La pieza parte de una premisa radical en su sencillez: perderse dentro del teatro. Rubio concibe «Tinieblas» como una invitación a renunciar al control, a dejar de buscar una lectura inmediata de lo que ocurre y a aceptar el desconcierto como posibilidad escénica. En ese extravío, el espectador puede abrirse a otros trayectos, a otras formas de presencia y a una relación menos rígida con la ficción. La obra no plantea la pérdida como fracaso, sino como un estado fértil desde el que quizá sea posible encontrar caminos no previstos.
Según la propia autora y directora, el montaje se articula en torno a personas que se pierden o a quienes buscan a aquellos que han desaparecido. Sus historias aparecen fragmentadas, incompletas, suspendidas en un tiempo sin clausura definitiva. La niebla opera, en ese sentido, como una materia dramática capaz de aplazar los desenlaces y de interrumpir la lógica lineal del relato. Allí donde el teatro suele ordenar, mostrar y conducir, «Tinieblas» prefiere velar, disolver y suspender.
El Centro Dramático Nacional transforma la Sala Francisco Nieva en un paisaje sensorial donde la ficción puede emerger desde lugares inesperados. La obra se construye mediante escenas independientes que abren pequeños mundos vinculados al imaginario tradicional de los pueblos y a su relación con el entorno natural. No se trata de reproducir un paisaje rural desde una lógica costumbrista, sino de convocar una memoria hecha de relatos, sombras, cuerpos, sonidos y presencias que parecen llegar desde un fondo antiguo.
La dramaturgia de «Tinieblas» se sostiene sobre una concepción plenamente sensorial de la escena. La iluminación, la escenografía, el espacio sonoro, la palabra y el movimiento no funcionan como capas auxiliares, sino como elementos estructurales del lenguaje teatral. La obra se escribe con cuerpos, luces, silencios, sonidos y densidades atmosféricas. En ese dispositivo, la palabra pierde su dominio absoluto y se integra en una arquitectura perceptiva más amplia, donde el espectador debe orientarse con otros sentidos.
La niebla es el eje físico y simbólico de la propuesta. Lejos de operar como un simple recurso atmosférico, se convierte en una presencia que invade el escenario, modifica la distancia entre escena y sala, toca al público y altera su manera de percibir. Al reducir la visibilidad, obliga a escuchar con mayor atención y a activar una forma distinta de relación con lo que sucede. La mirada deja de gobernar la experiencia; el oído, la intuición y la imaginación ocupan un lugar decisivo.
Ese interés por la oscuridad conecta con investigaciones previas de Edurne Rubio en torno a las cuevas y a los modos de conocimiento que surgen cuando la luz deja de ser el principio dominante. La artista se rebela contra la asociación tradicional entre iluminación y saber, para explorar un conocimiento más intuitivo, más corporal, más próximo a una inteligencia animal. «Tinieblas» convierte la oscuridad en un campo de posibilidades, no en un vacío. Lo que no se ve no desaparece: se transforma en imagen mental, en sospecha, en relato interior.
La obra entiende la penumbra como una materia activa. La oscuridad no es ausencia de mundo, sino una condición que permite imaginar otros mundos. Del mismo modo, la niebla funciona como una suerte de oscuridad blanca: una superficie cambiante que borra los contornos habituales y permite proyectar imágenes nuevas sin someterse a lo ya conocido. En un espacio casi vacío, la maquinaria teatral y el sonido invocan lugares remotos, desplazan mentalmente al público y producen una imaginería intensa sin necesidad de saturar la escena de objetos.
El espacio escénico, concebido como paisaje sensorial, exige una participación activa del espectador. Los límites entre la escena y la sala se vuelven más difusos; la percepción deja de ser cómoda; la experiencia teatral se convierte en tránsito. El público ya no observa desde una distancia segura, sino que queda envuelto por una atmósfera que lo afecta físicamente. Esa contaminación entre ficción y presencia real refuerza una de las claves del montaje: el teatro como lugar donde perderse juntos.
La iluminación y la escenografía diseñadas por Leticia Skrycky adquieren un papel fundamental dentro de esta arquitectura de percepción. Más que acompañar la acción, modulan el modo en que la obra se revela y se oculta. La luz, la sombra y la niebla construyen un régimen visual inestable, donde cada aparición parece provisional. La escena se redefine continuamente, como si el espacio no terminara nunca de fijarse ante los ojos.
El trabajo sonoro de Lieven Dousselaere y Sandra Vicente resulta igualmente decisivo. En «Tinieblas», el sonido guía al espectador a través de un espacio que muchas veces no puede verse. Allí donde la imagen se retira, la escucha organiza la experiencia. Los silencios también adquieren una potencia expresiva propia: no funcionan como pausas vacías, sino como zonas de tensión, respiración y expectativa. La obra se compone, por tanto, no solo con palabras, sino con vibraciones, intervalos, ecos y ausencias.
Sobre ese dispositivo escénico se despliega el trabajo interpretativo de Tania Arias Winogradow y Somaya Taoufiki, encargadas de dar cuerpo a distintos personajes vinculados a un legado cultural e histórico que ha alimentado la investigación de Edurne Rubio. Las intérpretes atraviesan relatos históricos y legendarios recogidos por la autora, y encarnan figuras que parecen surgir de una memoria colectiva fragmentada. Sus presencias no buscan cerrar un sentido único, sino abrir un campo de resonancias entre lo popular, lo mítico, lo natural y lo contemporáneo.
El equipo artístico cuenta además con la colaboración de María Jerez, quien participa como ayudante de dirección y dramaturgia. Su presencia refuerza una línea de investigación compartida con Edurne Rubio en torno a los lenguajes escénicos contemporáneos y a las formas de creación que desbordan los códigos teatrales más convencionales.
«Tinieblas» podrá verse en la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán hasta el 31 de mayo de 2026. La propuesta se inscribe en una zona escénica donde el teatro deja de ser un lugar de certezas para convertirse en una experiencia de percepción alterada. Edurne Rubio no utiliza la niebla para decorar la escena, sino para pensarla. La convierte en cuerpo, en límite, en amenaza suave, en umbral. En esa oscuridad blanca, el público no acude solo a mirar una obra: entra en un territorio donde perderse puede ser, precisamente, la forma más intensa de empezar a ver.









