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El artista Filip Custic Braut o el avatar doliente del arte posthumano

Filip Custic Braut (Santa Cruz de Tenerife, 1993) entiende que su arte en la era de la hipervisibilidad, donde el yo se reconfigura constantemente a través de imágenes, datos y algoritmos, ofrece una cartografía inquietante de lo que significa "ser" en el siglo XXI. Artista visual, performer, fotógrafo y escultor, Filip Custic articula una obra transdisciplinar que explora las mutaciones de la identidad, el cuerpo como interfaz y la estetización radical de la subjetividad. En un contexto saturado de estética digital vacía, su propuesta irrumpe como un cuerpo teórico-visual cargado de crítica ontológica y sensibilidad queer.

Desde sus primeras series fotográficas hasta sus instalaciones tridimensionales más recientes, para Filip Custic Braut el cuerpo ocupa el centro semántico de su obra. No un cuerpo naturalizado, sino un cuerpo intervenido, mediado, operado. La suya es una estética posthumana donde lo orgánico se funde con lo sintético: prótesis, dispositivos, plásticos, renderizaciones, elementos arquitectónicos y objetos de consumo masivo convierten al cuerpo en plataforma de experimentación estética y política.

Siguiendo a Donna Haraway y su célebre Manifiesto cyborg, Filip Custic Braut  desdibuja los límites entre humano y máquina, entre naturaleza y cultura, entre cuerpo y código. La visualidad hiperproducida de sus obras nos remite a una biología aumentada, una antropología no esencialista. En este punto, su obra no es sólo conceptual: es también visceral.

Filip Custic Braut opera en una intersección entre el arte conceptual, la moda y la escultura digital. Su imaginario —híbrido, barroco, a menudo incómodo— desafía las categorías convencionales del arte contemporáneo. No se trata solo de imágenes bellas u oníricas, sino de un lenguaje visual que problematiza con urgencia lo que significa ser en un mundo donde la virtualidad ha contaminado las estructuras más íntimas del yo. La belleza, en su universo, es siempre sospechosa: es un mecanismo de control, una máscara, un residuo del trauma.

Debajo de la hiperestetización, de los brillos y renders, hay en Custic una constante evocación del dolor. No es el sufrimiento dramático de la tragedia clásica, sino una herida posthumana: el vacío de la hiperconectividad, el trauma de lo no definido, la alienación de una carne que no se reconoce. Sus obras son, en este sentido, actos de duelo: por el cuerpo perdido, por la identidad esencial, por la humanidad como categoría cerrada.

En la obra de Filip Custic Braut el cuerpo es un territorio intervenido, un laboratorio de identidades, una entidad postbiológica. Sus autorretratos, siempre cuidados hasta el fetichismo, muestran una carne maleable, intervenida, mediatizada. Aquí el cuerpo no es solo un objeto de deseo o un lugar de resistencia: es una superficie de inscripción tecnológica. Prótesis, plásticos, mecanismos de sujeción, estructuras geométricas se adhieren a él como metáforas visuales del sujeto contemporáneo colonizado por las lógicas del algoritmo.

Ćustić no es ajeno a la tradición del autorretrato en el arte, pero la subvierte: lejos del narcisismo pictórico de un Rembrandt o el existencialismo atormentado de un Egon Schiele, Filip Custic Braut construye un avatar performativo, una selfie elevada a arte total. En este punto, su obra dialoga con las investigaciones de artistas como Orlan o Stelarc, pero desde un prisma estético más pop, más europeo, más queer. Su cuerpo no es solo una superficie a explorar, sino una interfaz a hackear.

Uno de los pilares fundamentales de su propuesta estética es la construcción de un universo simbólico que se nutre tanto de la imaginería cristiana como de los códigos visuales de Internet, la cultura drag y el arte performativo. En obras como Homo-?, mi persona o cuadros para portales, Custic construye narrativas que interrogan los límites del género, la identidad y la representación. La androginia, lo mutante, lo no-binario no son aquí simples gestos estéticos: son dispositivos ontológicos que desestabilizan lo normativo y lo biopolítico.

