Presentada en la pista central Philippe-Chatrier de Roland-Garros, la colección encuentra en la arcilla su argumento material y escenográfico. Acumulaciones de tierra ocupan el recinto como referencia a la fábrica donde se produce la superficie de juego, mientras el recorrido de la pasarela traza un símbolo de infinito. El escenario prolonga así una investigación que alcanza los tejidos, las proporciones y el color: qué sucede con los códigos deportivos cuando se permite que el cuerpo los modifique.
La pista después del partido proporciona buena parte de las respuestas. Las líneas pierden nitidez con el movimiento de los pies; el polvo se adhiere a las prendas; el sudor deja constancia de la actividad. Kolotouros toma esas alteraciones como indicios de una experiencia. Dentro del relato de la colección, la imperfección adquiere el valor de una huella, y la elegancia se mide también por la libertad que concede a quien viste.
Esa intención se concreta en los tratamientos de los materiales. Los algodones se tiñen después de confeccionar las prendas y reciben lavados enzimáticos que suavizan su estructura. Las lanas tropicales pierden severidad mediante procesos de deconstrucción, y las sedas lavadas ofrecen una terminación deliberadamente irregular, alejada de la solemnidad asociada a este tejido.
El trabajo técnico responde al mismo criterio. Las perforaciones distribuidas en zonas específicas de los jerséis de punto favorecen la transpiración y la movilidad. Los tejidos de altas prestaciones aparecen enrollados y con una disposición relajada. La atención al peso, a la caída y al contacto con el cuerpo sitúa la comodidad en el centro de la construcción.
Sobre esa base, los abrigos largos de un profundo azul petróleo y los trajes de sastrería flexible adoptan volúmenes holgados, ajustados mediante cinturones. Cordones y colgantes de amarillo ácido introducen un contraste que interrumpe su sobriedad. Los polos amplios de piqué se llevan sobre camisetas técnicas de manga larga y se combinan con faldas parcialmente plisadas: la superposición permite reconocer el vocabulario del tenis dentro de una composición menos reglamentada.
La energía del calentamiento aparece en los chándales de nailon azul cobalto y en un chaleco naranja intenso con cremallera. Los algodones de aspecto arrugado y las camisetas gráficas amplían las posibilidades de combinación. El conjunto propone un guardarropa abierto a decisiones personales, con prendas cuya relación entre sí importa tanto como su diseño aislado.
La paleta acompaña esa lectura. Los tonos minerales y de tierra cocida al sol remiten al estado de la cancha tras el encuentro; la plata, el amarillo ácido y el azul cobalto aportan destellos y contrastes de mayor intensidad.
Los accesorios desarrollan dos aproximaciones distintas al legado tenístico. Una fotografía de un polo realizada por Irving Penn en 1984 sirve como referencia para un bolso blando y drapeado, cuya concepción incorpora también elementos de las camisetas y los cordones. La solapa diagonal reproduce la caída espontánea del cuello de un polo de piqué de algodón. El modelo se presenta en blanco, en degradados de tierra batida y en plata con efecto espejo.
La línea ACE-T1 trabaja, en cambio, con la estructura. Su construcción escultórica, semejante a una jaula, remite a la tensión de la red de tenis y explora las nociones de fuerza y velocidad. La propuesta comprende tres versiones: una zapatilla deportiva, una cuña inspirada en una pelota de tenis y un zapato de cordones con tacón. La referencia deportiva alcanza así tipologías de calzado con usos y proporciones diferentes.
Esta revisión encuentra su antecedente en los cambios que el propio tenis introdujo durante los años veinte. Entre blancos rigurosos, normas de etiqueta y céspedes cuidados, Suzanne Lenglen compitió sin corsé y con una falda plisada hasta media pierna. Su indumentaria acompañaba una libertad de movimiento que alteró tanto el juego como la manera de vestirse para practicarlo. René Lacoste buscó ligereza y comodidad al acortar las mangas de sus camisas, un gesto asociado al nacimiento del polo que identificaría a la firma.
Kolotouros retoma esa relación entre necesidad corporal y transformación del atuendo bajo el lema ‘Dress Code: No White Required’. El blanco deja de funcionar como mandato y pasa a convivir con otros colores, texturas y acabados. La herencia preppy permanece reconocible, aunque sus convenciones se someten a una flexibilidad que afecta tanto a la confección como a la actitud.
La cuestión que plantea la colección reside en ese margen de elección. Un uniforme organiza la apariencia y establece pertenencias; también puede limitar el movimiento y reducir la diferencia. Lacoste sitúa su propuesta en el punto en que esas reglas empiezan a ceder. La tierra adherida a los bajos deja entonces una imagen precisa: la prenda ha tenido que responder a lo que hace el cuerpo.









