«Crónica de un mal español» nace de una de las frases más reveladoras atribuidas al franquismo cultural: aquella en la que Franco habría definido a Berlanga no como comunista, sino como algo peor, “un mal español”. La expresión, surgida a raíz del pase de «El verdugo» en el Festival de Venecia de 1963, contenía una acusación mucho más profunda que la estrictamente ideológica. Berlanga no era incómodo solo por su posible lectura política, sino por algo más corrosivo: su talento para desnudar el alma grotesca del país sin necesidad de proclamas. Su cine no atacaba a España desde fuera; la miraba desde dentro, con una mezcla de piedad, ferocidad, ternura y desesperanza que sigue resultando difícil de clasificar.
Jorge García-Berlanga parte de esa herencia incómoda para construir una obra que atraviesa los grandes episodios vitales y creativos del cineasta. El autor encabeza además el reparto junto a Júlia Roch, Nacho Serrano, Natalia Vellón, Octavio Vellón y Pablo Vélez, integrantes de la Compañía Balmoral, fundada por el propio García-Berlanga junto a Natalia y Octavio Vellón. Los seis intérpretes asumen una estructura coral en la que aparecen figuras decisivas de la cultura española del siglo XX, desde Rafael Azcona y Juan Antonio Bardem hasta Edgar Neville, Fernando Fernán Gómez, Mingote o Francisco Umbral, junto a otros personajes anónimos que completan el paisaje humano del universo berlanguiano.
La obra arranca en una de las tertulias del Café Gijón, espacio mítico de sociabilidad literaria, periodística y cinematográfica. Allí, entre conversaciones cruzadas, ironías y memoria compartida, Berlanga es empujado a recordar su propia vida. Desde ese punto de partida, la pieza se despliega como un viaje por las distintas identidades del director: la política, la artística, la familiar y también la erótica. García-Berlanga nieto no esconde la dimensión más íntima de su abuelo, ni esa relación particular con el deseo que formó parte del imaginario privado del cineasta. Tampoco esquiva sus zonas de sombra, sus miedos, sus frustraciones o su angustia ante la muerte.
El montaje nace de un trabajo de investigación biográfica que combina archivos audiovisuales, cartas, entrevistas y recuerdos personales. Esa mezcla de documento y vivencia da a la propuesta una textura singular. Jorge García-Berlanga recuerda al abuelo de las comidas dominicales, al hombre con el que se disputaba el último bombón de chocolate, al adulto brillante y contradictorio cuyas conversaciones políticas se mezclaban con chistes escatológicos, confidencias, anécdotas de estrellas y comentarios imposibles de encajar en una solemnidad convencional. También recuerda el estudio, la colección erótica, los poemas, las notas y los diarios que fueron abriéndole la puerta a una interioridad mucho más compleja que la imagen pública del gran director.
Esa cercanía familiar permite que «Crónica de un mal español» evite el retrato académico o museístico. La obra no busca elevar a Berlanga a la categoría de santo laico de la cultura española. Prefiere mostrarlo como artista, padre, seductor, superviviente y testigo involuntario de una España que nunca terminó de reconciliarse consigo misma. En esa voluntad de mostrar todas sus aristas reside buena parte de la fuerza del montaje. Berlanga aparece como un creador atravesado por la genialidad y por la contradicción, por la risa y por el miedo, por la lucidez política y por una forma muy española de desesperación camuflada en humor.
La pieza recorre momentos esenciales de su trayectoria: el deslumbramiento temprano ante el «Don Quijote» de Pabst, las dificultades económicas, los periodos de sequía creativa, la enfermedad de sus hijos, el encuentro decisivo con Juan Antonio Bardem, con quien debutó en el cine en 1951 con «Esa pareja feliz», y la complicidad fundamental con Rafael Azcona, colaborador indispensable para entender el espesor moral, verbal y satírico de buena parte de su filmografía.
Entre el realismo y el esperpento, la obra se sitúa en una zona profundamente berlanguiana: aquella donde lo íntimo se contamina de historia y lo colectivo se revela a través de detalles aparentemente menores. El humor, el aroma de sainete y la pulsión tragicómica no funcionan aquí como adorno estilístico, sino como método de conocimiento. En Berlanga, España no se explica desde la épica, sino desde la reunión familiar imposible, la conversación simultánea, el deseo reprimido, la autoridad ridícula, la burocracia cruel, el patriotismo deformado y la carcajada que aparece justo cuando el país roza su propia ruina moral.
«Crónica de un mal español» propone así algo más que un retrato biográfico. Plantea una lectura escénica de Berlanga como instrumento para pensar el imaginario español: sus mitos, sus imposturas, sus pulsiones patrióticas, sus heridas y esa extraordinaria capacidad para convivir con el absurdo sin dejar de producir belleza. En manos de su nieto, el cineasta vuelve al teatro no como monumento cerrado, sino como pregunta abierta. Qué significa ser español. Qué significa ser incómodo para el poder. Qué ocurre cuando un artista mira a su país con demasiada precisión. Y por qué, quizá, los llamados “malos españoles” han sido a menudo quienes mejor supieron contar España.









