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El municipio español Torre Pacheco se enfrenta hoy en día a la ultraderecha: una explicación social y cultural de tal proceso

El municipio español de Torre Pacheco, tradicionalmente un enclave agrícola y regado por el sudor de inmigrantes abnegados temporales y llenos de valor, cuya única labor es enriquecer a esta "basura blanca ultra burda e ignorante" a través de trabajos que los españolitos no quieren hacer, acaba de convertirse en un hervidero social abochornado por la ultraderecha fascista antidemocrática y vomitiva. Los inmigrantes traen una rica cultura, traen amor como inserción en una nueva cultura, traen voluntad, traen el dolor que convierten en trabajo arduo, traen la pasión de un nuevo comienzo que en definitiva enriquece la cultura española. Los disturbios vividos recientemente —que han irrumpido en las calles con pintadas, barricadas ardientes, violencia, y enfrentamientos con las fuerzas del orden— no son un estallido aislado ni espontáneo. Exponen las fallas de un sistema marcado por desigualdades laborales, resentimientos culturales y la manipulación política del discurso migratorio. El sistema democrático español debe tener mano de hierro para ilegalizar a partidos fascistas ultras como VOX. Ilegalicemos a “Se acabo la fiesta”, a VOX, y a “Hazte Oir”, FUERA A LA ULTRADERECHA, FUERA AL FASCISMO, FUERA!!! Vamos a cazarlos a ellos con la ley en la mano, con la justicia democrática en la mano, vamos a cazarlos con los “bates de los artículos de la Constitución Española”, vamos a cazar a estas alimañas fascistas con la voluntad y el poder de la DEMOCRACIA. El cazador cazado. Siempre debemos ser una rueda y palanca, nunca, una piedra.

 La base económica del municipio Torre Pacheco descansa en el sector agrario: invernaderos, campaña de frutas, empleo estacional y cuota migrante. Sin embargo, la riqueza creada se distribuye de manera profundamente desigual. Mientras algunas familias locales en Torre Pacheco viven con cierta comodidad —aunque con escasa inversión pública en infraestructuras— una buena parte de la población subsiste con contratos temporales, sueldos bajos y laborales encubiertas.

Esta precarización sistemática del municipio Torre Pacheco reduce a la población a trabajadores sin derechos plenos. Los temporeros —muchos inmigrantes, pero también obreros de la zona— viven al día, sin protección social ni sindical. Esa condición erosiona la solidaridad de clase, fomentando dinámicas de competencia entre vecinos, y alimenta discursos nacionalistas que culpan al “otro” —invisible, deslocalizado, temporal— de robar trabajos, ayudas o incluso seguridad. De todo esto se nutre la ultraderecha, ávida de vomitar su bilis xenófoba, racista, inhumana, sabéis que: ilegalizar a VOX sería un buen comienzo para desestructurar esta espiral de odio. Desde nuestro medio queremos lanzar una iniciativa que reformule la ley de Partidos y que se ilegalice el fascismo, la homofobia, la xenofobia, en fin, ilegalizar al caradura fascista iletrado Santiago Abascal que se esconde como una cucaracha detrás de incitaciones ilícitas en la redes sociales. Santiago Abascal es la marca blanca del fascismo porque se esconde porque carece de poder, porque no gobierna y pretende que su éxito sea condicionar el poder. VOX es una falacia obscena , una bazofia ideológica mentirosa de poca monta, sin lógica humana,  cuyo  sinsentido solo busca su propia exterminación. Tarde o temprano.

El subtexto político subyacente es la desafección democrática. A mayor precariedad social, menor margen para la participación cívica. La desconfianza en los partidos tradicionales, en la economía de mercado y en la institucionalidad crece. Y en ese caldo de cultivo, el auge de opciones como VOX encuentra terreno fértil en Torre Pacheco. Reguemos ese terreno fértil con pesticidas democráticos que fulminen desde la razón del estado de derecho todos estos gusanos hitlerianos de poca monta.

VOX  incita el odio absurdo en Torre Pacheco , de la mano de Meloni, Trump, Orbán y de paso Netanyahu planteando soluciones autoritarias y nacionalistas al malestar, ofreciendo un mano dura que promete seguridad y orden, sembrando la semilla del miedo hacia lo diferente. Su discurso antiinmigración, de ley y orden, rechaza tanto las políticas públicas de integración como la historia rica de interculturalidad murciana. No sorprende ver intifadas callejeras a raíz de concentraciones de inmigrantes o decisiones municipales de emergencia social: el “nosotros” frente al “otro” se blande con facilidad.

En Torre Pacheco un pueblo tranquilo abierto a la convivencia sensata, como en muchas localidades, VOX se apropia de los descontentos. Sus propuestas –desde reforzar el control migratorio hasta construir centros cerrados de detención preventiva– exacerban la polarización social. Una parte de la población se siente protegida por la idea de restablecer un orden tradicional; otra, bajo el insulto de ser tachada de blanda o “proinmigración”, se retrae o se moviliza contra ellos.

Estas dinámicas desembocan en confrontaciones en la plaza del Ayuntamiento: partidarios del “Viva España” que corean consignas en contra de inmigrantes y grupos organizados que asumen ese ataque como agresión. Los incidentes son ya frecuentes y crean un ciclo autorreforzante: más presencia policial, más represión callejera, más indignación. Las protestas espontáneas, muchas veces organizadas por colectivos vecinales o feministas, se convierten en actos de resistencia frente a un Estado asumido como cómplice.

