüística, que es un tema principal. También se disolvieron las instituciones catalanas y, de hecho, España dejó de ser un Estado confederal para convertirse en un Estado único bajo un mismo sistema. Ese fue un choque cultural no solo para los catalanes, sino para mucha gente del resto del Estado que tenía una concepción diferente del Estado y la plurinacionalidad.
Como periodista e historiador, estás acostumbrado a trabajar con hechos y documentos. ¿Qué te permite la literatura que no puedes hacer desde el periodismo? ¿Hasta qué punto escribir una novela histórica implica también interpretar el presente?
El periodismo y la novela son géneros diferentes, pero tienen puntos en común; los dos son medios ideales para explicar historias a la gente. Además, si eres periodista, creo que es más fácil escribir, porque los periodistas estamos acostumbrados a escribir mucho y deprisa. La novela histórica, por supuesto, sirve para explicar el pasado, pero el presente no se entiende nunca sin comprender el pasado. Las cosas no suceden porque sí o en un compartimiento estanco. Todo está relacionado y conocer el pasado permite entender mejor el presente.
Has desarrollado buena parte de tu carrera entre el periodismo, la escritura y la comunicación institucional. ¿Cómo ha cambiado tu manera de entender la política y los medios de comunicación a lo largo de los años? ¿Te resulta más difícil hoy distinguir entre información, opinión y propaganda?
La frontera entre información, opinión y propaganda es estrecha, pero siempre pienso, y estoy convencido de ello, que la mayoría de la gente no es tonta y no se deja engañar fácilmente. Como dice el dicho: se puede engañar a mucha gente durante un tiempo corto o se puede engañar a poca gente durante mucho tiempo, pero no se puede engañar a mucha gente durante mucho tiempo.
Los maulets y los butiflers representan dos posiciones enfrentadas durante la guerra de Sucesión, aunque la realidad histórica fue bastante más compleja. ¿Crees que todavía tendemos a interpretar el pasado en términos de buenos y malos? ¿Qué paralelismos pueden establecerse, con todas las cautelas, entre aquellas divisiones y las que existen hoy en Cataluña?
La historia a menudo se escribe con una intención. Ya se sabe aquello de «la historia la escriben los vencedores». Y en buena parte es así. Además, tendemos de manera natural a la simplificación de los hechos históricos, de modo que el reduccionismo a buenos y malos es muy útil. El cine, por ejemplo, ha ayudado mucho a esta simplificación. Pero la realidad siempre es más compleja y las contradicciones de las personas suelen marcar también el curso de los acontecimientos. Hoy, por ejemplo, también se quiere dividir a los catalanes o a los españoles, y la mayoría de la gente no se siente ubicada en un bando, por más que se intente desde algunos estamentos políticos o mediáticos.
El catalanismo ha evolucionado mucho desde sus orígenes y engloba sensibilidades muy diferentes. ¿Qué significa ser catalanista hoy? ¿Consideras que el independentismo necesita renovar su discurso y su proyecto para recuperar la conexión con una parte de la sociedad catalana?
El catalanismo es una cosa muy sencilla: es el pensamiento y la acción política que consideran que Catalunya es un país y que deben protegerse su identidad, su lengua y su cultura, sin que necesariamente ello pase por la independencia. Yo creo que la mayoría de la gente, venga de donde venga y vote lo que vote, está ahí. Hay que vivir en otro planeta para estar en contra de esta idea, sobre todo si se vive en Catalunya. Una derivada de ello es el independentismo, que vive momentos buenos o malos, en función del momento. Pero es un movimiento fuerte que incluso ahora, que está de baja, tiene un 45 % de apoyo según el Centre d’Estudis d’Opinió (CEO). Hay que tener en cuenta que también es un movimiento que actúa en función de quién gobierna en Madrid y del grado de hostilidad hacia Catalunya, porque tiene un fuerte componente autodefensivo.
Después de los años más intensos del procés, ¿cómo valoras el momento político que vive Cataluña? ¿Crees que el independentismo está atravesando una crisis pasajera o que necesita replantearse algunas de sus premisas? ¿Qué cuestiones deberían ocupar ahora el centro del debate público?
El debate público debería centrarse en las cuestiones y problemas que afectan a la mayoría de la población: financiación, seguridad, vivienda, inmigración, educación, etc. Estos temas, por supuesto, tienen un impacto en la relación entre Catalunya y España porque en buena parte dependen de las inversiones del Estado. Y eso alimenta el independentismo porque mucha gente tiene la sensación de que el Estado castiga a Catalunya en inversión. Dicho esto, es cierto que el independentismo no está en su mejor momento, pero existe y no va a desaparecer. Quien considere que Catalunya ha pasado página se equivoca.
