El montaje parte de una intuición poderosa: todo final puede ser también el comienzo de una mutación. La clausura, lejos de entenderse como derrota, aparece aquí como un umbral. Lo que termina no desaparece sin más, sino que deja restos, cicatrices, impulsos, materias vivas desde las que iniciar otra forma de estar. En esa zona incierta, donde el derrumbe puede confundirse con el nacimiento, Sol Picó articula una pieza atravesada por la vulnerabilidad, entendida no como debilidad, sino como motor secreto de transformación.
‘La Cordero y su ejército’ se despliega como un ritual escénico de paso. El cuerpo no se presenta únicamente como instrumento coreográfico, sino como superficie expuesta, materia entregada, entidad atravesada por tensiones físicas, simbólicas y emocionales. La escena adquiere así una dimensión ceremonial: cada gesto parece invocar una batalla, cada desplazamiento sugiere una pérdida, cada irrupción corporal abre una grieta en la aparente estabilidad del mundo. La vulnerabilidad se vuelve política porque obliga a mirar aquello que normalmente permanece oculto: el miedo, el desgaste, la entrega, la resistencia íntima.
El imaginario del montaje se aproxima deliberadamente al conflicto. La confrontación no opera solo como motivo visual, sino como arquitectura profunda de la propuesta. Siete intérpretes ocupan el espacio en una composición que remite, de manera simbólica, a los cuatro jinetes del apocalipsis, acompañados por una presencia que introduce una dimensión inquietante, casi anómala, dentro del conjunto. Tierra, metal, espadas y escudos configuran una escenografía de tensión, un paisaje donde la materia parece hablar desde su condición primitiva y bélica.
Ese universo visual no busca reproducir una catástrofe externa, sino convertirla en espejo interior. El apocalipsis que plantea Sol Picó no pertenece al calendario del desastre colectivo, sino a una geografía íntima: la del sujeto que se enfrenta a sus propios límites. La coreógrafa lo formula con una claridad feroz: “La única batalla final es la que lucho conmigo misma. Mi apocalipsis no es una catástrofe, es un gran cabaret… como la vida misma”. La frase contiene una clave esencial de lectura: el final no se viste aquí de solemnidad funeraria, sino de exceso, ironía, teatralidad y lucidez.
En esa tensión entre abismo y espectáculo aparece una de las marcas reconocibles del universo Sol Picó: la capacidad de transformar la violencia del tránsito en una energía escénica vitalista. El cabaret, como imagen, introduce una dimensión de máscara, celebración y distorsión. La vida, entendida como gran representación, se revela entonces como una sucesión de batallas privadas, ceremonias absurdas, duelos íntimos y estallidos de belleza. La escena no suaviza el conflicto; lo ilumina desde un ángulo inesperado.
El trabajo coreográfico se construye a partir de la desestructuración de la técnica clásica de la zapatilla de punta, un gesto especialmente significativo dentro de la poética de la compañía. La punta, asociada históricamente a la elevación, la disciplina, la verticalidad y una idea codificada del virtuosismo, aparece aquí sometida a un proceso de desmontaje. Sol Picó la desplaza, la contamina, la hace dialogar con el flamenco y con una corporalidad más terrestre, más áspera, más frontal. La técnica no desaparece: se agrieta para revelar otras posibilidades expresivas.
Esa convivencia entre herencia clásica y pulso flamenco permite articular una gramática donde fuerza y fragilidad dejan de ser categorías opuestas. El cuerpo puede ser contundente y quebradizo al mismo tiempo; puede sostener una imagen de poder mientras deja ver su fisura; puede avanzar como ejército y, sin embargo, hacerlo desde una intemperie profundamente humana. La danza se convierte así en una escritura de contrastes, en una lengua donde la precisión técnica convive con el arrebato orgánico.
La dimensión sonora prolonga esa lógica de mestizaje. La propuesta musical se sostiene sobre la relación entre raíz, tradición y fusión con el folclore mediterráneo, generando un paisaje auditivo que no funciona como simple acompañamiento, sino como memoria expandida del movimiento. La música parece convocar sedimentos culturales, resonancias antiguas, ecos populares que acompañan el tránsito del cuerpo por un espacio de combate y revelación.
Fundada en 1994 por la bailarina y coreógrafa alcoyana Sol Picó, Sol Picó Cia de Danza ha construido una de las trayectorias más reconocibles de la danza contemporánea española. Su lenguaje se ha definido por el cruce de géneros, la incorporación de referentes de la cultura popular y la creación de una iconografía propia en la que conviven humor, identidad, memoria individual y memoria colectiva. A lo largo de más de treinta espectáculos, la compañía ha consolidado una escritura escénica donde el virtuosismo nunca aparece aislado de la experiencia humana.
Su singularidad reside precisamente en esa capacidad para hacer de la danza un campo de fricción. En sus trabajos, el cuerpo no se limita a ejecutar formas: piensa, ironiza, combate, se expone, se desborda. La escena se convierte en un laboratorio de imágenes donde lo grotesco puede convivir con lo bello, lo festivo con lo político, lo popular con lo sofisticado. ‘La Cordero y su ejército’ prolonga esa línea de investigación desde una imagen poderosa: la del final como cabaret apocalíptico, íntimo y profundamente vivo.
En Teatros del Canal, Sol Picó no propone una despedida, sino una insurrección interior. Su ejército no avanza hacia la destrucción del mundo, sino hacia el centro mismo de la conciencia. Ahí donde el cuerpo cae, tiembla, resiste y vuelve a levantarse, la danza encuentra su verdad más antigua: convertir la herida en movimiento.
Más información AQUÍ