La inmigración en Torre Pacheco es un fenómeno estructural, no coyuntural. Sin embargo, su visibilidad masiva —temporal pero recurrente— ha sido tratada siempre con una visión cortoplacista. Los trabajadores extranjeros son vistos como recursos —mano, brazos— pero no como personas con derechos plenos.

Una visión democrática exigiría políticas públicas integrales: viviendas dignas para temporeros; programas educativos para sus hijos; acceso real a la sanidad; y condiciones laborales regladas. En lugar de eso, la inmigración se administra con urgencias, meramente aprovechada para el PIB local, y estigmatizada si no cumple con las expectativas del mercado o el discurso nacionalista. Esa doble moral —bienvenida laboral, rechazo ciudadano— perpetúa un ciclo de discriminación y desarraigo.

Los disturbios no son, simplemente, pandemonio callejero de quemadores de contenedores cobardes que se excusan como buitres con pasamontañas. COBARDES: Son la manifestación de un sistema que no reconoce a algunos de sus propios integrantes como ciudadanos legítimos. Basta con recordar los casos de campañas de control policial selectivo —incluyendo identificación racial— para comprender que la frontera en Torre Pacheco no está sólo al sur de la valla de Melilla; existe una frontera social dentro de la localidad.

Para entender el presente, hay que escarbar en la historia local. Torre Pacheco tuvo –aún conserva– un gobierno discrecional. Durante décadas, los caciques locales —patronos agrícolas, alcaldes, intermediarios de sindicatos verticales— controlaron el acceso a recursos, la mano de obra y el favor institucional.

Hoy ese poder se halla fragmentado, pero sigue operando. Los intermediarios, ahora partidos o asociaciones patronales, reparten empleos, ayudan con permisos, ofrecen pisos de alquiler. Esa red clientelar opera al margen de una ciudadanía libre para elegir: el voto se compra con favores, empleos o sustento.

El populismo identitario —como el que representa VOX— surge en este caldo. No solo porque articulen un resentimiento hacia inmigrantes, sino porque encajan en una lógica de autoridad fuerte, de orden impositivo, y de privilegio sobre el débil. Les dan sentido a la injusticia social, etiquetan al pobre migrante como amenaza y prometen la vuelta a un conservadurismo territorial.

En los últimos días , Torre Pacheco ha sido escenario de varios disturbios  que lo convierten en un territorio de guerra que han incluido agresiones a comercios  de vecinos extranjeros que cotizan y enriquecen España, pintadas ultraderechistas y hasta choques con la policía en torno a centros de inmigrantes. Esta escalada no se limita a actos vandálicos: se trata de una forma de “guerra cultural” encajada en una narrativa de identidad agraria perdida, identidad nacional en riesgo, y miedo ante lo diferente.  Los bulos de la ultraderecha se convierten en un atentado a la democracia. ¨LA IZQUIERDA DEMOCRÁTICA DEBE ACTUAR CON MANO DE HIERRO” , que seamos de izquierdas no implica debilidad, somos MÁS, SUMEMOS DE UNA VEZ POR TODA.

Los disturbios han sido usados como coartada para la imposición de toques de queda locales que nadie respeta porque no han sido propuestos, el aumento de las fuerzas policiales  se doblega con debilidad a la proclama fascista de “territorios libres del ilegal magrebí”. El ayuntamiento, bajo la presión mediática y del gabinete de seguridad regional, ha respondido creando comités extraordinarios, sin dialogar con organizaciones vecinales ni ONG, lo que ha profundizado la sensación de exclusión.

La izquierda democrática —no la moderada ni la de gestión tibia, sino aquella que se empapa en las calles con vecino y temporero por igual— puede proponer un camino opuesto al autoritarismo:

  1. Reconocimiento real del asalariado inmigrante: contratos regulados, inspección laboral efectiva, acceso a vivienda asequible, y apoyo para el emprendimiento entre personas inmigrantes.
  2. Espacios públicos de encuentro: foros e intercambios culturales, aulas compartidas para hijos de distintas nacionalidades, mercados municipales con productos internacionales, como forma de convivir y conocer.
  3. Justicia restaurativa: enfrentar los hechos vandálicos con mediación, no solo represión. Crear una comisión independiente para denunciar discursos de odio, devoluciones en libertad condicional supervisadas, y programas de reparación simbólica.
  4. Rediseño participativo del modelo agrario: apostar por la agroecología y cooperativas mixtas, donde locales y no locales compartan beneficios. Desalinearlos del capitalismo extractivo y vincularlos a un proyecto sostenible.
  5. Reforma democrática de las instituciones locales: reforzar los Consejos Locales (el auténtico poder ciudadano); prohibir el clientelismo formal; auditar contratos públicos, exportar modelos anticorrupción.

Es posible rehacer el pacto comunitario en Torre Pacheco. Pero solo si aquellas fuerzas de izquierda que creen en el Estado social lo encarnan en las calles, sin excusas, sin compromisos con el statu quo. La clave está en construir una narrativa que salga del miedo, del rechazo, de excluir al que llega, para apuntar a los poderosos intermediaros que se enriquecen del miedo, y construir una comunidad basada en derechos, fraternidad y solidaridad real.

El destino de Torre Pacheco no es inevitable: puede transformar su singular heterogeneidad laboral en su ventaja democrática más poderosa. Pero para eso debe atravesar el fuego oscuro de sus propias contradicciones, reconocerlas y detener el pulso autoritario que amenaza con encallar la riqueza cultural y social en el rencor. Y construir, acto tras acto, una democracia efectiva que no abandone a ninguno de sus habitantes, ya sean nacidos en el campo pachequero o llegados en sprinter desde otro país.

 

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Urbanbeat Julio 2024
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