El título de la exposición funciona como una declaración de intenciones. Las obras de Álvarez-Laviada habitan ese territorio ambiguo que no se conforma con estar dentro del marco tradicional de la pintura, pero tampoco lo abandona del todo. Construidas a partir de materiales industriales —pensados originalmente para usos funcionales y no artísticos—, sus piezas interrogan las jerarquías que han estructurado la tradición moderna del arte occidental: la separación entre lo puro y lo decorativo, entre la experiencia estética y los intereses económicos o ideológicos que han modelado el canon.
Desde esa posición liminal, la artista se aproxima a la abstracción geométrica incorporando una lectura de género que atraviesa toda la exposición. Las dicotomías heredadas —vertical frente a horizontal, dureza frente a blandura, lo esencial frente a lo accesorio, lo lleno frente a lo vacío— son puestas en cuestión mediante procesos de repetición, desplazamiento y diferencia. El resultado es una práctica que dialoga con la historia del arte no para reafirmarla, sino para desmontarla desde dentro, revelando sus fisuras y silencios.
La reinterpretación y la recontextualización constituyen uno de los ejes fundamentales de su método de trabajo. De ahí la presencia de obras de la colección del Thyssen que acompañan y tensionan las piezas contemporáneas. Plano y vertical. Pedestal no.0 (2020) se enfrenta a La Anunciación (h. 1475), de Gentile Bellini, en una conversación que subraya la relación entre arquitectura y pintura, así como la elocuente ausencia de la figura. Por su parte, Suprematismo (1920-1921), de Nikolái Suetin, permite iluminar los referentes formales de Álvarez-Laviada, visibles en ST. (Composición en rojo, azul y amarillo sobre negro 0) (2021). El recorrido se completa con el diálogo entre Verde (2025) y El estanque en el bosque (h. 1867-1868), de Edgar Degas, donde se enfatiza la dimensión háptica de la pintura, esa capacidad de activar el tacto a través de la mirada.
El itinerario expositivo se abre con una serie de obras dominadas por la combinación del amarillo, el rojo y el azul sobre negro, resultado de la mezcla de los tres colores primarios. Álvarez-Laviada se inscribe aquí en una larga tradición de investigación cromática que va del suprematismo al neoplasticismo, pasando por los estudios de Joseph Albers, cuya Casa Blanca B (1947-1954) acompaña esta sección. En el centro de la sala, la pieza Y yo a vueltas (2025) altera la circulación habitual del visitante, proponiendo una forma distinta de habitar el espacio y apelando a una experiencia corporal e individual.
La segunda sala profundiza en la noción de vacío y estructura a partir del diálogo con Construcción espaciotemporal II (1924), de Theo van Doesburg. Aquí se presentan varias obras de la serie Idea as Model, realizadas con materiales monocromos que evocan maquetas y modelos arquitectónicos. A su alrededor, piezas pertenecientes a Modalidades de lo visible (2016-2017) y Lo necesario y lo posible (2017) revelan el reverso de cajas y embalajes abiertos, poniendo en primer plano el espacio negativo, lo oculto, lo secundario y el silencio. En Pedestal 5 (2019), el soporte deja de ser un elemento auxiliar para convertirse en la imagen misma de la ausencia. Todo el conjunto funciona como una respuesta crítica a aquellos artefactos y materiales relegados que durante siglos sostuvieron los modelos idealizados de una tradición eurocéntrica y patriarcal.
Las obras de la tercera sala, también vinculadas a la serie Lo necesario y lo posible, están realizadas en poliuretano, espuma compuesta o poliespán. Su visualidad dialoga con Ritmos de la tierra (1961), el gouache sobre cartón de Mark Tobey presente en este espacio. Álvarez-Laviada traslada la densidad rítmica y repetitiva del artista estadounidense a materiales industriales, abriendo nuevas preguntas sobre qué entendemos hoy por lo pictórico dentro de la abstracción.
El pasillo de distribución se transforma en un espacio de experimentación sensorial. Allí, la artista confronta la tradicional jerarquía entre sentidos “nobles” e “innobles” mediante una selección de obras de Lo necesario y lo posible y Muestrario (2019-2020). Lijas y espumas de insonorización conviven en un juego de contrastes entre lo áspero y lo blando, lo duro y lo silencioso. Esta activación de los sentidos refuerza una de las convicciones centrales de Álvarez-Laviada: la obra no se completa hasta que es experimentada por quien la recorre.
El recorrido culmina con un proyecto específico inspirado en Merzbild Kijkduin (1923), de Kurt Schwitters. En la última sala, una gran pintura y un cilindro coloreado se acompañan de reproducciones a gran escala de los volúmenes del assemblage original, realizadas en maderas nobles. El gesto no es una cita literal, sino una relectura material que prolonga el espíritu experimental de Schwitters desde una sensibilidad contemporánea.
Inscrita en la tradición posminimalista que entiende la pintura como objeto material, la obra de Irma Álvarez-Laviada integra bastidores, lienzos, cartulinas, marcos, paspartús y soportes junto a lijas, espumas y otros materiales de protección, siempre en relación directa con la arquitectura. Ya sea en el marco institucional del museo o en contextos ajenos al sistema del arte, su práctica parte de problemas concretos de la pintura y su vínculo con el espacio. A partir de ahí, la artista deconstruye sus fundamentos y construye una poética propia que reivindica lo menor, lo periférico y lo aparentemente secundario como lugares desde los que repensar la historia y el presente del arte.
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