La relación entre Cataluña y el Estado sigue siendo una de las grandes cuestiones pendientes de la política española. ¿Cómo ves el panorama político estatal, marcado por la polarización y la dificultad para alcanzar consensos? ¿Qué tendría que cambiar para que la pluralidad nacional de España dejara de ser una fuente constante de confrontación?
El principal problema de España es el encaje interno de sus diferentes identidades. Buena prueba de ello es que es el tema que sale constantemente en los medios desde la Transición. No solo de Catalunya, claro; también de Euskadi o Galicia, por ejemplo. Es un tema no resuelto que, sin necesidad de romper España, se debería afrontar como lo que es: un Estado federal de verdad, como lo son Canadá o Suiza. Si la gente no se siente respetada en su identidad es cuando se quiere separar. Un Estado auténticamente federal sería posiblemente la mejor solución, pero no creo que suceda y, por lo tanto, el conflicto quedará sin resolver.
El uso social del catalán preocupa especialmente entre los jóvenes y en determinados entornos cotidianos y digitales. ¿Cómo ves el futuro de la lengua? ¿Qué deberían hacer las instituciones y la sociedad para garantizar su vitalidad sin convertirla en un elemento de división entre quienes viven en Cataluña?
La lengua catalana está en una situación de debilidad, pero pregunto: ¿cuándo no lo ha estado? El catalán es un paciente con una salud de hierro. Es verdad que el uso social ha decaído un poco, pero eso no quiere decir que la gente no sepa catalán. Lo sabe, pero no lo usa de manera ordinaria. No es una mala situación. Solo hay que trabajar mejor algunos ámbitos para que recupere iniciativa social. Pero no soy pesimista. Por ejemplo, si cada año la demanda de los inmigrantes para aprender catalán supera la oferta, es una demostración de que muchos inmigrantes creen que el catalán les permitirá una mejor perspectiva laboral e integración social. Hay que ver la botella medio llena y no siempre medio vacía.
En distintos países estamos viendo crecer nacionalismos que apelan a la identidad para justificar discursos de exclusión, xenofobia o superioridad cultural. ¿Qué diferencia a estos movimientos de un nacionalismo que reivindica derechos colectivos, protege una lengua o aspira a una mayor autonomía política? ¿Puede existir un nacionalismo plenamente inclusivo?
Hay dos tipos de nacionalismo: el nacionalismo expansivo, el que quiere imponer al otro sus ideas (culturales, económicas, lingüísticas, etc.), y otro nacionalismo defensivo, que quiere proteger su identidad y su cultura en un mundo global. Por ejemplo, hoy Rusia es el mejor ejemplo del nacionalismo expansivo, que quiere destruir la cultura y la identidad de Ucrania e incluso quedarse con parte de su territorio. Hemos visto otros casos semejantes en Europa. Creo que los catalanes, desde siempre, hemos tenido un nacionalismo inclusivo, en el que cualquiera puede ser catalán si se lo propone, sin que tenga que renunciar a nada. Importa más hacia dónde vamos todos juntos que de dónde viene cada cual.
En un contexto de polarización, redes sociales y desinformación, parece cada vez más difícil mantener debates políticos matizados. ¿Crees que hemos perdido capacidad para escuchar a quien piensa diferente? ¿Qué responsabilidad tienen el periodismo y la literatura a la hora de combatir los prejuicios y evitar que las diferencias ideológicas se conviertan en enfrentamientos irreconciliables?
El periodismo tiene una gran responsabilidad y no todos los medios cumplen su labor de ofrecer un periodismo comedido dando voz a todas las opiniones. No me gusta el periodismo de trinchera ni los periodistas soldados. Por desgracia, no soy muy optimista por culpa de algunas redes sociales y por su falta de control y veracidad. Cada vez más gente consume solamente medios afines a sus ideas y, por tanto, se pierde contacto con quien piensa diferente, y eso es malo para la democracia y para todos.
Después de ‘Lliures o morts’ y de obras más recientes como ‘La Germandat de l’Àngel Caigut’, ¿qué historias te apetece contar ahora? Y, si pudieras trasladar una sola reflexión de la historia de Ermengol Amill a la Cataluña de hoy, ¿cuál sería?
Tengo claro que escribiré más libros, porque hay muchas historias por contar. Siempre lo haré en contacto y relación con Catalunya, porque creo que hay que ofrecer a los lectores historias universales desde la proximidad. Creo que esa es una de las claves que permiten atraer a los lectores y lectoras de Catalunya y explican, en parte, el éxito de mis obras. En relación con la segunda parte de la pregunta, creo de verdad que hay un pequeño Ermengol Amill dentro de cada uno de nosotros que, si las circunstancias son adecuadas, emerge. Cada uno de nosotros puede ser un héroe involuntario si nos lo proponemos.