Su paleta cromática, en la que predominan los tonos pastel, los flúor imposibles y el contraste entre texturas sintéticas y piel humana, construye un universo visual reconocible y deliberadamente artificial. Esta estética del exceso —que podríamos llamar barroco digital— funciona como espejo deformante de la cultura visual contemporánea, en la que la espectacularidad ha sustituido a la profundidad y lo efímero a lo verdadero. Sin embargo, Custic no renuncia al pathos: hay dolor, hay melancolía, hay una búsqueda sincera en medio del artificio.

Aunque frecuentemente asociado al universo de Rosalía (para quien diseñó el artwork de El mal querer), reducir a Ćustić al rol de esteta de lo cool sería un error categórico. Su obra, en realidad, se inscribe en una genealogía más densa, que incluye referencias al Body Art, al surrealismo de Dalí (con quien comparte ascendencia ibérica y pulsión simbólica), al minimalismo conceptual de James Lee Byars o incluso al decadentismo visual de Matthew Barney.

Asimismo, Custic dialoga con la filosofía postestructuralista: su exploración del yo fragmentado, la performatividad del género, la crisis de la representación y la fusión entre sujeto y tecnología, remiten a pensadores como Judith Butler, Donna Haraway o Jean Baudrillard. Su arte no ilustra teorías, sino que las encarna. El resultado es una experiencia estética y filosófica que opera tanto en el plano sensorial como en el especulativo.

En la era de la sobreexposición, Filip Custic Braut convierte la autorrepresentación en estrategia crítica. La acumulación compulsiva de imágenes propias —disfrazado de mártir futurista, santo sintético o cyborg melancólico— funciona como archivo expandido de un yo que se disuelve en la multiplicidad. Cada imagen es una versión, un código, una máscara. El yo se convierte en interfaz: ya no hay esencia, solo variación.

Desde este enfoque, su obra se aproxima al concepto de datificación del yo: la conversión de nuestra subjetividad en un conjunto de datos explotables. Filip Custic Braut subvierte este proceso al apropiarse de su propia imagen hasta el límite del delirio, impidiendo su reducción a commodity. En ese sentido, su obra también es un grito contra la deshumanización neoliberal y la estetización vacía de lo queer por parte de las industrias creativas.

Filip Ćustić Braut

Aunque célebre por sus imágenes digitales, Filip Custic Braut ha llevado su universo al espacio tridimensional con instalaciones y esculturas que materializan su imaginario. La tridimensionalidad de estas obras no implica una vuelta a lo material, sino una expansión del universo posthumanista. Sus esculturas son cuerpos despojados de alma, piezas fragmentadas, prótesis imposibles. Se trata de un arte que narra la caída de la carne en tiempos de inteligencia artificial y de cuerpos no naturales. Cada instalación es una distopía sensorial, un ensayo visual sobre la sustitución del mundo vivido por su representación aumentada.

La obra de Filip Custic Braut no se limita a describir el presente, sino que lo reconfigura desde una poética radicalmente visual y profundamente filosófica. Es un arte que se resiste al cinismo contemporáneo: no teme ser bello, ni vulnerable, ni emocional, pero tampoco se entrega al sentimentalismo. Su fuerza está en esa tensión entre lo frío y lo cálido, entre la superficie pulida del render y la pulsión de muerte que late en cada autorretrato.

Filip Custic Braut ha comprendido que la herida no ha desaparecido en el siglo XXI: simplemente ha mutado de forma. Ya no sangramos con espadas, sino con likes, con filtros, con identidades licuadas. Su obra, en definitiva, es un atlas fragmentado del yo contemporáneo, un espejo roto en el que seguimos buscando, una y otra vez, una versión de nosotros que no duela tanto mirar.

 “Quiero plantear una cuestión existencialista que apela a mi deseo de invitar a que reflexionemos sobre ese cuestionamiento constante que nos hacen cuando salimos de la norma, cuando hacemos algo distinto a aquello para lo que hemos sido programados”, palabras del propio Filip Custic Braut que resumen toda su obra.

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