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Carolina África convierte la fragilidad hospitalaria en una poética del cuidado en ‘Una buena vida’

El Centro Dramático Nacional estrena hoy una autoficción escrita, dirigida y protagonizada por Carolina África, nacida de una experiencia personal durante el temporal Filomena y atravesada por la maternidad, la enfermedad, la memoria, el humor y la ética del cuidado. «Aprender y olvidar tienen las mismas torpezas. Nacer y morir tienen los mismos mecanismos». La frase contiene, casi como una miniatura filosófica, el núcleo de "Una buena vida", el nuevo montaje escrito, dirigido y protagonizado por Carolina África, producido por el Centro Dramático Nacional. La propuesta podrá verse en Madrid hasta el 21 de junio, convertida en una indagación escénica sobre aquello que sostiene la existencia cuando todo alrededor parece haber perdido estabilidad: un cuerpo herido, una maternidad interrumpida, una anciana desorientada, un hospital público, una ciudad sepultada por la nieve y una pandemia que había convertido el contacto físico en una forma de amenaza.

La acción se sitúa en una habitación hospitalaria durante el temporal Filomena, en aquella etapa de excepción en la que las mascarillas obligaban a leer el mundo a través de los ojos. Allí coinciden una mujer puérpera, separada de su bebé recién nacida, y una anciana con demencia senil y una cadera rota. Dos cuerpos en los extremos simbólicos de la vida: uno acaba de dar a luz; el otro empieza a extraviarse en las zonas más frágiles de la memoria. Entre ambas aparece una convivencia forzada, mínima y silenciosa, donde el cuidado deja de ser una abstracción moral para convertirse en una urgencia concreta.

La obra nace de una experiencia real de la propia Carolina África. Tras el parto de su segunda hija, la autora sufrió una caída al salir de la maternidad y tuvo que permanecer ingresada durante diez días, alejada de su recién nacida y de su hijo de dos años y medio. Aquella separación, agravada por el contexto pandémico y por la imposibilidad de recibir el amparo familiar habitual, se transformó en el germen de una escritura marcada por la intemperie emocional. La creadora ha explicado que, dentro de aquella “cápsula del tiempo” que fue la habitación del hospital, surgieron encuentros “muy feroces, pero también muy hermosos”. Pidió un ordenador y comenzó a escribir allí mismo, mientras la vida, todavía en carne viva, iba dictando la materia dramática.

Ese origen autobiográfico no reduce el alcance de Una buena vida a la confesión privada. Al contrario: el montaje utiliza la autoficción como vía de acceso a una pregunta colectiva. ¿Qué entendemos por vivir bien cuando lo esencial se reduce a lo básico? ¿Qué permanece cuando la salud, la movilidad, la familia y la propia idea de normalidad se suspenden? Carolina África compone una obra donde la crudeza clínica convive con una respiración poética, y donde la enfermedad, el puerperio, el miedo, la vulnerabilidad y la risa se mezclan sin jerarquías impostadas.

El humor ocupa un lugar decisivo en esa arquitectura emocional. Para la autora, reír no implica rebajar el drama, sino acceder a varias capas de la realidad al mismo tiempo. En ese sentido, Una buena vida no busca solemnizar la fragilidad, sino observarla desde su complejidad humana: la ternura puede aparecer en mitad del deterioro; la lucidez, en el absurdo; la belleza, en una habitación marcada por la asepsia, el cansancio y la incertidumbre.

El personaje de Teresa, interpretado por Ahimsa, introduce un contrapunto esencial. Anciana, enferma y desorientada, su presencia establece un paralelismo delicado con la bebé que espera a su madre fuera del hospital. Ambas necesitan asistencia, ambas dependen de otros cuerpos, ambas recuerdan que la vida comienza y termina bajo la forma radical de la dependencia. Teresa encuentra, en esa compañía involuntaria, una forma de alivio: aunque no exista un intercambio verbal pleno, la sola presencia de otra persona modifica la soledad de la habitación.

La dimensión sanitaria aparece encarnada en el enfermero interpretado por Jorge Kent, un personaje construido a partir de varios profesionales que, durante aquellos días de nieve y colapso, sostuvieron la actividad hospitalaria más allá de sus funciones ordinarias. La tormenta impidió que muchos trabajadores llegaran a sus puestos, lo que obligó a quienes estaban dentro a multiplicarse. El enfermero de la obra no solo atiende: también suple ausencias, improvisa respuestas, acompaña y encarna la resistencia cotidiana de un sistema público llevado al límite.

La escenografía y el vestuario, firmados por Pablo Menor Palomo, transforman la Sala de la Princesa en una habitación de hospital. La experiencia comienza incluso antes de que el público ocupe sus asientos, con una voluntad inmersiva que busca borrar la distancia entre la sala teatral y el espacio clínico. Carolina África ha definido esa apuesta como una unión entre la poesía y la crudeza de una habitación hospitalaria. La iluminación de Rodrigo Ortega, el sonido de Pilar Calvo, la videoescena de Davitxun Martínez y Alma Prieto-Chicken Films, junto con la ayudantía de dirección de Laura Cortón, completan un dispositivo escénico orientado a generar una intimidad incómoda, sensible y profundamente física.

El texto fue reconocido en 2021 con el Premio Barahona de Soto, Ciudad de Lucena, un dato que confirma la solidez literaria de una propuesta nacida de la experiencia inmediata, pero depurada hasta alcanzar una resonancia más amplia. Una buena vida habla de la pandemia y de Filomena, sí, pero sobre todo habla de la conciencia súbita de lo imprescindible: alguien a quien amar, alguien que nos quiera, un hogar al que regresar, una red humana capaz de sostenernos cuando el cuerpo falla y el mundo exterior queda bloqueado.

Desde esa habitación rodeada de nieve, Carolina África no formula una teoría sobre la felicidad. Construye algo más difícil: una escena donde la vida revela su estructura desnuda. Y en esa desnudez, entre el nacimiento y la pérdida, entre la memoria y el olvido, entre la dependencia y el deseo de volver a casa, aparece la intuición más luminosa del montaje: una buena vida quizá no sea una vida sin dolor, sino una vida acompañada.

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