Lejos del thriller convencional, Dos fiscales se articula como una tragedia moral. Loznitsa adapta la novela homónima de Georgy Demidov, científico y escritor soviético que conoció en carne propia el Gulag, para construir un relato ambientado en la Unión Soviética de 1937, en pleno corazón de las grandes purgas. No se trata de un fresco histórico grandilocuente, sino de una exploración precisa de los mecanismos internos de un régimen que se niega a reconocerse como totalitario.
La historia arranca con una imagen tan simple como devastadora: miles de cartas escritas por detenidos acusados falsamente son arrojadas al fuego en una prisión. Cartas que nunca llegarán a nadie. Todas salvo una. Contra toda probabilidad, ese mensaje logra atravesar el sistema y aterriza en el despacho de Alexander Kornyev, un joven fiscal recién nombrado, interpretado por Aleksandr Kuznetsov.
Kornyev no es un héroe ni un disidente. Es, precisamente, lo contrario: un bolchevique convencido, formado en la promesa de justicia del nuevo Estado soviético. Su integridad lo empuja a intentar reunirse con el prisionero, víctima de los abusos de la NKVD, convencido de que detrás del caso hay una irregularidad corregible. Ese gesto —mínimo, casi ingenuo— activa el verdadero conflicto de la película.
La búsqueda de justicia conduce a Kornyev hasta Moscú, al epicentro administrativo del poder. Y es ahí donde el relato despliega toda su dimensión trágica. El protagonista se adentra en los pasillos de un sistema que no solo no admite errores, sino que se alimenta de la obediencia absoluta de sus creyentes. Como subraya Loznitsa, el núcleo de la película reside en esa ironía feroz: el régimen termina devorando a quienes más fielmente creen en él.
Dividida en dos partes, con prólogo e interludio, la estructura narrativa acompaña la lenta y dolorosa toma de conciencia del personaje. Durante buena parte del metraje, Kornyev no comprende aún la magnitud del abismo en el que se encuentra. Solo pasada la primera hora, como explica el propio director, se revela con claridad qué se espera realmente de él. Para entonces, el espectador ya ha entendido que no hay salida limpia posible.
Dos fiscales no habla solo del pasado. Para Loznitsa, su vigencia es evidente: mientras existan regímenes construidos sobre la fe ciega en el Estado, estas historias seguirán repitiéndose bajo nuevas formas. La película no acusa desde fuera; observa desde dentro, con una frialdad ética que la vuelve incómoda y profundamente actual.
Esta nueva ficción se inscribe con coherencia en la trayectoria de Loznitsa, cineasta nacido en 1964 en la antigua URSS y formado tanto en las matemáticas como en el cine, autor de una obra que transita con naturalidad entre el documental y la ficción. Desde My Joy hasta Donbass o Babi Yar. Context, su filmografía ha sido reconocida en los principales festivales internacionales por su rigor formal y su lucidez política.
Con Dos fiscales, Loznitsa vuelve a situar la cámara en un punto clave: el lugar exacto donde el idealismo se convierte en trampa. Y desde ahí construye una película incómoda, seca, sin consuelo, que no busca explicar la Historia, sino mostrar cómo se infiltra en los cuerpos, en la fe y en las decisiones aparentemente pequeñas. Un cine que no tranquiliza, pero que sigue siendo necesario.









